- 14/09/2025
Nagyrev, el poblado húngaro donde 50 hombres fueron asesinados por sus esposas
Una historia increíble donde una partera y el arsénico fueron los principales protagonistas
El 14 de diciembre de 1929, en Hungría se iniciaba un juicio a cerca de 50 mujeres que habían sido acusadas de envenenar a la gran mayoría de los hombres que vivían en un remoto pueblo del país europeo.
Según explicó la prensa de la época, entre 1911 y 1929, varias mujeres de la localidad Nagyrev, ubicada a unos 130 kilómetros al sur de Budapest, habrían envenenado a más de 50 hombres.
Los diarios del mundo decían que las mujeres a las que llamaban las «hacedoras de ángeles» habrían asesinado a los hombres con una solución de arsénico.
Algunos lo han calificado como el mayor asesinato en masa de hombres por parte de mujeres de la historia moderna.
Las mujeres se enfrentaron a un juicio público en el que hubo un nombre que se repitió: Zsuzsanna Fazekas, la partera del pueblo.
En esos tiempos, cuando el pueblo todavía estaba bajo el dominio del imperio Austro-Húngaro y no había doctores locales, la partera tenía el monopolio médico del pueblo.
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En 2004, en un documental de radio de la BBC, Maria Gunya, quien vivía en el pueblo, relató que la razón por la que se señaló a Fazekas como la incitadora de los envenenamientos, era porque todas las mujeres le contaban sus problemas.
«Les dijo a las mujeres que si tenían problemas con sus hombres, ella tenía una sencilla solución», explicó Gunya.
Y aunque Fazekas quedó como la principal responsable de los asesinatos, en los archivos del proceso, los testimonios de las mujeres del pueblo revelan profundas y dolorosas historias de abusos, maltratos y violaciones por parte de los hombres.
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Nagyrév era un lugar remoto y empobrecido, con acceso limitado debido a carreteras intransitables y la total ausencia de médico. La vida allí, marcada por escasez, aislamiento y desconfianza, tenía especial dureza para las mujeres. Sin posibilidades de decidir sobre su destino, muchas se veían sometidas a maridos alcohólicos y maltratadores, sin esperanza de cambio. Este doloroso contexto social, junto con la falta de vigilancia, abrió la puerta a una cadena de asesinatos tan callados como efectivos.
La violencia doméstica, el abuso y el control masculino convertían a las esposas en víctimas sin salida. Tras la Primera Guerra Mundial, la situación se agravó aún más: los hombres regresaban heridos o discapacitados, afectados por traumas psicológicos, y la aldea sufría una grave crisis agrícola. En ese escenario, la muerte fue tan común que incluso algunos recién nacidos eran asesinados por sus familias, incapaces de alimentarlos.
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La historia estuvo oculta por muchos años. De acuerdo a los reportes policiales, los primeros asesinatos se registraron en 1911, pero no fue hasta 1929 que comenzaron las investigaciones.
¿Cuál fue la pista que permitió llegar hasta las culpables? Un cementerio que se comenzó a llenar de repente.
Fue precisamente en 1911 cuando al poblado de Nagyrev llegó Zsuzsanna Fazekas.
Ella, de acuerdo con Gunya y los testimonios del juicio, llamó la atención por dos cosas: primero porque, además de su habilidad como partera, era conocedora de remedios medicinales, algunos incluso con químicos, algo poco habitual en la región.
Lo segundo era que no había rastro de su marido.
Nagyrev no tenía sacerdote, y mucho menos un médico. Entonces sus conocimientos hicieron que las personas se acercaran a ella y le tomaran confianza. La mujer comenzó a ver muchas cosas que pasaban dentro de las casas: hombres que golpeaban a las mujeres, que las violaban, muchos de ellos eran infieles. Mucho maltrato.
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Fazekas comenzó a realizar una práctica prohibida en aquellos tiempos: abortos clínicos de embarazos indeseados. Por esta razón fue llevada a juicio, pero nunca fue condenada.
El gran problema es que muchos matrimonios eran acordados por las familias y mujeres muy jóvenes se casaban con hombres, en algunos casos, mucho mayores.
En ese tiempo no existía el divorcio, incluso si se maltrataba o abusaba de las esposas..
Los reportes de la época también señalaban otro dato: los matrimonios acordados iban acompañados de una especie de acuerdo contractual que incluía terrenos, herencias y obligaciones legales.
Fazekas comenzó a convencer a las mujeres de que ella podría solucionar sus problemas.

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Aunque los primeros casos datan de 1910, fue a partir de entonces cuando los envenenamientos se multiplicaron, en medio de una red femenina basada en la complicidad y el silencio. Tal como relata Tori Telfer en su libro Damas asesinas, ninguna mujer actuaba sola. Para ejecutar un crimen, acudía primero a sus amigas, que le daban ánimos y hasta le proporcionaban los ingredientes letales.
El arma por excelencia, el veneno, era el recurso más usado. Zsuzsanna Fazekas, respetada comadrona del pueblo, se convirtió en la principal proveedora: tras separarse, empezó a frecuentar la taberna y era conocida por llevar siempre encima ampollas de arsénico. Cuando alguna clienta se quejaba del marido, ella le ofrecía el veneno como si fuera un remedio inofensivo. Todas sabían que se trataba de una ruta rápida y silenciosa hacia la muerte, pero nadie rompía el pacto de silencio.
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Un caso representativo fue el de Mária Kardos, quien, tras adquirir arsénico a Fazekas, terminó con la vida de su propio hijo adulto y, más tarde, de un tercer esposo al que la unía una relación problemática. Entre ambas mujeres, el crimen selló una amistad inquebrantable y un extraño pacto de ayuda mutua.
El arsénico era un secreto a voces. Si una mujer se quejaba del comportamiento de su pareja, una amiga le sugería una visita a la partera, según The Economist.
En 18 años, ocurrieron entre 45 y 50 muertes de esposos y padres que fueron enterrados en el cementerio del pueblo.
La prensa sensacionalista de la época incluso habló de hasta 300 muertes, alimentando la leyenda de las “ángeles de la muerte de Nagyrév”. El investigador Béla Bodó identificó esta cifra más moderada tras años de indagaciones. Sin embargo, la complicidad fue tan profunda que, durante años, nadie denunció las muertes, las cuales quedaban justificadas por enfermedades súbitas o causas aparentemente naturales.
Muchos comenzaron a llamar a Nagyrev «el distrito de los asesinos».
Estos detalles llamaron la atención de la policía. A principios de 1929 comenzaron a exhumar los cadáveres para examinarlos, encontrando un elemento incriminador: arsénico.
El juicio a las mujeres
Fazekas vivía en una típica casa de una sola planta en el pueblo, con vistas a la calle. Fue allí donde creó muchos de los venenos que fueron usados en los asesinatos.
Allí, el 19 de julio de 1929, vio que los policías venían a por ella.
Cuando vio acercarse a los gendarmes, comprendió que todo había terminado para ella. Para cuando llegaron a la casa, ya estaba muerta; había tomado un poco de su propio veneno..
Pero la partera estaba lejos de ser la única culpable.
En la cercana capital del condado de Szolnok, a partir de 1929, 26 mujeres fueron juzgadas.
Ocho fueron condenadas a muerte y el resto fueron enviadas a prisión, siete de ellas de por vida.
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Pocas admitieron su culpabilidad, y sus motivos nunca quedaron claros por completo.
En base a los archivos de la corte, el médico e historiador Geza Cseh le dijo a la BBC que todavía quedan muchos misterios por resolver.
«En cuanto a sus motivos, abundan las teorías: la pobreza, la codicia y el aburrimiento son algunas de ellas», señala el académico.
«Algunos informes dicen que algunas mujeres habían tenido amantes entre los prisioneros de guerra rusos reclutados para trabajar en las granjas ante la ausencia de sus hombres en el frente», explicó el historiador.
Y cuando los maridos regresaron, las mujeres lamentaron la repentina pérdida de su libertad y, una tras otra, decidieron actuar.
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En la década de 1950, el historiador Ferenc Gyorgyev conoció a un anciano del poblado durante su encarcelamiento bajo el régimen comunista.
El campesino afirmó que las mujeres de Nagyrev «habían estado asesinando a sus hombres desde tiempos inmemoriales».
Además, tal vez no fueron los únicos.
En la cercana ciudad de Tiszakurt, otros cuerpos exhumados también contenían arsénico, pero nadie fue condenado por estas muertes.
Según algunas estimaciones, el número total de muertos en la zona podía haber ascendido a 300.
Gunya señala que, tras los envenenamientos, el comportamiento de los hombres con sus esposas «mejoró notablemente».





