- 12/09/2026
Moño rosado

Caminaba cuando vi que una madre iba con su pequeña hija. Al llegar a una esquina del centro, se detuvieron. Circunstancialmente las vi porque estaba en la vereda de enfrente, esperando.
Recién al verlas me di cuenta de que había una especie de canasto grande y firme, con un cartel que invitaba a dejar tapitas plásticas para reciclarlas.
Mientras la nena miraba como hipnotizada esa enorme cantidad de tapitas de colores, la madre sacó de su cartera una bolsita con un puñado de tapitas que, obviamente, traía de su casa. Se las mostró a la nena que, con un enorme moño rosado, no escuchaba lo que la madre le explicaba sobre reciclar las cosas para tener un mundo mejor… con las tapitas de ella.
Demás está decir que ni pensó siquiera que algo en la vida podía mejorar con «sus» tapitas de colores.
Pero la diligente madre vació la bolsita dentro de aquel destructor de alegrías. No le dio tiempo a nada.
La hermosa nena, con su enorme moño rosado, gritó para que la madre no la dejara sin sus tapitas. Tanto que, desesperada, se trepó al contenedor lleno de tapitas para recuperar las suyas.
Trepada, metía su bracito, pero era inútil: no llegaba, por más que pataleara y gritara.
Cansada, se paró frente al millón de tapitas de colores, aferrada a los alambres del contenedor, como despidiéndose. Luego, callada, dio sus primeros pasitos para alejarse.
Ni miró a su madre. Cabizbaja, miraba el piso. Iba llorando.
Como es de suponer, después de presenciar aquel drama, me quedé pensando. Aunque hoy suene a socialmente incorrecto, ¿hasta dónde vale la pena hacer penar a una pequeña personita en aras de una supuesta buena conducta ambiental?
Si la madre quiso enseñarle lo correcto, me parece que no solo no lo logró, sino que es probable que ahora la nena guarde las tapitas junto a su moño rosado.
Si hoy tuviera que elegir, optaría, sin dudas, por la segura alegría del moño rosado y no por el incierto beneficio futuro.

