- 21/12/2025
Sentir de un lego

Escribe GUSTAVO RUCKSCHLOSS
Venía de ver en el museo un par de exposiciones que mostraban lo más reciente de las artes. Aunque, más que hacer arte, parecía que buscaban destacarse ellos como autores de algo superior. Al salir, mientras caminaba despacito, pensaba que si a muchas de las “obras” que había mirado les sacaran el verso que las acompaña —las alabanzas a los autores y los relatos sobre lo difícil que fue gestionar su presencia en la muestra— quedarían desnudas.
Cada obra, en sí misma —que en definitiva es lo que importa— se vería desvalida. Porque, al no tener el verso que la explique, no se entiende por sí sola y, en consecuencia, no se aprecia. Sin toda esa “instalación” y pompa que la resalte y le preste brillo, pasaría desapercibida; hasta tropezaríamos con ella.
No reniego ni estoy en contra de las artes actuales. Simplemente me parece que deberían encajar en otras categorías, otros nombres, otras disciplinas que contengan mejor a la nueva imaginación artística.
En eso iba pensando cuando pasé frente a un jardín de infantes del que salía un enjambre de niños pequeños, con sus gritos y su algarabía, propios de la vitalidad. Esa vitalidad que brota en el actuar y en el hacer, porque saltaban y se movían espontáneamente, sin libreto.
Muchos llevaban en la mano molinetes de cartulina de colores o casitas hechas con palillos, también de colores, hechas con cariño y cuidado. Al verlos, y al mirar el frente del aula donde habían pegado dibujos y collages, me cambió el ánimo. Vi la verdad de lo que llega sin explicación: lo que se siente, se entiende y se disfruta sin intermediarios.
Ni me detuve a comparar. La vitalidad es; se siente. No se declama.
