• 06/07/2025

Las mentiras que Hollywood nos contó sobre los gladiadores romanos

Las mentiras que Hollywood nos contó sobre los gladiadores romanos

El cine de Hollywood gusta incursionar en cuestiones bélicas en forma, por lo menos, poco objetiva.

Es así como nos contó cada una de las numerosas guerras que tuvo a los Estados Unidos como protagonista.

Y así también nos contó algunas historias de la antigüedad.

Por ejemplo, nos hizo creer que la vida de los gladiadores era un brutal combate tras otro (si lograban sobrevivir), con miles de ciudadanos romanos clamando su sangre.

Woody Strode y Kirk Douglas en el film “Espartaco”, de Stanley Kubrick (1960)

Afortunadamente hay historiadores serios que nos cuentan que los gladiadores rara vez morían en los encuentros.

Muchos eran unos atletas bien tratados, altamente calificados y aclamados por multitudes de admiradores.

Aunque la mayoría eran esclavos, algunos romanos libres se ofrecían a ser luchadores para disfrutar el estilo de vida de los gladiadores.

Sintetizando, un gladiador era un combatiente armado que entretenía al público durante la República y el Imperio romano en confrontaciones violentas contra otros gladiadores, animales salvajes y condenados a muerte.

La mayoría de los gladiadores eran esclavos que
vivían juntos en las barracas, donde su estilo de vida
era estrictamente controlado para aprovechar al máximo sus aptitudes físicas.

Algunos gladiadores eran voluntarios que arriesgaban sus vidas y su posición legal y social al presentarse en la arena.

La mayoría eran menospreciados por ser esclavos, educados en duras condiciones, marginados socialmente y segregados incluso tras la muerte. Independientemente de su origen, los gladiadores ofrecían a los espectadores un modelo de la ética militar de Roma y, al combatir o morir con dignidad, podían inspirar admiración y reconocimiento popular.

Eran sometidos a rigurosos programas de entrenamiento, bajo las órdenes de gladiadores retirados que les ayudaban a perfeccionar sus técnicas de combate y seguían una dieta especializada de granos, legumbres y frutas secas.

Su origen es dudoso. Hay evidencias de esta práctica en los ritos funerarios durante las Guerras Púnicas del siglo III a. C., y pronto se convirtió en un rasgo esencial de la política y de la vida social del mundo romano. Su popularidad conllevó que se utilizaran en ludi cada vez más lujosos y costosos.

Los juegos de gladiadores se prolongaron durante casi mil años, alcanzando su apogeo entre el siglo I antes de Cristo y el siglo II después de Cristo. Vale decir, durante tres siglos. Finalmente decayeron durante los primeros años del siglo V tras la adopción del cristianismo como religión estatal del Imperio romano, aunque continuaron hasta el siglo VI.

En Roma, las grandes peleas generaban mucho interés, y unos 50.000 espectadores se apretujaban en el Coliseo junto con el Emperador y miembros de la aristocracia.

La imagen que tenemos de los gladiadores es la de hombres condenados a luchar hasta el último aliento, pero se trata de uno de tantos mitos que rodean el mundo de la gladiatura en la antigua Roma. Aunque efectivamente se daban auténticas masacres, por lo general estas se aplicaban a los condenados a muerte, mientras que los gladiadores eran luchadores entrenados que la mayoría de las veces sobrevivían a los combates y podían llegar a ganar mucha fama y eventualmente su libertad.

 

No sólo los combates sino también exóticos vestuarios y animales tornaban el evento en algo más parecido al teatro y el espectáculo.

Los gladiadores eran mayoritariamente esclavos, pero eso no significa que su vida fuera desechable. Para el lanista, el propietario de una escuela de gladiatura, cada combatiente era una valiosa inversión ya que se debía ocupar de alimentarlo para que estuviera en forma, pagar sus cuidados médicos, entrenarlo y equiparlo para la lucha.: Por ello, era el primer interesado en que sus gladiadores sobrevivieran, ya que formarlos y mantenerlos era muy caro.

También a causa de ello, un gladiador podía llegar a tener mejor alimentación y salud que personas libres pero muy pobres.

El patrocinador de los juegos pagaba al lanista el alquiler de los servicios de sus gladiadores y estos, a pesar de ser esclavos, recibían un sueldo por combatir.

Cuando se organizaban juegos, el editor o patrocinador pagaba al lanista el alquiler de los servicios de sus gladiadores. Estos, a pesar de ser esclavos, recibían un sueldo por combatir. El emperador Marco Aurelio fijó esta cantidad entre un 20 y un 25% de lo que ganaba el lanista por su alquiler.

Con el tiempo podían obtener su libertad de dos posibles maneras: comprándola con lo que hubieran ahorrado o, si ganaban muchos combates, recibiéndola como premio excepcional junto con una espada de madera llamada rudis, la prueba de que habían conquistado la libertad con su propia fuerza.

 

En el momento que un editor alquilaba a los gladiadores, se hacía responsable de lo que les pudiera pasar: si un luchador moría ya no se consideraba un alquiler sino una venta, en una especie de versión esclavista del “si lo rompes, lo pagas”. Según las regulaciones en vigor en el siglo II d.C., una época de especial popularidad de los combates de gladiadores, este pago era 25 veces superior al precio de alquiler del luchador. Por lo tanto, tampoco al editor le interesaba que muriera si no era para satisfacer la sed de sangre del público.

Pero ni siquiera el público, la mayoría de las veces, quería la muerte de un gladiador si este luchaba bien y demostraba valor y empeño en el combate. Hay que considerar que, para los romanos, los gladiadores eran atletas aun cuando fueran esclavos y representaban una cualidad muy valorada en la antigua Roma, el valor en la lucha. Por ello, incluso si perdía un combate, el público a menudo era favorable a perdonarle la vida para que luchara otro día: a fin de cuentas, nadie puede ganar siempre.

Cuando un gladiador se veía en dificultades, podía declarar su rendición: esto se indicaba generalmente alzando el brazo izquierdo con el dedo índice extendido, soltando el escudo o colocándose la espada detrás de la espalda. En este momento el combate quedaba interrumpido inmediatamente y le correspondía al editor decidir la suerte del vencido. Aunque el veredicto final era suyo, la reacción del público era decisiva, ya que quien organizaba los juegos lo hacía precisamente para ganar popularidad.

 

Contrariamente al mito extendido, el método de votar por la muerte con el puño cerrado y el pulgar hacia abajo, o por la vida con el pulgar hacia arriba, no era práctica común. La razón es simple: en arenas medianamente grandes, desde la distancia entre unas gradas y otras era imposible hacerse una idea clara de qué votaba el público a menos que fuera por una gran mayoría. Este gesto sí existía, pero por parte del editor, ya que entonces había una sola mano que mirar, y ni siquiera en este caso era un gesto universal. Era más común que la decisión tanto del público como del editor se expresara verbalmente, con las palabras mite (libéralo) o iugula (dególlalo).

Pedro Pascal en el film “Gladiador 2”, de Ridley Scott (2024)

La tasa de mortalidad era baja

La tasa de mortalidad de los gladiadores es difícil de determinar, pero los estudios arqueológicos la suelen situar entre un 10 y un 20 por ciento. Aunque nos pueda parecer muy alta, era mucho menor que la de otros espectáculos como las carreras de caballos, ya que los combates eran un espectáculo menos común y por lo general un gladiador lucharía entre dos y cinco veces al año. Estas muertes no se producían siempre en combate, ya que a pesar de los cuidados médicos había un alto riesgo de que las heridas se infectaran.

Así pues, aunque la vida de gladiador era dura sin lugar a dudas, para aquellos que luchaban con valor y lograban sobrevivir lo suficiente, al final ofrecía unas expectativas menos fatales de lo que a menudo se piensa.

Llegaron a ser símbolos sexuales

Los gladiadores eran particularmente populares entre las clases bajas.

Atrevidos grafitis encontrados en Pompeya revelan que los luchadores exitosos se convertían en símbolos sexuales.

Aunque los romanos de alta cuna a menudo no consideraban que este deporte estaba a su altura, algunos sucumbían ante el glamour del estilo de vida que llevaban los gladiadores.

El emperador Cómodo compitió en combates y, como era de esperarse, nunca perdió. Pero tampoco tuvo muchos admiradores. Eventualmente fue estrangulado en su tina por su entrenador físico personal.

Los combates eran muy cortos

La mayoría de los combates no duraba más allá de 10-15 minutos.  En los munera de finales de la República, se podían haber disputado entre 10 y 13 enfrentamientos en un día; esto supone más de un combate al mismo tiempo en el transcurso de una tarde.  Los espectadores preferían ver ordinarii formadas por gladiadores cualificados y bien emparejados con estilos de lucha complementarios para que el combate fuera lo más reñido posible.

En los combates también había unos asistentes, los lorarii (incitadores), que utilizaban una fusta (lora) o un hierro al rojo vivo para incitarles u obligarles a luchar con más ímpetu. 

Cualquier acto de rebelión de un gladiador contra un árbitro o lorarius era impensable por la educación recibida en el ludus, y porque los arqueros apostados en nichos tras las gradas abatirían a cualquier gladiador que intentara atacar a estos asistentes.

En los intermedios entre combates salían a la arena los paegnarii, bufones y animadores que realizaba duelos incruentos durante las pausas para entretener a la multitud mientras los gladiadores descansaban; luchaban con látigo, palos o armas de madera y no tenían casco ni escudo, solo envolturas protectoras en la parte inferior de las piernas y la cabeza.

En las pausas también podían actuar acróbatas, saltimbanquis y otros artistas Ludi y munera iban acompañados de música, interpretada en interludios, para marcar las distintas partes del munus o creando un «crescendo frenético» durante los combates y acentuando las fases más críticas; los golpes podían ir acompañados de toques de trompeta.

Cascos de gladiador de bronce encontrados en 1766 en el “Cuartel de los Gladiadores” de Pompeya por lo que se han conservado durante casi 2000 años.