• 23 diciembre, 2022

Historias de las que poco habla la historia

Historias de las que poco habla la historia

Mal que les pese a los admiradores de próceres inmaculados, subidos a una estatua y ejemplos de vida en todos los campos, los próceres argentinos fueron hombres de carne y hueso que amaron, odiaron, tuvieron hijos y supieron de excesos. Nada de eso les impidió servir a la patria y ser protagonistas de una inmensa obra. Acá la historia del “Restaurador de las Leyes”.

Los amores de Juan Manuel de Rosas

A lo largo de su vida, Juan Manuel de Rosas fue deseado por muchas mujeres. No era para menos: la simetría de sus formas, su mirada penetrante y su imponente personalidad deslumbraron a varias personas desde su juventud. Según detalles aportados por Lucio V. Mansilla, sobrino del Restaurador, siendo muy joven Rosas mantuvo numerosos amoríos. Todos ellos de modo discreto. Hasta que en 1813 eso cambió cuando llegó una mujer a su vida que lo cautivó para siempre.

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Encarnación Ezcurra y Arguibel era parte de la alta sociedad porteña y embelesó al futuro líder apenas se conocieron. Con escarnio y cierta pereza mental, los unitarios se burlaron de aquella mujer porque aseguraban que tenía facciones “un tanto viriles”. Sin embargo Rosas jamás se fijó en eso. El temperamento fuerte, decidido e impetuoso de Ezcurra lo sedujo fuertemente. No necesitó más para amarla.

Los enemigos de Rosas se burlaban de los
rasgos físicos de Encarnación Ezcurra

Los enemigos de Rosas se burlaban de los rasgos físicos de Encarnación Ezcurra
Al parecer, se trató de verdaderas almas gemelas. Fue el propio Mansilla quien escribió: “La encarnación de aquellas dos almas fue completa. A nadie quizá amó tanto Rosas como a su mujer, ni nadie creyó tanto en él como ella; de modo que llegó a ser su brazo derecho, con esa impunidad, habilidad, perspicacia y doble vista que es peculiar a la organización femenil. Sin ella quizá no vuelve al poder. No era ella la que en ciertos momentos mandaba; pero inducía, sugestionaba y una inteligencia perfecta reinaba en aquel hogar, desde el tálamo hasta más allá”.

Manuela Robustiana de Rosas y Ezcurra. Pintura de Prilidiano Pueyrredón

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Para Ezcurra y Rosas, estar juntos no fue tarea fácil. Doña Agustina López de Osorio, madre del Restaurador, se opuso al noviazgo. Los tórtolos, sin embargo, no se dieron por vencidos e idearon un plan. Completamente seguro de que la leería, un día él decidió dejar una carta a la vista de su madre.
Allí, con letra de Encarnación se hablaba de un bebé en camino. Tres semanas más tarde estaban casados. Como señala más de un autor, para la familia fue el embarazo más largo de la historia, pues el bebé nació catorce meses más tarde.

Doña Agustina López de Osorio, madre del Restaurador, se opuso al noviazgo. 

Mientras Rosas se dedicó a su campaña contra los aborígenes, Ezcurra fue clave en la vida política de su esposo. Mantuvo excelente relación con hombres que aportaban a la causa federal dentro de su facción, como Facundo Quiroga. Recibió al riojano en diversas oportunidades. Sintió por él un afecto sincero y, por la confianza mutua, solía realizarle bromas.

Eugenia Castro. Hija del coronel Juan Gregorio Castro. Trabajó en la mansión de Rosas y fue su amante entre 1840 y 1852.

La fiel servidora
Fallecida Encarnación, nace otra historia donde si no existió el amor, al menos hubo nuevos hijos.
Eugenia Castro se llamaba.
Ella era apenas una adolescente treinta años menor que él, frágil y bella, que cuidó a Encarnación Ezcurra, la mujer del Restaurador, hasta que murió. Con los años, junto a su “fiel servidora”, Rosas mantuvo una relación afectuosa pero algo distante, que fue un secreto a voces. Fue una relación amorosa asimétrica. María Sáenz Quesada, escritora y licenciada en Historia, reconstruyó esa historia. 

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¿Qué podían tener en común la joven huérfana y este hombre poderoso? 
Eugenia tenía 14 o 15 años y era huérfana de padre y madre cuando empezaron sus amores con Rosas. Morocha, bonita, grácil, con cierto aire de abandono y la timidez de quien no se siente dueño de nada y vive temeroso de incomodar. 
Juan Manuel Rosas, rubio y apuesto, de noble linaje, 45 años, viudo y con dos hijos mayores, Juan y Manuela, ejercía el cargo de gobernador de la provincia de Buenos Aires y era, virtualmente, el dictador de la Confederación Argentina. 

La huérfana, como se acostumbraba entonces, fue colocada por su tutor en lo de una familia
conocida, donde hasta los sirvientes la maltrataban. La niña se quejó y Rosas optó por llevarla a su casa, para que cuidara a su esposa.

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Al principio Eugenia cuidó de la esposa de Rosas ya moribunda 
El padre de Eugenia, el coronel Juan Gregorio Castro, un militar como tantos, había dejado a sus hijos encomendados al gobernador. Así, como tutor y pupila, se conocieron al principio Rosas y Eugenia.
La huérfana, como se acostumbraba entonces, fue colocada por su tutor en lo de una familia conocida, donde hasta los sirvientes la maltrataban. La niña se quejó y Rosas optó por llevarla a su casa, para que cuidara a su esposa, Encarnación Ezcurra, en su última enfermedad.

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Eugenia dio a luz varias veces… 
Primero fue una hija, bautizada Mercedes, cuya paternidad se atribuyó a un sobrino de la difunta señora. Después, en la medida en que nacían otros hijos, Angela (1840), Ermilio (1842), Nicanora (1844), y más tarde Joaquín y Justina, para los habitantes de esa casa no hubo misterio: Rosas había convertido en su amante a esa niña, apenas una adolescente. 

Casona donde Rosas habitó durante sus mandatos en Palermo.

Ese amor, que duró desde 1839 hasta la batalla de Caseros en 1852, se mantuvo oculto. Fue un secreto entre muchos, es decir, conocido por la familia, los servidores y el círculo íntimo del gobernador. 

Así como Encarnación había sido la única mujer en la vida de Rosas en los años en que se hizo rico y alcanzó la suma del poder, Eugenia fue la compañera secreta de los años en que éste disfrutó del poder, cuando la quinta de Palermo se convirtió en un lugar casi legendario. 
Allí, la pareja y sus hijos pasaban la mayor parte del año. Rosas, que había tenido como compañera legítima a una mujer muy politizada, de perfil alto y personalidad fuerte, no quiso repetir la experiencia. Desconfiado al extremo, no ignoraba que tenía enemigos por doquier. No desconocía tampoco que la mayoría de los que lo rodeaban eran vulgares pedigüeños que lo halagaban para obtener favores. 
En Eugenia, en cambio, él encontraba un remanso de paz. La quería, en la medida en que su narcisismo se lo permitía, es decir, dando lo menos posible, como un patrón generoso más que como un amante entregado a su amor. 
Ella lo idolatraba, sorprendida tal vez al ver que el hombre más respetado, temido, querido y odiado de la Confederación durmiera noche tras noche con ella y fuera el padre de sus hijos. No recibía a cambio más que unos pesos mensuales, además de la vestimenta y la comida. Nada les faltaba a Eugenia y a sus hijos.

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Rosas llamaba “la cautiva” a Eugenia, en alusión al enclaustramiento en que se desarrollaba la vida de la joven dentro de sus habitaciones privadas y a sus contadas apariciones en público. 
Los enemigos de Rosas estaban al tanto de estas relaciones clandestinas. Ellos preferían denominar a Eugenia la “sultana de Palermo”, título a todas luces exagerado dado el modesto papel que ella desempeñaba.

Rosas llamaba “la cautiva” a Eugenia, en alusión al enclaustramiento en que se desarrollaba la vida de la joven dentro de sus habitaciones privadas y a sus contadas apariciones en público.

Cuando fue derrocado, Rosas le ofreció a Eugenia llevarla a Gran Bretaña junto a dos de sus hijos, sus preferidos, Angela y Ermilio. Ella no aceptó. Tenía 32 años y se encontraba nuevamente embarazada. 
Entonces, empezó el calvario de Eugenia y aquella relación asimétrica se reveló en toda su magnitud. La relación se interrumpió cuando él conoció a Juanita Sosa, una amiga de Manuelita, su hija. 

Rosas vivió 25 años más en el exilio, como un señor rural, de ingresos medios, pero sin fortuna. Esto fue consecuencia de que el gobierno de Buenos Aires le aplicó el mismo castigo que él había utilizado contra sus opositores: la confiscación de bienes, de estancias en particular. Por tal razón, cuando Eugenia le escribía pidiéndole alguna ayuda o recordando el compromiso asumido de mandarle una mensualidad para atender las necesidades de sus siete hijos menores, Rosas dejaba pasar años sin contestar. 

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Entretanto, Eugenia se las arreglaba como podía. Se había reencontrado con la orfandad, la pobreza y el abandono, agravados por el rechazo que sufría casi a diario por parte de los encumbrados amigos y parientes de su amante. Para colmo de males, entraron en litigio la casita y los terrenos que había heredado de su padre en el barrio de la Concepción. 
Por esa época, defraudada, pobre y sin esperanzas de poder reunirse con el ex dictador, Eugenia se vinculó afectivamente con otro hombre del cual habría tenido dos hijos. 

Retrato de Juan Manuel de Rosas en sus últimos años.

El ex dictador murió un año después, en 1877. En su testamento, redactado tiempo antes, había diversas referencias a Eugenia, entre otras, a la imagen de la Virgen de las Mercedes, que le entregaba a Manuelita, y a un dinero que recibiría la Castro en caso de que le devolvieran los bienes confiscados. 
Sin embargo, en su última voluntad, Rosas negaba de plano haber tenido hijos fuera de los legítimos, y de este modo impedía a los vástagos de sus amores con Eugenia acceder a una parte de su herencia. Esos amores no se inscriben, sin duda, entre las grandes pasiones de nuestra historia. Tienen otras características no menos dignas de ser recordadas, aunque sean ajenas al romanticismo. Fueron un secreto a voces.

Manuela Rosas de Terrero con sus hijos Manuel Máximo
Nepomuceno y Rodrigo Tomás

La huérfana, como se acostumbraba entonces, fue colocada por su tutor en lo de una familia conocida, donde hasta los sirvientes la maltrataban. La niña se quejó y Rosas optó por llevarla a su casa, para que cuidara a su esposa.
Rosas llamaba “la cautiva” a Eugenia, en alusión al enclaustramiento en que se desarrollaba la vida de la joven dentro de sus habitaciones privadas y a sus contadas apariciones en público. 

En su última voluntad, Rosas negaba de plano haber tenido hijos fuera de los legítimos, y de este modo impedía a los vástagos de sus amores con Eugenia acceder a una parte de su herencia.

Defraudada, pobre y sin esperanzas de poder reunirse con el ex dictador, Eugenia se vinculó afectivamente con otro hombre del cual habría tenido dos hijos. 

En su última voluntad, Rosas negaba de plano haber tenido hijos fuera de los legítimos, y de este modo impedía a los vástagos de sus amores con Eugenia acceder a una parte de su herencia.