- 04/07/2026
LOS ENTRETELONES DE LA INDEPENDENCIA

LA HISTORIA NO CONTADA DEL CONGRESO DE TUCUMÁN
El Congreso de Tucumán no fue una reunión pacífica para declarar la independencia, sino un proceso político tenso y desesperado. Sesionó bajo un estricto toque de queda debido a la guerra, debatieron la posibilidad de instaurar una monarquía incaica para lograr el reconocimiento internacional, y el acta fue traducida a lenguas originarias. Pero, además, hubo situaciones humanas de las que poco se habla desde los largos viajes, el temor a ser asaltados, hasta las dificultades para la comida y el alojamiento sumado a la plata que no llegaba y que dejaba casi en la indigencia a algunos diputados. Un informe revelador sobre las verdaderas motivaciones y los secretos que rodearon la histórica declaración.

1816, con su Catedral y el Cabildo
Porqué se eligió Tucumán como sede
La región estaba fuertemente militarizada y protegida por el Ejército del Norte y las fortificaciones de La Ciudadela. San Miguel de Tucumán ofrecía un resguardo seguro frente al avance de las tropas realistas que venían del Alto Perú, gracias a la barrera defensiva que sostenía Martín Miguel de Güemes en Salta.
Es importante señalar que las provincias del interior sentían un profundo rechazo hacia el centralismo de Buenos Aires. Elegir una sede fuera de la capital garantizaba una mayor libertad de debate y evitaba la presión política directa del puerto sobre los congresales.
Para los medios de transporte de la época (galeras, sopandas y carretas), Tucumán se consideraba un punto relativamente equidistante y central dentro del mapa de las Provincias Unidas del Río de la Plata, lo que facilitaba el acceso de los representantes de las regiones andinas y del Alto Perú.

El miedo a morir en el viaje
Viajar a Tucumán desde Buenos Aires o Cuyo demoraba casi un mes en galera o carreta por caminos intransitables, bajo riesgo de ataques de bandidos o enfermedades. El nivel de peligro era tan alto que varios congresales redactaron sus testamentos antes de salir, convencidos de que podían morir en el trayecto.
Dónde vivieron los congresales
En 1816, San Miguel de Tucumán era una ciudad muy pequeña, casi un villorrio, que carecía por completo de infraestructura hotelera o edificios públicos aptos para delegaciones. Por este motivo, el alojamiento se resolvió de forma comunitaria y solidaria:
Muchos diputados fueron recibidos como huéspedes en los hogares de las familias tucumanas más pudientes. Alrededor de una tercera parte de los congresales eran sacerdotes o frailes. Muchos de ellos se instalaron en los conventos de las órdenes religiosas locales, como el de San Francisco, el de Santo Domingo o la Merced, que contaban con celdas de alojamiento.
Otros diputados compartieron las viviendas particulares de los sacerdotes residentes en la ciudad.
La Casa del Congreso
Si bien la famosa casa de Francisca Bazán de Laguna fue reacondicionada derribando paredes para crear el Salón de la Jura, la propiedad no se utilizó para hospedar en masa a los delegados, sino que funcionó estrictamente como la sede de sesiones de la asamblea legislativa, aduana y almacén de guerra.
¿Comían juntos?
No de manera oficial ni diaria, pero sí compartían sobremesas políticas en grupos según sus afinidades. Como la ciudad no tenía restaurantes ni un comedor central para el Congreso, la rutina alimentaria dependía de dónde dormían:
Los frailes y curas (que eran un tercio del total) almorzaban y cenaban juntos en los refectorios de los conventos de San Francisco o Santo Domingo.
Los congresales que se alojaban en casas de familias patricias (como la de los Posse o los Aráoz) compartían la mesa familiar con sus anfitriones.
El menú de 1816
En las mesas se servía locro, humita en olla, empanadas tucumanas y carbonada (un guiso espeso con carne, zapallo y choclo). Para el desayuno o la merienda, el gran ritual era beber chocolate caliente o mate, endulzados con miel de caña.

acuarela de Vázquez, en “Caras y Caretas”.
No fue un congreso tranquilo
Las internas eran feroces y casi hacen fracasar el Congreso. No existía una armonía patriótica absoluta; los diputados representaban bloques con intereses económicos, territoriales y políticos muy opuestos:
Los diputados de Buenos Aires buscaban mantener la hegemonía del puerto y controlar la economía. Los del interior desconfiaban profundamente y exigían autonomía, lo que generaba debates a los gritos.
La furia contra la monarquía incaica
Cuando Manuel Belgrano y San Martín propusieron coronar a un rey Inca para ganar apoyo indígena y europeo, los porteños estallaron. El diputado porteño Tomás de Anchorena llegó a decir con desprecio en plena sesión que no estaba dispuesto a subordinarse a un monarca de la «casta de los chocolates», lo que casi desata un duelo físico con defensores del proyecto.
Presiones militares
Muchos diputados sentían que los generales (San Martín y Belgrano) los estaban «atropellando» con cartas y exigencias para declarar la independencia de inmediato, sin darles tiempo de discutir las leyes o las constituciones.
El «baile del siglo» y las telas prohibidas
Tras la jura del 9 de julio, el 10 de julio se armó un baile colosal en el salón de la Casa Histórica al que asistieron unas 400 personas. Para impresionar a los diputados, las mujeres tucumanas mandaron a pedir telas de contrabando (gasas y tafetanes europeos). El propio Manuel Belgrano, un excelente bailarín, abrió la pista y bailó toda la noche, transformándose en el alma de la fiesta.

El misterio del Acta original desaparecida
Aunque parezca mentira, el Acta original de la Independencia firmada el 9 de julio de 1816 no existe. En 1820, cuando el acta era trasladada a Buenos Aires en medio de las guerras civiles, la copia original desapareció misteriosamente (se cree que fue robada o destruida por algún grupo federal o de bandidos). Lo que hoy conservamos y vemos en los museos son copias idénticas que se imprimieron semanas después para ser distribuidas por el país.
Sesiones secretas e insomnio
El Congreso sesionó durante meses en un régimen militarizado. De las más de 230 sesiones que tuvieron, 60 de ellas fueron absolutamente secretas. Se realizaban de noche, a la luz de las velas, debatiendo estrategias de guerra de máxima confidencialidad, mientras afuera regía el toque de queda.
El sueldo de los congresales: Viáticos y miseria
Contrario a la idea de que trabajaban puramente por amor al arte, los diputados cobraron un sueldo, pero recibirlo fue un verdadero calvario debido a las arcas vacías del Estado.
¿Cuánto cobraban?
Se fijó una dieta mensual de 100 pesos (una cifra importante para la época) en concepto de viáticos para costear el alojamiento, la comida y el mantenimiento de sus caballos o mulas. Como el gobierno central no tenía dinero, cada provincia debía pagarles el sueldo a sus propios representantes.
Muchas provincias estaban empobrecidas por la guerra. Los diputados pasaban meses sin cobrar, debiendo pedir préstamos a las familias tucumanas o subsistir a base de la caridad de los conventos para no pasar hambre.

Un rebelde de 26 años
El Congreso estaba dominado por hombres maduros, doctores y clérigos experimentados. Sin embargo, hubo una excepción que rompió los moldes: Tomás Manuel de Anchorena. Tenía apenas 26 años cuando llegó a Tucumán representando a Buenos Aires. Era un abogado porteño de una familia sumamente adinerada, primo de Juan Manuel de Rosas.
Lejos de ser un joven sumiso, Anchorena fue el ala más dura, polémica y elocuente del bloque porteño. Tenía un carácter indomable y una lengua filosa.

Tucumán se propuso implantar una monarquía
en América cuyo rey sería Juan
Bautista Túpac Amaru, último hermano
sobreviviente del líder de la insurrección
de de 1780 José Gabriel de Condorcanqui
Túpac Amaru II
El Rey Inca que no fue
La propuesta de Belgrano y San Martín de coronar a un rey de la dinastía incaica tenía nombre y apellido. No era una idea abstracta; el candidato existía y tenía una historia trágica. Era Juan Bautista Túpac Amaru, el medio hermano menor de Túpac Amaru II (líder de la gran rebelión indígena de 1780 en el Perú). Tras el fracaso de la rebelión, Juan Bautista fue apresado por los españoles. Pasó más de 30 años en prisiones de Ceuta (África) y España, sufriendo torturas y aislamiento.
El plan político
Belgrano argumentaba que coronarlo a él repararía la injusticia histórica con los pueblos originarios y, estratégicamente, haría que los pueblos indígenas del Alto Perú y el norte se unieran en masa al ejército patriota contra España.
El triste final
El proyecto fracasó por el racismo y el centralismo de los diputados porteños (liderados por Anchorena). Juan Bautista terminó sus días libre, pero en el olvido, viviendo en Buenos Aires gracias a una pequeña pensión que le otorgó el gobierno hasta su muerte en 1827.
Las sesiones secretas
Hubo 60 sesiones secretas. Se debatía con pánico la invasión luso-brasileña a la Banda Oriental (Uruguay). Algunos congresales porteños propusieron en secreto someterse a un protectorado británico o buscar un príncipe de la corona portuguesa para que gobernara el Río de la Plata a cambio de paz.
El espionaje
El Congreso vivía obsesionado con los espías realistas. Se interceptaban cartas y se arrestaba a sospechosos en las afueras de Tucumán. En esas sesiones se decidían ejecuciones y movimientos del Ejército del Norte que nadie podía saber.
La vida de un congresal
La rutina en San Miguel de Tucumán estaba marcada por el repique de las campanas de las iglesias y el riguroso orden militar de la ciudad:
Se levantaban con el alba. Los frailes iban directo a misa; los laicos rezaban en sus habitaciones. Desayunaban mate amargo o chocolate caliente con bizcochos de grasa.
A las 9 caminaban hacia la casa de Francisca Bazán de Laguna. Los ujieres abrían las puertas del Salón de la Jura. Se pasaba lista y comenzaban los debates, que solían ser acalorados y a los gritos.
A las 13 se suspendía la sesión por el almuerzo y a las 16 se reanudaban las actividades, pero no siempre en el salón. Se reunían en los patios o conventos en pequeños grupos para redactar leyes o limar asperezas políticas. A las 20 sonaban las campanas del Ángelus. Cenaban algo liviano y comenzaban las tertulias informales.
Toque de queda
Por seguridad militar, se prohibía circular por las calles después de las 22. Las sesiones nocturnas (y las secretas) se hacían a puertas cerradas, iluminadas apenas por velas de sebo que generaban un calor sofocante.
El triste destino de la Casa de Tucumán
La famosa casa donde se juró la independencia estuvo a punto de desaparecer para siempre debido al abandono institucional:
Pocos años después del Congreso, la familia de Francisca Bazán recuperó la vivienda, pero estaba semidestruida por el uso público.
Alrededor de 1870, el Estado nacional la alquiló y la convirtió en oficina de correos, telégrafo y juzgado federal. Los patios coloniales se llenaron de papelerío y empleados públicos.
Para 1903, la casa estaba en ruinas. El gobierno del presidente Julio Argentino Roca decidió demolerla casi por completo para construir un monumental palacio de estilo francés. Lo único que se salvó de las piquetas fue el Salón de la Jura. Se construyó un enorme pabellón de vidrio (un «templete») a su alrededor para protegerlo del clima. Recién en la década de 1840 se ordenó reconstruir la fachada original basándose en fotografías antiguas para dejarla tal como la conocemos hoy.
Qué pasó el día después
El 10 de julio de 1816 fue el día del desahogo popular, la fiesta y la consolidación política de lo que se había firmado el día anterior.
Si el 9 de julio fue el día de la solemnidad y los documentos, el 10 fue el día en que Tucumán verdaderamente celebró su libertad absoluta.
A las ocho de la noche, las puertas del mismo salón donde se había jurado la independencia se abrieron para dar inicio al baile más famoso de la historia argentina.
Asistieron los congresales, los jefes del Ejército del Norte (con Manuel Belgrano a la cabeza), el gobernador local Bernabé Aráoz y las familias de la élite tucumana. En total, unas 400 personas colmaron los patios y salones.
Las mujeres tucumanas lucieron vestidos confeccionados a contrarreloj con telas de gasa y seda importadas de Europa que habían conseguido mediante contrabando, desafiando el desabastecimiento de la guerra.
Se bailaron minués, contradanzas y Gavotas, ritmos de la época. Manuel Belgrano, conocido por su elegancia y gracia, abrió la pista y fue el alma de la noche, bailando incansablemente con las jóvenes locales.
Qué pasó después de ese día
En el plano estrictamente político, las sesiones del Congreso no se detuvieron por los festejos. El 10 de julio se terminó de consolidar el poder ejecutivo de la nueva nación:
El Congreso ratificó formalmente a Juan Martín de Pueyrredón como Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Este nombramiento era clave, ya que le daba un marco de legalidad y un líder firme al territorio para organizar los recursos económicos y militares que San Martín necesitaba con urgencia para cruzar la Cordillera de los Andes. El 10 de julio cerró las celebraciones, iniciando la durísima realidad de sostener la independencia con las armas.
Modificación del acta
El 19 de Julio de 1816 se modifica el acta de la independencia. Congresales realizaron sesiones secretas para definir un cambio contundente en aquella acta firmada el pasado 9 de Julio en la Casa Histórica de Tucumán. Ese día, le agregaron al texto original (“una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli”) la frase: “y de toda otra dominación extranjera”. Era evidente que ninguno de los congresales quería que nuestro país estuviese bajo el dominio ni de la corona española ni de cualquier otro país extranjero. El deseo de libertad e independencia era firme en cada uno de ellos.
¿Por qué Laprida quedó al mando?
Para garantizar la equidad y evitar que Buenos Aires monopolizara el control, el estatuto del Congreso estipuló que la presidencia rotara de manera estricta cada mes entre los diputados.
En el mes de julio, la conducción le tocaba al bloque cuyano. Laprida, que representaba a San Juan, fue elegido por sus pares gracias a su sólida formación en leyes en la Universidad de Chile y su enorme prestigio político.
Laprida no llegó allí por azar; era un aliado íntimo de José de San Martín (entonces gobernador de Cuyo). El Libertador impulsó su candidatura porque sabía que Laprida tenía el carácter y la inteligencia necesarios para acelerar la votación de la independencia, un paso legal urgente para poder iniciar el Cruce de los Andes.
Los diputados que más sobresalieron
El Congreso contó con figuras clave que destrabaron debates, plantearon posturas ideológicas firmes y marcaron el rumbo del país:
Mariano Boedo (Vicepresidente – Salta)
Secundó a Laprida durante las sesiones de julio de 1816. Fue un abogado salteño brillante, respetado por su capacidad técnica para redactar leyes y por actuar como componedor en las feroces discusiones entre los delegados porteños y los del interior.
Juan José Paso (Secretario – Buenos Aires)
Fue uno de los grandes «secretarios de la patria» (ya había cumplido esa función en la Primera Junta de 1810). Paso sobresalió por su potente voz y su vasta experiencia administrativa. Fue el encargado de leer en voz alta la histórica Declaración de la Independencia y de preguntar formalmente a los diputados si deseaban ser libres de España.
Fray Justo Santa María de Oro (San Juan)
Compañero de delegación de Laprida y un ferviente defensor de la causa republicana. Cuando el Congreso se inclinaba fuertemente a coronar a un rey inca o un príncipe europeo, Oro plantó una postura tajante: amenazó con retirarse del recinto si se elegía una monarquía sin antes consultar formalmente al pueblo mediante un plebiscito.
Tomás Manuel de Anchorena (Buenos Aires)
on solo 26 años fue la voz más filosa del ala centralista porteña. Sobresalió por su implacable oratoria barroca y por ser el principal opositor al proyecto de la monarquía incaica, defendiendo a rajatabla los intereses económicos y políticos del puerto de Buenos Aires.
Pedro Medrano (Buenos Aires)
Fue quien propuso una modificación crucial en los días posteriores a la jura. El 19 de julio, advirtiendo que existían negociaciones secretas para entregar estos territorios a un protectorado británico o portugués, Medrano exigió agregar al acta que las Provincias Unidas no solo eran libres de España, sino también «de toda otra dominación extranjera». Esa frase blindó la soberanía total del país.
El doble juego de las Provincias (los mandatos ocultos)
Cada provincia elegía a sus diputados y les entregaba un pliego de instrucciones públicas y otro de condiciones reservadas. Las provincias del interior desconfiaban a muerte de Buenos Aires:
El mandato de Córdoba (Los más firmes): Los diputados cordobeses llegaron con una instrucción tajante y por escrito: exigir la independencia absoluta de España o de cualquier otra dominación extranjera. Fueron el motor ideológico para blindar el acta días después de la jura (gracias a la propuesta que luego formalizó Pedro Medrano).
Las instrucciones de Tucumán: Los locales estipularon que la futura Constitución debía elaborarse contemplando los derechos locales y que bajo ningún concepto los diputados debían «mezclarse en facciones o partidos» porteños. Si una ley se votaba bajo presión de un bando, sus diputados debían considerarla nula.
El secreto de San Juan y Cuyo: San Martín instruyó a Laprida y a Fray Justo Santa María de Oro a no ceder ante las dilaciones porteñas. Debían forzar la votación de la independencia de inmediato. Si el Congreso insistía en debatir leyes menores o constituciones antes de declarar la soberanía, debían plantarse o amenazar con el retiro.
¿De qué se hablaba en las Actas Secretas?
El libro de las Actas Secretas del Congreso (que estuvo perdido un siglo y hoy se custodia en el Archivo General de la Nación) revela los temores más profundos de los congresales. Contienen las decisiones más crudas, pragmáticas y, en muchos casos, polémicas que tomaron los diputados. Lejos de los discursos públicos sobre la libertad, allí se definía la supervivencia del Estado mediante medidas extremas. Las actas secretas muestran el lado más oscuro y desesperado de la política de 1816.
El uso de la violencia y la censura de prensa
El Congreso actuaba con el temor constante de que una guerra civil interna o una rebelión popular destruyera el proceso independentista:
Se decretó que cualquier ciudadano que criticara públicamente las decisiones del Congreso o del Director Supremo sería considerado «reo de alta traición» y castigado con el destierro, la confiscación de bienes o la muerte.
Se decidió censurar y vigilar de cerca los periódicos de la época. Cualquier intento de publicar ideas que promovieran el desorden social o apoyaran de manera radical el federalismo de Artigas era castigado con la clausura inmediata del medio de prensa.
Expropiaciones forzosas
Mantener al Ejército del Norte y financiar la campaña de San Martín requería fortunas que el Estado no tenía. Las actas secretas revelan cómo se conseguía el dinero:
Se labraron listas con los nombres de los comerciantes y hacendados más ricos de la región. En secreto, se les fijaban «contribuciones extraordinarias y obligatorias». Si se negaban a pagar, el ejército tenía la orden de confiscar sus bienes.
Se autorizó a los gobernadores a retirar de los templos religiosos los objetos de oro, plata y bronce que no fueran indispensables para el culto, con el fin de fundirlos para fabricar monedas o municiones de guerra.

La entrega militar de Santa Fe
Uno de los debates más tensos y secretos fue cómo lidiar con las provincias rebeldes del Litoral que respondían a Artigas:
El Congreso aprobó de forma confidencial el envío de tropas armadas para invadir y someter por la fuerza a la provincia de Santa Fe, que se negaba a acatar las órdenes de Buenos Aires.
En las actas quedó asentado que el uso de la violencia interna era un «mal necesario» para evitar que el país se fragmentara antes de que España atacara.
El «Plan de Contingencia» por si caía Tucumán
Los congresales sabían que los realistas estaban a pocos kilómetros, en el Alto Perú, y que un fallo en la defensa de Güemes significaba la captura y ejecución de todo el Congreso:

e ilustrador
francés George
Roux muestra un
momento de los
numerosos debates
que jalonaron
los días del Congreso
que se inició
en Tucumán en
marzo de 1816 y
culminó en Buenos
Aires más de
tres años después.
La mudanza secreta
Se votó un plan de evacuación de emergencia. Si las tropas españolas rompían el frente norte, el Congreso debía levantar sus sesiones de inmediato, quemar los archivos más sensibles y trasladarse en secreto a Buenos Aires.
Esta decisión terminó cumpliéndose a principios de 1817, cuando el Congreso abandonó Tucumán y se instaló en la capital litoraleña, perdiendo gran parte de su impronta federal.
Fuentes: El Historiador, Biblioteca Nacional de Maestros, Colegio Militar de la Nación, La Gazeta del Norte, Clarin, Infobae, La Nación.
















