- 22/03/2026
Liberándose


Escribe GUSTAVO RUCKSCHLOSS
Mi red social no es virtual: es real, de carne y hueso. En ella está Horacio. Es un hombre en “situación de calle”, como se dice ahora. En el jardín de una casa deshabitada se instaló y, con mucho ingenio, armó allí su lugar de vida. Va y viene; es posible encontrarlo por cualquier lado.
Es educado y honrado, de físico menudo y pelo largo, porque con lo que le cobran por cortárselo come un par de días.
No sé mucho de su vida anterior, pero siempre que puedo lo ayudo de alguna manera.
Uno de los motivos que tiene para vivir como vive es la libertad integral. No está atado a nada ni a nadie: ni a servicios ni a obligaciones que lo condicionen.
Primero fue una colcha de abrigo. Después un farol. Luego algún elemento de cocina. Y así siguieron equipándolo, hasta que un día se enojó y pidió que no le llevaran nada más. Dijo que empezaría a desprenderse de algunas cosas. Que, sin darse cuenta, estaba teniendo casi las mismas comodidades que hay en cualquier casa.
Sentía que estaba perdiendo libertad. Sus libertades.
Cada vez tenía más cosas que cuidar y mantener. Cada vez tenía más que agradecer. Su micromundo se iba llenando de objetos que le quitaban espacio. Incluso sentía que perdía intimidad, porque la gente ya sabía bien de su existencia y, a veces, lo incomodaba. Perdía también seguridad: tener cosas que pudieran valer algo —o parecer que valían— era una tentación para los chorros.
Al higienizarse más seguido y ponerse perfume, hasta sus amigos —los perros callejeros— dejaron de acompañarlo.
Y había algo más, muy importante para él: ahora que era parte del barrio, la gente le preguntaba cosas. Cualquier cosa. Y él, por educación, se sentía obligado a contestar. Eso no le gustaba nada, nada. Su historia, su vida y sus decisiones quería guardarlas a salvo, en su intimidad.
Me hizo acordar a mi abuelita, que decía que el hombre prudente disminuye sus necesidades para aumentar sus libertades.
