• 22/08/2026

Pascualito, de ídolo a ascensorista

Pascualito, de ídolo a ascensorista

La triste historia del primer argentino campeón mundial de boxeo

Pascual Pérez fue el primer campeón mundial de boxeo de Argentina, un gigante del peso mosca que tocó el cielo con las manos antes de caer en un doloroso y prolongado olvido. La historia de «Pascualito» es el vivo reflejo del mito de la gloria y el ocaso: el hombre que pasó de ser recibido por multitudes en un auto descapotable junto al presidente, a terminar sus días trabajando en la oscuridad de un ascensor gubernamental.

Foto de tapa de la revista El Grafico cuando Pascual Perez ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Londres 1948

El segundero del reloj de la historia arranca en el Valle de Uco, Mendoza, un 4 de mayo de 1926. Nace el noveno hijo de una familia de viñateros descalzos. El escenario es el barro, las hileras de vid y el sol que amansa la piedra. El rival a vencer desde la cuna es el hambre. El chico es tan pequeño que parece que el viento de la cordillera se lo va a llevar. Medirá apenas un metro cincuenta y dos; pesará menos que una bolsa de papas vacía. Nadie ve en ese envase diminuto a un gigante, pero el destino ya le está atando los guantes.

Junto al «León Mendocino» se encuentra su histórico mánager y entrenador, Felipe Segura.

La adolescencia lo encuentra con la zapa en la mano, doblando el lomo sobre la tierra ajena. El cuerpo se le vuelve de quebracho a fuerza de surco y helada. A los dieciséis años, empujado por la rabia legítima de los postergados, entra al gimnasio de Rodeo de la Cruz. Allí lo descubre Felipe Segura, el entrenador que se convertirá en el arquitecto de su boxeo. Segura nota que el chico es zurdo natural, una rareza, y toma una decisión audaz: lo obliga a pararse con la guardia diestra. El resultado es un monstruo de la física: un jab izquierdo demoledor y una mano derecha que sale con la velocidad y la fuerza de un latigazo.

Final de los Juegos Olímpicos de Londres 1948, el momento en el que el legendario boxeador argentino Pascual Pérez (izquierda) conecta un directo de izquierda frente al italiano Spartaco Bandinelli (derecha). Al ganar este combate por puntos en la categoría de peso mosca, «Pascualito» se consagró con la medalla de oro olímpica el 13 de agosto de 1948. Esta victoria representó uno de los hitos más memorables para el boxeo de su país.

Año 1948. Londres todavía huele a la pólvora y al hollín de la Segunda Guerra Mundial. Pascualito sube al ring de los Juegos Olímpicos vistiendo la camiseta argentina. No tiene el porte de los pesos pesados que acaparan las portadas, pero sus piernas vuelan sobre la lona inglesa. Pelea tras pelea, reduce a sus oponentes a meros espectadores de su propia caída. En la final, boxea al italiano Spartaco Bandinelli. Cuando suena la campana final, el oro olímpico brilla sobre su pecho. Es el primer aviso: el mendocino está listo para las ligas mayores.

Martín Karadagian y Lázaro Koci en el Luna Park

El regreso de Londres lo convierte en un héroe civil, pero el boxeo amateur no llena los bolsillos. Pascual da el salto al profesionalismo de la mano de un personaje clave: su manager, Lázaro Koci. Albanés de nacimiento y peluquero de oficio, Koci tiene un olfato comercial y político único (también manejaba los destinos del mítico José María «El Mono» Gatica). Koci diseña una campaña perfecta. El Luna Park de Buenos Aires, ese templo de humo, transpiración y tango, empieza a llenarse los sábados a la noche solo para ver a ese rayo diminuto que duerme a los rivales antes de que el público termine de acomodarse en las butacas.

Pascual Pérez al centro, tras ganar el campeonato mundial de peso mosca por decisión unánime sobre el japonés Yoshio Shirai (derecha) en un combate a 15 asaltos en Tokio (26 de noviembre). El árbitro Jack Sullivan (izquierda) levanta la mano del ganador mientras el entrenador de Pérez, Felipe Segura (al fondo, en el centro), y su mánager, Lázaro Koci (segundo desde la izquierda), permanecen a su lado.

26 de noviembre de 1954. Al otro lado del planeta, en un Tokio que intenta reconstruirse, se levanta el ring del campeonato mundial de peso mosca. El campeón es el ídolo local, Yoshio Shirai. La ingeniería de Koci y el apoyo estatal hicieron posible la travesía. La pelea está pactada a quince extenuantes asaltos. Pascualito es una máquina de tirar golpes; no siente el cansancio ni la presión del público extranjero. Dicta una cátedra de guapeza criolla, desfigurando el rostro del monarca. El fallo unánime de los jueces corta el aire: Argentina tiene, por primera vez en su historia, un campeón mundial de boxeo.

Pascual Pérez con Lázaro Koci llegan de ganar el campeonato del mundo en Japón

El país se paraliza frente a las radios de capilla. Con el cinturón en la mano y las lágrimas rodando por sus mejillas gastadas, Pascualito toma el micrófono de la transmisión internacional y pronuncia la frase que sella su época: “¡Cumplí, mi General!”. La dedicatoria viaja directo al despacho de Juan Domingo Perón. La relación entre el presidente y el boxeador no es una foto de ocasión; es el abrazo genuino entre el líder de una Argentina en plena efervescencia peronista —que busca el protagonismo popular y deportivo— y el hijo de trabajadores que acaba de conquistar el Olimpo.

Pascual Pérez regresa a la Argentina después de conquistar el título mundial en Tokio. Juan Domingo Perón, en un gesto que emocionó al campeón, concurrió a esperarlo en el aeroparque. Fue el primero en abrazarlo estrechamente y le dirigió expresivas palabras de elogio y agradecimiento.

El regreso al país es una fiesta romana. El Aeropuerto de Ezeiza desborda de trabajadores que van a recibir al campeón de los humildes. El mismísimo Perón lo espera al pie de la escalinata del avión. Juntos, en un auto descapotable, recorren las avenidas de una Buenos Aires que los viva bajo una lluvia de papeles picados. Días después, en un Luna Park con las boleterías clausuradas por exceso de público, el presidente le entrega en mano las llaves de un lujoso auto De Soto. Pascualito toca el cielo; el dinero empieza a entrar a caudales y el mundo parece estar a sus pies.

Días después, en el Luna Park, le regalan el lujoso De Soto 1951 que era de Eva Perón

En el epicentro del torbellino, durante unas vacaciones en el Hotel Provincial de Mar del Plata, Pascual conoce a Herminia Amalia Ferch. Aunque Herminia no es una mujer de grandes luces intelectuales, posee una ambición fría y calculadora. Sabe perfectamente cuánto vale cada gota de sudor del campeón. Se casan rápido, entre flashes y aplausos falsos. Ella no ve en Pascual al hombre noble y sacrificado de Tupungato; ve una máquina de facturar billetes. Fruto de ese matrimonio nacerán dos hijos varones: Pascual y Miguel Ángel.

Septiembre de 1955. Los aviones de la autodenominada «Revolución Libertadora» bombardean la Plaza de Mayo y derrocan a Perón. El clima de la época cambia drásticamente: el peronismo es proscripto y sus símbolos son perseguidos. A Pascualito, el boxeador fuertemente identificado con el líder depuesto, la dictadura militar le pasa factura. Le confiscan bienes, le niegan permisos y el Luna Park se le vuelve un territorio hostil. Para seguir defendiendo su título y ganar dinero, se ve obligado a convertirse en un paria, peleando casi siempre lejos de su patria.

Mientras su vida familiar en Argentina empieza a agrietarse, Pascual viaja a Centroamérica para boxear. En Santo Domingo se reencuentra con Perón, quien vive las penurias del exilio con sus cuentas congeladas por los militares. La lealtad del mendocino no sabe de conveniencias políticas: tras ganar sus peleas en el Caribe, Pascualito busca al líder derrocado y le entrega en mano fajos de dólares de sus propias bolsas de dinero para ayudarlo a subsistir. Es el punto más alto de su nobleza, y el comienzo de su desangre financiero abajo del ring.

Pascual Pérez, su esposa Herminia y su hijo Pascualito, junto a Juan Domingo Perón en Santo Domingo. En ese entonces, la esposa ya estaba moviendo los hilos para despojar de sus bienes al campeón

Aprovechándose de la ingenuidad conmovedora de Pascualito y de su total analfabetismo financiero, Herminia Ferch comienza a mover los hilos de la traición. Detrás de ella opera una sombra de abogados inescrupulosos y supuestos «amigos» del campeón. Le hacen firmar poderes absolutos, contratos leoninos y transferencias de propiedades. Casas, campos, autos de lujo y cuentas bancarias pasan a nombre de su esposa. Para colmo de males, el golpe es también afectivo: allegados al boxeador descubren que Herminia mantiene romances secretos con personas de su propio entorno de trabajo. El despojo es total.

Pascual Pérez de Argentina sostiene a Sadao Yaoita de Japón tras su victoria por nocaut en el décimo tercer asalto del combate por el título mundial de peso mosca en el Osaka Pool el 5 de noviembre de 1959 en Osaka, Japón.

Fotograma de la pelea revancha de Pascual Pérez y Pone Kingpetch

Año 1959. La relación estalla en un divorcio escandaloso que las revistas devoran con saña. El proceso judicial destruye psicológicamente al boxeador, quien se descubre de la noche a la mañana solo, quebrado y traicionado. El daño emocional se traslada de inmediato a sus piernas. En abril de 1960, un Pascual Pérez envejecido prematuramente y sumido en la depresión sube al ring en Bangkok ante el local Pone Kingpetch. El mendocino ya no es el rayo de Tupungato; es una sombra. Pierde por puntos y, meses después, cae por nocaut técnico en la revancha. Su reinado ha terminado.

Julián Centella y Pascual Pérez a fines de los años 60

El retiro definitivo llega en 1964. Sin dinero y abandonado por el entorno que se esfumó con el último billete, Pascual regresa a su Mendoza natal buscando piedad. Consigue un empleo público de miseria: lo nombran ascensorista en la Casa de Gobierno de Mendoza. El hombre que había hecho detener el país, el atleta que desfiló con el presidente, ahora pasa ocho horas al día subiendo y bajando a empleados estatales que ni siquiera lo miran a la cara. En la penumbra de la cabina metálica, Pascualito mastica el polvo del olvido absoluto. Sus hijos, Pascual y Miguel Ángel, crecen sufriendo las esquirlas de esta decadencia familiar.

Los últimos años son un calvario de supervivencia. Consigue volver a Buenos Aires y encuentra un modesto refugio afectivo en su segunda esposa, Selva Argentina Céliz, la mujer que lo acompaña en la pobreza. Consigue un puesto administrativo menor en el Ministerio del Interior gracias a viejos conocidos de la política. Su hijo mayor, Pascual, quien con los años se dedicaría al oficio de la peluquería en Buenos Aires, recordará siempre que, dentro de la modestia, su padre tuvo al menos un techo y contención en el final, lejos de la indigencia total que dictaba el mito popular. Sin embargo, su salud física ya está rota por los golpes de la vida.

10 de diciembre de 1976: Pascual Pérez, en el Luna Park, levantado por los también campeones mundiales Miguel Ángel Castellini y Víctor Galíndez. Es su última foto pública, poco más de un mes antes de morir.

22 de enero de 1977. En una Argentina sumida en una sangrienta dictadura militar que no tiene espacio ni memoria para los viejos héroes populares del peronismo, la vida de Pascual Pérez se apaga a los cincuenta años debido a una insuficiencia hepatorrenal. Muere pobre, en un silencio sepulcral que contrasta con el rugido de los estadios que alguna vez dominó. Cumplió la promesa que alguna vez le hizo a su hijo: «Yo voy a quedar en el diccionario». Su nombre habita para siempre la gloria eterna del deporte, pero su historia se recuerda como el drama más perfecto y doloroso de un ídolo al que le robaron todo, menos la dignidad de su leyenda.

El monumento más conocido en honor a Pascual Pérez es su estatua emplazada en el Paseo de la Gloria en la Ciudad de Buenos Aires, inaugurada en junio de 2015 en la Costanera Sur (Av. Dr. Tristán Achával Rodríguez).
El legendario Pascualito Pérez, el primer argentino campeón mundial de boxeo, en los pesos mosca, estuvo en San Juan y recibió una distinción de manos de Santos Álvarez en un partido de estrellas del hockey.

Pascualito tuvo dos hijos varones con Herminia Amalia Ferch: Pascual (quien aparece en la foto) y Miguel Ángel. Pascual se dedicó al oficio de la peluquería en Buenos Aires. Siempre defendió la memoria de Pascualito frente al mito de que murió en la indigencia total, aclarando que, aunque su madre lo desvalijó, en sus últimos años su padre tuvo un techo y contención gracias a una pensión graciable y a su segunda esposa.