- 14/12/2025
SHIRO ISHII: El tenebroso médico criminal de guerra que nunca fue juzgado

Los horrores de las guerras se extienden como una oscura mancha sobre lo que es capaz el ser humano cuando tiene el poder sobre seres indefensos.
En estos días, a través de las redes sociales, mucho se ha hablado o escrito sobre la Unidad 731 o Escuadrón 731, un programa encubierto de investigación y desarrollo de armas biológicas del Ejército Imperial Japonés, que llevó a cabo letales experimentos médicos sobre humanos vivos durante la segunda guerra chino-japonesa (1937-1945) en el marco de la Segunda Guerra Mundial.
Shiro Ischii se llamaba quién condujo algunos de los más horribles crímenes de guerra cometidos en la época moderna.
Oficialmente conocido por el Ejército Imperial del Imperio del Japón como el Laboratorio de Investigación y Prevención de Enfermedades Infecciosas del Ministerio Político Kempeitai, fue inicialmente instaurado como una sección política e ideológica de la policía militar Kenpeitai, con la intención de contrarrestar la influencia político-ideológica de los enemigos y reforzar el sistema de unidad militar.
La unidad fue camuflada como un módulo de purificación de agua situado en el distrito de Pingfang, al noreste de la ciudad china de Harbin, parte del gobierno títere de Manchukuo. Operó a través de la propaganda política japonesa y como un emblema ideológico de la rama política del ejército llamada Kōdōha (Partido Bélico).
En la primera fase, esta sección actuó en contra de la propaganda comunista, pero extendió sus responsabilidades en otras direcciones, tanto en Japón como en el extranjero.
El responsable máximo del desarrollo de estos programas de investigación, focalizados inicialmente en el perfeccionamiento de armas de guerra químicas y biológicas, fue el general Shirō Ishii.
Ishii nació en Shibayama, distrito de Sanbu, en 1892 y estudió Medicina en la Universidad Imperial de Kioto. Rápidamente ingresó en el Ejército y en 1922 fue asignado al Hospital del Primer Ejército y la Escuela Médica Militar de Tokio.
Dos años más tarde se especializó en microbiología, publicando numerosos artículos en revistas científicas. En 1928, Ishii efectuó un viaje de dos años a Europa para recabar información sobre los efectos de las armas biológicas y químicas durante la Primera Guerra Mundial.
En 1930 ascendió a comandante y fue nombrado profesor de Inmunología de la Facultad de Medicina del Ejército en Tokio. Allí, protegido por Koizumi Chikahiko, un alto cargo militar del Ejército Japonés muy interesado en la guerra química, Ishii organizó un departamento de Inmunología dedicado a investigaciones sobre guerra biológica. Además, también le apoyaron importantes figuras políticas y militares de los círculos ultranacionalistas japoneses, como el general Nagata Tetsuzan o el Ministro de Guerra, Araki Sadao.

La toma de Manchuria por el Ejército Japonés dio a Ishii la oportunidad de utilizar seres humanos en sus investigaciones. En 1932, comenzó sus experimentos preliminares sobre guerra biológica en zonas ocupadas de China como parte de un proyecto secreto. Bajo la cobertura de un plan para la potabilización de agua para las tropas japonesas en China, desde 1936, Ishii fue organizando departamentos de Prevención Epidémica y Abastecimiento de Agua, que eran, en realidad, centros y unidades de investigación médica, destacando la tenebrosa Unidad 731. En 1939, Ishii tenía bajo su mando una gran red de centros, como los ubicados en Harbin, Beijing, Nangjing, Guangzhou, Singa.
En 1940, Ishii fue nombrado Jefe de la Sección de Guerra Biológica del Ejército de Kwantung y, entre 1942 y 1945, ejerció como Jefe de la Sección Médica del Primer Ejército.
A finales de agosto de 1942, Ishii se trasladó de Pingfang a Nanking para participar en algunas campañas y experimentos. Uno de los objetivos a desarrollar fue el de contaminar todas las fuentes de agua del enemigo, dejando botellas con agua contaminada en los caminos o en las viviendas de las poblaciones cercanas.

Estas prácticas quirúrgicas estaban integradas, supuestamente, en el programa de formación de cirujanos del Ejército, para enseñarles cómo manejar a los soldados heridos en el frente.
Incluso se llegaron a publicar, después de la guerra, varios artículos en revistas médicas que estaban basados en estos experimentos.
A pesar de que todos los experimentos quedaban perfectamente documentados en papel o en película, la mayor parte de las pruebas fueron destruidas, aunque se salvaron numerosas fotografías. Incluso los centros de experimentación fueron destruidos mediante explosivos durante los días próximos al final de la guerra, previo asesinato de todos los prisioneros, tanto los infectados como los sanos, así como de los trabajadores civiles chinos, mediante inyecciones de cianuro potásico.

Se estima que, en el marco de estos programas, podrían haber sido asesinadas directamente hasta 12.000 personas, aunque algunos historiadores cifran las muertes causadas por el Escuadrón 731 entorno a las 200.000.
No obstante, si se estimaran las muertes provocadas por las epidemias, la cifra podría elevarse hasta 580.000. En cualquier caso, los experimentos realizados en estos centros fueron calificados por la Organización de Naciones Unidas como “crímenes de guerra”.
Mientras que los médicos nazis fueron juzgados, en el marco de los Juicios de Núremberg, por un Tribunal Militar Internacional, siendo algunos de ellos condenados a muerte o a largas penas de prisión, no hubo ningún juicio contra los médicos del Escuadrón 731.

Los horrorosos experimentos a los que se sometió a seres humanos
En los centros de experimentación se utilizaron prisioneros de guerra y detenidos políticos acusados de ser espías o miembros de la resistencia, fundamentalmente de origen chino, pero también soviéticos, mongoles y coreanos, además de enfermos mentales y discapacitados. A los prisioneros forzados chinos se les llamaba “marutas”, que viene a significar “troncos” o “leños”, pues parte de la Unidad 731 estaba camuflada como un aserradero.

Ishii y sus colegas investigaron fundamentalmente sobre enfermedades infecciosas, inoculando a sujetos sanos los gérmenes del cólera, tifus, difteria, botulismo, ántrax, muermo, brucelosis, disentería, sífilis, peste, etc., para analizar el desarrollo de las enfermedades y probar la efectividad de ciertas vacunas.
Las víctimas eran forzadas a comer alimentos infectados o a beber líquidos contaminados, o bien se les obligaba a portar objetos o ropas contaminadas. También se utilizaron cobayas humanos para probar la eficacia de las armas convencionales y de agentes químicos y biológicos como armas de guerra: se usaron blancos humanos para probar la efectividad de granadas, lanzallamas o bombas explosivas, se les obligaba a beber iperita o se les exponía a ácido cianhídrico y gas mostaza.

También se realizaron experimentos de carácter fisiológico, muy similares a los efectuados por los médicos nazis, como la valoración del tiempo de asfixia tras colocar cabeza abajo a los prisioneros y de embolia después de la inyección intravascular de aire.
Se probaron los efectos de la inyección de orina de caballo y de agua de mar, la privación de alimentos, agua o sueño, la congelación, las radiaciones masivas con rayos X. Algunos prisioneros fueron incluso colocados dentro de máquinas centrífugas para determinar el tiempo de supervivencia.

Los experimentos de hipotermia eran una de las especialidades de Ishii. En ellos, se exponía a los prisioneros a temperaturas extremas durante los meses más fríos del año en distintas condiciones (con ropa mojada, con dieta normal, con dieta hipocalórica, etc.) y luego se estudiaban diferentes formas de reanimación. La Unidad 731 realizó experimentos congelando extremidades de prisioneros y calentándolas luego con agua, observando la temperatura a la cual se desprendían la piel y los músculos.
Existe constancia gráfica de la práctica de vivisecciones y autopsias en prisioneros moribundos, algunas realizadas por el propio Ishii, con el objetivo de obtener las muestras lo más frescas posible. También se realizaron otras prácticas quirúrgicas: apendicectomías y traqueotomías, extracción de balas previamente disparadas a los prisioneros, amputaciones de miembros y, finalmente, asesinato de los sobrevivientes.

La rutina consistía en infectarlos con virus letales para luego abrirlos vivos sin anestesiarlos y extraerles algunos órganos.
Los enfermaban de cólera, disentería, ántrax y tifus y luego estudiaban y registraban sus reacciones y cuerpos con el fin de desarrollar armas biológicas y químicas de destrucción masiva.
Este procedimiento del horror se practicó a al menos 3.000 prisioneros de guerra, principalmente chinos, aunque también coreanos y rusos, en una base militar secreta antes y durante la Segunda Guerra Mundial.

Increíblemente, tanto Ishii como otros inculpados, lograron negociar su impunidad
Cuando la guerra llegó a su fin, Japón se rindió y Estados Unidos pasó a tener control de los archivos militares del país asiático durante nueve años.
Por entonces, no se dieron a conocer detalles de la Unidad 731. Ni los militares ni los científicos que trabajaban allí fueron juzgados en Japón.

Pero décadas después, comenzaron a surgir escalofriantes testimonios que arrojaron luces sobre las labores del temido escuadrón y revelaron un oscuro capítulo de la historia de Japón.
Únicamente 12 oficiales japoneses de bajo rango fueron juzgados por la Unión Soviética en Khabarovsk (Siberia), en 1949, y las penas fueron muy limitadas (entre 2 y 25 años).

Ishii, quien fingió su propia muerte e intentó huir, fue arrestado por los estadounidenses en 1946. Tanto él como otros integrantes del Escuadrón 731 lograron negociar su inculpación e inmunidad en el Juicio de Tokio (Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Oriente, TIPLE), que comenzó el 27 de abril de 1946, a cambio de todos los datos sobre guerra biológica obtenidos de sus experimentos con seres humanos, y sin publicidad alguna. De esta forma, Ishii nunca llegó a ser procesado por crímenes de guerra. Muchos de los científicos implicados en las actividades criminales de las Unidades de experimentación continuaron su actividad investigadora después de la Guerra, siendo incluso protegidos. Ishii abrió una clínica de atención gratuita y murió en Tokio de un cáncer de garganta, tras convertirse al cristianismo, en 1959. Tenía 67 años.
FUENTES: INFOBAE, BBC, WIKIPEDIA, LA NACION, ABC MADRID





