- 07/12/2025
Las esclavas sexuales de la Segunda Guerra Mundial

SE CALCULA QUE 200 MIL MUJERES, LA MAYORIA COREANAS, FUERON OBLIGADAS A SATISFACER A LOS EFECTIVOS DEL EJÉRCITO IMPERIAL JAPONÉS
No es un número más. Se calcula que en total llegaron a sumar 200.000. Hoy se las llama de distintas formas según la fuente. Puede ser mujeres del “confort”, de “consuelo» o «mujeres de solaz»
Simples eufemismos usados para describir a las mujeres que eran forzadas a la esclavitud sexual por parte de los militares japoneses durante la Segunda Guerra Mundial.
Como un caso extremo de crímenes de guerra del Imperio del Japón, las estimaciones sobre la cantidad de mujeres involucradas varían, entre un número mínimo estimado de 20.000 (según el historiador japonés Ikuhiko Hata) y un máximo de unas 410.000 (según un autor chino), pero el número exacto continúa bajo investigación y debate.

La mayoría eran de mujeres de Corea, pero también chinas, japonesas, filipinas y además mujeres de Tailandia, Vietnam, Malasia, Taiwán, Indonesia y otros territorios ocupados por las tropas imperiales. Todas fueron usadas en las «estaciones de consuelo».
Las estaciones fueron instaladas en Japón, China, las Filipinas, Indias Orientales Neerlandesas (actualmente Indonesia), luego en Malasia, Tailandia, Birmania, Nueva Guinea, Hong Kong, Macao, y lo que fue la Indochina francesa.
«Somos muy viejas. Vamos muriendo año a año, una por una», le dijo en 2013 a la BBC una de ellas, Lee Ok-seon, de 88 años.

Las historias se repiten por miles. Son historias como la de Lee Ok-seon, quien contó que fue raptada a los 15 y enviada a la fuerza al noroeste de China, en aquel entonces bajo control japonés.
Una vez allí, fue esclavizada sexualmente por tres años en una de las así llamadas «estaciones de confort», instaladas por el ejército japonés para atender a sus soldados.

«Era como un matadero, pero no para animales, sino para humanos. Allí se hacían cosas horribles», recordó Ok-seon. Y mientras lo contaba, mostraba las numerosas cicatrices en sus brazos y piernas, producto —dijo— de puñaladas. Explicó también que intentó escapar del burdel varias veces.
«Pero me atraparon y me pegaron, una y otra vez». Y las palizas le hicieron perder parte de su capacidad auditiva y algunos dientes. Por otras lesiones producidas en aquella época también quedó estéril.
Las historias salieron a la luz por primera vez en 1981 pero Japón no reconoció el uso de burdeles de guerra hasta 12 años después.
En las primeras fases de la guerra, las autoridades japonesas reclutaban prostitutas de modo convencional. Luego todo desbordó y hasta llegaron a adquirir esclavas fuera del territorio de Japón, especialmente en Corea y la China ocupadas. Muchas mujeres fueron engañadas o estafadas para unirse a los burdeles militares.
Tokio ofreció disculpas por primera vez por ello en 2007, aunque muchos no las consideraron sinceras, ya que varios japoneses aún siguen negando la existencia misma de las esclavas sexuales durante la Segunda Guerra Mundial.
«El primer ministro (Shinzo) Abe expresa de nuevo sus más sinceras disculpas y arrepentimiento a todas las que padecieron inconmensurables y dolorosas experiencias y sufrieron heridas psicológicas y físicas incurables como mujeres de confort», declaró desde Seúl el ministro de Relaciones Exteriores japonés, Fumio Kishida, al hacer el anuncio.
Y el acuerdo incluía también un fondo de compensación de 1.000 millones de yenes (unos US$8,3 millones) para apoyar a los sobrevivientes.
Con el pacto, Seúl se comprometió a dar el asunto por resuelto «final e irreversiblemente», siempre que Tokio cumpliera sus promesas.

La necesidad militar de facilitar las estaciones de consuelo era prevenir las violaciones cometidas por los soldados japoneses, y así evitar hostilidades con los pobladores en los países ocupados.
Las mujeres jóvenes en los países y regiones bajo el control del Imperio japonés eran secuestradas de sus casas. En muchos casos se les engañaba con la promesa de trabajo en fábricas o restaurantes y, una vez reclutadas, eran encarceladas en «estaciones de consuelo» en países extranjeros. Otras mujeres fueron detenidas a punta de pistola, y algunas, después de ser violadas fueron llevadas a «estaciones”
Dado el carácter abierto y la bien organizada prostitución en Japón para las fuerzas armadas japonesas, también se ideó un sistema de prostitución igual de estructurado.

De acuerdo con el historiador japonés Yoshiaki Yoshimi “el Ejército Imperial temía que el descontento de las tropas pudiera transformarse en una revuelta o un amotinamiento. Por esto los proveían de mujeres”
Como el Imperio de Japón trató de expandirse a Manchuria y a la región este de Rusia, muchos soldados se enviaron y alistaron en forma de divisiones. La prostitución se aplicó masivamente con y sin licencia y también se llevaron a efecto violaciones de civiles en el noreste de China.
La primera “estación” fue establecida en la concesión japonesa de Shanghái en el año 1932. Las primeras mujeres eran prostitutas japonesas que se ofrecieron para este servicio. Sin embargo, como Japón prosiguió con su expansión militar, las fuerzas armadas se encontraron con pocas voluntarias japonesas, y se volvió hacia la población local para obligar a que las mujeres sirvieran en estas estaciones. Muchas mujeres respondían al llamado para trabajar en fábricas o de enfermeras, pero ignoraban que después serían llevadas a la esclavitud sexual.
La situación empeoraba según avanzaba el conflicto. Bajo la tensión de la guerra, el ejército japonés llegó a ser incapaz de proporcionar suficientes mujeres a las unidades japonesas. En respuesta, las unidades marcaron la diferencia exigiendo o capturando las mujeres de los habitantes locales.

A lo largo de las líneas del frente, especialmente en el campo, donde el tráfico de personas era poco frecuente, los militares, a menudo directamente, exigían a los líderes locales que les procurasen mujeres para los burdeles. Cuando los locales, especialmente en China, eran considerados hostiles ante sus pretensiones, los soldados japoneses llevaron a cabo la Sanko Sakusen, que incluía secuestrar y violar indiscriminadamente a las mujeres locales, las que fueron llevadas de manera coaccionada desde casi todos los lugares donde una división se asentó. Los casos sobre violación sexual y sextorsión aparecen en varios testimonios de andamanesas, singapurenses, inquilinas filipinas y tribus aborígenes de Borneo. En algunos casos, se capturaron a hombres jóvenes locales, incluso algunos holandeses, para satisfacer los deseos de soldados de otra orientación sexual.

Eran obligadas a tener encuentros con 70 u 80 hombres cada día
Los ambientes eran muy diferentes ya que las estaciones fueron ubicadas en gran parte de Asia-Pacífico: China, Corea, Hong Kong, Indochina francesa, Malasia, Indias Orientales Neerlandesas, Islas del Pacífico como Nueva Bretaña, Islas Trobriand de Papúa Nueva Guinea, Palaos y Okinawa. La autoridad japonesa estableció una regulación estricta del horario, con aproximadamente 8-10 horas o más de trabajo diariamente.
Muchas fuentes señalan que aunque existían horarios, los militares visitaban la estación todos los días sin dar una oportunidad de descanso, llegando a tener encuentros con 70 u 80 hombres al día.
La subcomisión estadounidense sobre los asuntos exteriores de Asia-Pacífico escribe sobre testimonios de las sobrevivientes que las mujeres trabajaban toda la noche y fueron ocultadas cerca de la estación, llorando con otras niñas que estaban por perder la virginidad.

En Java, diez mujeres neerlandesas fueron sacadas por la fuerza de los campos de prisioneros por oficiales militares para convertirlas en esclavas sexuales desde febrero del año 1944. Ellas fueron sistemáticamente golpeadas y violadas día y noche en uno de los llamados «centros de solaz». Como víctima del incidente, en el año 1990, Jan Ruff O’Herne testificó ante un comité de la cámara de representantes de Estados Unidos: “Muchas historias se han relatado acerca de los horrores, crueldades, sufrimientos y el hambre de las mujeres holandesas en los campos de prisioneros japoneses. Pero una historia nunca fue contada; la historia más vergonzosa, la de los peores abusos de los derechos humanos cometidos por los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial: la historia de las mujeres de solaz, las ianfu jugun, y cómo estas mujeres fueron capturadas por la fuerza y en contra de su voluntad, obligadas a prestar servicios sexuales para el Ejército Imperial Japonés. En el llamado centro de solaz, yo fui golpeada y violada sistemáticamente día y noche. Incluso el médico japonés me violaba cada vez que visitaba el burdel para examinarnos de enfermedades venéreas”
Las mujeres debían proveer el servicio sexual desde la mañana hasta las seis o siete de la tarde para los soldados y luego para los oficiales de alto rango.
En su primera mañana en el burdel, Jan Ruff-O’Herne y las demás fueron fotografiadas, luego las fotografías fueron colocadas en una terraza que fue utilizada como área de recepción para el personal japonés que las elegía a partir de estas fotografías. Durante los siguientes cuatro meses, las muchachas fueron violadas y golpeadas día y noche, con lo que quedaban embarazadas y eran forzadas a abortar. Después de cuatro meses terribles, las jóvenes fueron trasladadas a un campamento en Bogor en Java Occidental, donde se reunieron con sus familias. Este campamento fue exclusivamente para mujeres que habían sido puestas en burdeles militares y los japoneses advirtieron a las reclusas que, si alguien relataba lo que les había sucedido a ellas, ellas y sus familiares serían asesinados. Varios meses más tarde, las O’Herne fueron trasladadas a un campamento en Batavia, que fue liberado el 15 de agosto del año 1945.
En 1944, las fuerzas aliadas capturaron a veinte mujeres coreanas y a dos japoneses (propietarios de burdeles) en Birmania y fue publicado en el Reporte n.º 49. Según el reporte, las coreanas fueron engañadas y utilizadas como mujeres de consuelo por los japoneses; en 1942 había más o menos 800 mujeres que se llevaron a Birmania de esta manera. Aproximadamente tres cuartas partes de las mujeres de solaz murieron o se suicidaron, y la mayoría de las sobrevivientes se quedaron estériles debido a un trauma sexual o a enfermedades de transmisión sexual. De acuerdo con el soldado japonés Yasuji Kaneko. Las mujeres gritaban, pero no nos importaba si ellas vivían o morían. Éramos los soldados del emperador”

Las últimas sobrevivientes
Las últimas víctimas que han sobrevivido hasta el siglo XXI se han convertido en figuras públicas en Corea, y allí se refieren a ellas como «halmoni», un término afectuoso para denominar a las «abuelas». En cambio, China está en una etapa de recolección de testimonios a través del Centro Chino de Investigación de Hechos sobre las «Mujeres de consuelo» en la Universidad Normal de Shanghái, algunas veces en colaboración con los investigadores coreanos. En otras naciones, la investigación e interacción con las víctimas se encuentra en una etapa menos avanzada. Pero las mujeres de Taiwán y Filipinas también trataron de demandar más atención de la comunidad internacional y colaboración japonesa.

El asunto sobre las mujeres de consuelo apareció en 1992 por primera vez en la ONU. La Organización de Naciones Unidas ha mencionado su apoyo al asunto y demandas al gobierno japonés. En 1996, la enviada especial de la ONU, Radhika Coomaraswamy anunció su informe sobre las mujeres de consuelo en el cual pidió la disculpa oficial y posterior indemnización. Esto fue posible gracias al discurso japonés que expresa sus disculpas durante la Segunda Guerra Mundial incluso las invasiones a los países asiáticos.
Las mujeres forzadas al servicio sexual recibían un periódico examen de salud para impedir la concepción y prevenir enfermedades de transmisión sexual. Si una mujer llegaba a concebir, se le inyectaba una droga llamada 606 que provocaba el aborto, se les practicaba el aborto quirúrgico o eran esterilizadas a la fuerza. Debido a que las mujeres fueron expuestas a varias enfermedades sexuales y a los abortos forzados muchas veces, e incluso se hicieron con ellas experimentos de aborto artificial, muchas víctimas casi perdieron su salud física y no pudieron embarazarse nunca más lo que impidió incluso que estas mujeres pudieran contraer matrimonio en muchos casos. Según varias investigaciones, las mujeres mostraban heridas o síntomas como enfermedades en el útero, deformación de hombro o columna debido a la violencia de las agresiones, artritis y heridas por tortura (fuego o espada) a las que eran sometidas si se negaban. Los síntomas mentales incluyen la depresión, TEPT, cefalea crónica, pesadillas e insomnio.

Además, las víctimas sufrieron luego el aislamiento, dificultades económicas y el rechazo social en la conservadora sociedad de su país. Al enfrentar estas dificultades en su pueblo, algunas mujeres no regresaron.
Un testimonio de la víctima taiwanesa, Teng Kao Pao-chu muestra la situación del trance de las sobrevivientes:
“Yo perdí toda mi vida. Me consideraba una mujer sucia. Y no pude buscar ningún medio de vida, con este sufrimiento tan grande”.
Fuentes: Infobae, La Nación, Clarín, BBC, Wikipedia, La Vanguardia






