- 12/04/2026
Las anécdotas de doña Ivelise y don Leopoldo
Las múltiples historias sobre la vida del matrimonio de Leopoldo Bravo e Ivelise Falcioni fueron contadas por la propia Ivelise, en su libro “Memorias de la mujer del último caudillo sanjuanino”. Editado por Jaguel ediciones en 2003.

En un libro ameno con anécdotas y no pocos detalles de la intimidad del matrimonio la ex diputada nacional va desgranando a lo largo de más de 300 páginas los claroscuros de compartir la vida con un caudillo de las características de Bravo, quién gobernara San Juan en tres oportunidades, fuera senador nacional dos periodos y embajador en la Unión Soviética.
Aquí compartimos algunos de sus relatos.

¡Para qué discutir!
El zonda no es un viento cualquiera, es un viento que da vuelta los vehículos en las carreteras: “¡Cómo vamos a volar, Leopoldo, si al avión en tierra el viento lo zarandea de un lado para otro…! ¡Te imaginás lo que va a ser en el aire…!”, solía decirle cuando nos encontrábamos en esa situación.
Y él me respondía, calmadamente: “Ya te dije que muchas veces suele haber viento fuerte de superficie, pero no a cierta altura”. Como discutir con Leopoldo siempre fue infructuoso, una lamentable pérdida de tiempo, inventé un ardid que puse en práctica algunas veces.
Cuando el zonda rodaba barriendo todo a su paso, esto es, más o menos tres meses al año, yo tranquilamente abordaba el avión con mi esposo, sin chistar, total para qué.
Pero poco antes de que la nave comenzara a carretear, con las escotillas todavía abiertas, anunciaba: “Voy al toilette”, dejaba mi asiento, caminaba como si tal cosa por el pasillo del avión y ahí descendía apresuradamente por las escalerillas posteriores, sin mi equipaje, sin mi bolso de mano, sin nada, a veces sólo con mi cartera, y desaparecía caminando rapidito por la pista, sin mirar atrás.
Nunca jamás contaré en detalle cómo reaccionaba el señor gobernador, mi esposo, ante la infantil deserción de su primera dama, aunque no cuesta mucho imaginarlo.
Un paseo en el subterráneo de Moscú
En julio de 1976, Leopoldo fue nuevamente nombrado embajador en la Unión Soviética y viajamos allí juntos, con nuestros tres hijos menores. Yo no sabía una palabra de ruso y Leopoldo otra vez hizo una de las suyas. Visitamos juntos el subterráneo de Moscú, que yo quería conocer: una extensa red interconectada que transportaba diariamente multitudes de moscovitas, con el agregado de los impresionantes murales del realismo socialista que embellecían las distintas estaciones. Yo quería aprender a manejarme con ese medio de transporte y mi marido estuvo de acuerdo. Estábamos en el andén, llegó una formación, yo me abrí paso entre la multitud, entré en uno de los vagones, giré la cabeza para ubicar a Leopoldo que imaginé en todo momento detrás de mí —por-que él me había dado un suave empujoncito para ayudarme a subir al coche— y mientras las puertas se cerraban a mis espaldas oí que mi esposo me decía, agitando la mano como despedida y sonriéndome tan tranquilo desde el andén:
—¡Acordate de la estación Smolenskaia!.
Y nos fuimos cada uno por su lado. El de vuelta a la embajada y yo sólo dios sabía, apretujada en un vagón de subterráneo, entre extranjeros, sin hablar el idioma, sin conocer la ciudad, completamente perdida. ¡No sabía qué hacer…!
Hice montones de recorridos, me bajaba en terminales, cruzaba por arriba o por debajo de algún puente, entraba en otra línea, otro vagón, entretanto iba diciendo en voz alta: -ia argentina, ja argentina (soy argentina).
Y por supuesto nadie me prestaba atención. En realidad qué podían contestarme…: “mucho gusto, ja ruso…”
No tenía la menor idea de dónde me encontraba, suponía que si se hacía muy tarde alguien saldría a buscarme, que de alguna manera me rescatarían, o que me arrestarían por sospechosa de algo, que seguramente a la corta o a la larga a algún lado iba a ir a parar.
Me vino a la cabeza que alguien me había enseñado a decir ja supruga paslá Argentina (soy la esposa del embajador argentino),y repitiendo esas palabras como en letanía me acerqué a una soviética de gorrito azul, una boletera del subte, que se debe haber apiadado de esa señora de aspecto cansado, un
poco despeinada, que parecía completamente perdida: yo, Ivelise de Bravo, que ya estaba al borde del agotamiento físico y mental.Por ese andén precisamente pasaba una cubana, que le pareció cara conocida a la boletera rusa, tal vez una usuaria frecuente del servicio.
La detuvo, le pidió que tradujera lo que la señora intentaba comunicar.
—¿Me permite que la acompañe?—, preguntó la cubana, solícita y cuando escuché que alguien hablaba mi lengua materna, casi suelto el llanto ahí mismo.
—Señora, ¿se anima a que yo la acompañe, me tiene confianza?—, preguntó la cubana. Y yo:
—¡Pero claro que sí, se lo pido por favor, llévenme aunque sea a Siberia, pero sáquenme de este laberinto!
Quién sabe a qué sector del subsuelo de la ciudad había ido a parar, la cuestión es que viajé acompañada por la gentil cubana más de una hora hasta llegar a la estación Smolenskaia. La cubana me depositó en la puerta de la Embajada y con un guiño me recomendó que tuviera cuidado, no fuera a perderme nuevamente, que la ciudad era muy grande.
Pero lo peor estaba por llegar, en la figura del señor embajador, mi esposo, quien me recibió sonriente, leyendo el diario y diciéndome:
—¡Ah…! Con que ya volvió la paseandera…. Nunca supe si él se quedó atrás porque la gente le impidió subir al coche conmigo, o si lo hizo a propósito para que yo aprendiera de la manera más difícil. Hasta el día de hoy no sé lo que pasó.
¡Guardame el revólver, Ivelise!
Don Leopoldo Bravo viajaba a Buenos Aires con su esposa.
Suben al avión y una vez sentados el caudillo le dice a Ivelise:
—Ivelise, abrí el diario y escondé disimuladamente mi arma en tu cintura…
La doctora Falcioni de Bravo atinó a preguntar mientras miraba una descomunal pistola 45:
—¿Está descargada, verdad Leopoldo?
Bravo simplemente miró a su esposa y esta colocó el arma en su cintura.
—Fue un viaje horrible –recordaba Ivelise- con la enorme pistola contra mi cuerpo.
Cuando iban a aterrizar, Bravo dice:
—Sacate el arma de la cintura y dámela para que la pase yo por el control.
Ivelise intentó sacar el arma pero un poco por la posición en el asiento y otro poco por los nervios, no pudo.
—Leopoldo, está atascada en la cintura. No la puedo sacar…
—Tené cuidado que está cargada-, contestó el entonces senador nacional mientras su esposa comenzaba a temblar.
—El arma no quería salir y yo pensaba: ahora se escapa un tiro. Opté por levantarme despacito e ir al baño, caminando con las piernas separadas. En el baño recuperé el arma, la envolví en un diario y volví al asiento mientras un sudor frío me recorría el cuerpo. Leopolo, inmutable, seguía en su asiento leyendo el diario-, contó Ivelise.
¡Tirate al piso!
El senador Leopoldo Bravo llegaba al Aeropuerto de Buenos Aires, acompañado por su esposa y el chofer del auto que lo llevaba hasta el departamento de la calle
Rodríguez Peña le comenta:
-Hay un clima raro en el ambiente, doctor. He visto autos con gente armada…
De pronto el coche para en un semáforo y a la izquierda se detiene un auto sospechoso.
Bravo advierte la maniobra y dice:
-¡Ivelise, tirate al piso!
Ivelise, que estaba muy nerviosa por el clima que se vivía en esos días en el país, obedece a su esposo sin pensarlo dos veces y en un acto reflejo, abre la puerta y se lanza a la calle.
Leopoldo aparece por la ventanilla y le grita:
-Pero no, no… ¡qué hacés? Te dije al piso del auto…
Ivelise explicaba:e
-Mientras Leopoldo me tironeaba para subirme de nuevo al auto allí estaba yo, medio golpeada, medio atontada, mareada, con el corazón latiéndome fuera de control y sin entender nada…




