- 21/06/2026
La historia de una multimillonaria triste
LOS SECRETOS DE LA MUERTE DE CHRISTINA ONASSIS EN UN COUNTRY DE BUENOS AIRES
Era nada menos que la heredera de una de las fortunas más grandes de la época. Hija de Aristóteles Onassis, dueña de una herencia de 3,5 mil millones de dólares, con sólo 37 años, cuatro divorcios, depresión, adicción a fármacos y drogas, Christina murió en Buenos Aires en la casa de su mejor amiga. Los secretos de una muerte previsible.
En aquellos años 80 el apellido era famoso y la prensa seguía sus pasos, como antes siguió los de su hermano, también trágicamente muerto, y mucho más los de su padre, el célebre armador griego que vivió en la Argentina, fue amante eterno de María Callas y se casó nada menos que con la viuda del presidente norteamericano John Fitzgerald Kennedy.

Si bien podía ser previsible, nadie esperaba que ocurriera aquel 19 de noviembre de 1988. Su amiga Marina Dodero la encontró sumergida en el agua de la bañera de su casa en el exclusivo country Tortugas, en la zona norte del Gran Buenos Aires.
Cuando la noticia trascendió, la primera hipótesis fue suicidio. Desde su adolescencia, Christina, batalló contra una rebelde obesidad y una depresión que la convirtió en adicta a pastillas para dominar el hambre, para dormir, para lidiar con el pánico.
Las historias sobre su vida son tan increíbles como las 24 Coca Cola que tomaba por día. Todo era historia. Horas después, el cuerpo de quien había sido heredera de una fortuna de 3.000 millones de euros quedó sobre una camilla de la Morgue Judicial de Buenos Aires.
La autopsia señaló que la causa de la muerte había sido por un edema pulmonar, en un organismo minado por los excesos.
Y la gente común no dejaba de preguntarse: ¿Se podía ser infeliz con tanto dinero o poseyendo el Christina, el yate más fastuoso del planeta, comprado por su padre y bautizado así en honor a su única hija? Una mujer que sólo para vestuario disponía de cuatro millones de dólares por año y que tenía miles de personas a sus órdenes y podía viajar y vivir plenamente sus aun jóvenes 37 años.
Luego de burocráticos y complicados trámites, su cuerpo fue sepultado en la isla Skorpios, el feudo predilecto de su padre, junto a éste, muerto en julio de 1975 en el hospital Americano de París –miastenia gravis que derivó en neumonía–, y a su hermano Alexander Sócrates, caído en enero del 73, a los 23 años, al estrellarse su avión en el aeropuerto internacional Hellinikon, Atenas.
Tras la muerte de su hermano y de su padre en menos de dos años, Christina había quedado al frente de un imperio naviero (el mayor del siglo XX), la Olympic Airlines, la Olympic Tower de Nueva York, casi la mitad del principado de Mónaco mediante la unión del patriarca griego con el príncipe Rainiero III, además de propiedades en medio mundo, una fortuna en cuadros, y el emblema insignia del moderno rey Midas griego: el crucero Christina (134 metros de eslora; largo), comprado en 1954 para celebrar el cuarto cumpleaños de su hija. Barco con todo lo imaginable y hasta un hidroavión.
Sin embargo, única dueña de ese colosal emporio, a Christina le sobraba todo, menos eso que llaman amor. Y en su desesperada búsqueda no encontró más que vividores y fracasados.

Marina Dodero le habló al diario ABC de España del complicado corazón de su amiga: “Estaba enamorada platónicamente de Julio Iglesias y del Marqués de Griñón, pero su primer gran amor fue mi primo Peter John Goulandris. Ella le hizo las mil y unas, y adiós.
Al amor por su primo, siguieron cuatro hombres, cuatro bodas, cuatro desastres.
El primero, en 1971, fue un agente inmobiliario: Joseph Bolker. Un príncipe azul al revés: le llevaba casi treinta años, era divorciado, tenía cuatro hijos, y ni medio dólar partido por la mitad: quebrado. Onassis padre se enfureció, pero no hubo modo de disuadirla. Entre el casamiento y el divorcio pasaron apenas nueve meses.
El segundo, Alexander Andreadis, heredero de oro y plata, y amigo de Chris desde la infancia. Casi un cuento de hadas. Se casaron muy poco después de la muerte del patriarca Onassis… y a los catorce meses, estaban divorciados

El tercer candidato, amante y marido fue una broma pesada. El ruso Sergei Kauzov, agente naviero. Se casaron en 1978. El tal Sergei la arrastró a vivir en un mísero departamento moscovita: ambiente y medio, y con un tercer personaje: la madre de Kauzov. Entre el lecho matrimonial de los esposos y el camastro de la anciana dama solo mediaba una cortina. Duración del idilio: un año. Compensación para Sergei: ¡siete buques tanques!

Cuarto y último: Thierry Roussel, francés, de la familia dueña de los opulentos laboratorios homónimos. Se casaron en 1984 y tuvieron una hija, Athina Roussel Onassis, en 1985. Según Marina Dodero en la misma entrevista de ABC: “Unos días antes de casarse, ella me dijo que, por exigencia de Thierry, lo harían ¡sin cláusula de separación de bienes! Le pedí que no se casara, pero me dijo que ya no podía dar marcha atrás”.


Pronto adiós. Se divorciaron apenas Christina se enteró de que su enamorado había tenido un hijo con su amante, la modelo sueca Marianne Landhage, mientras estaban casados.

Pero volvamos a la muerte de Christina. El funeral en Grecia fue un escándalo. Los lugareños de Skorpios no podían digerir semejante plato: ella, su reina, la hija del rey de la isla, muerta en un baño de la Argentina, derrumbaba la dorada leyenda. Pero del mismo modo habían odiado a las mujeres del rey: a María Callas y a Jackie Kennedy, consideradas impostoras.
Pero la rica heredera era simplemente una mujer. “Tan pobre que sólo tenía dinero”, diría Sabina.
Las últimas horas
“Me llamó la atención que ella estaba destemplada. Me dijo que tenía frío y hacía un calor bárbaro. Esa noche comimos rico y recordamos mucho a su padre y a su hermano también muerto, Alex. Estaba melancólica, pero feliz”, recordó Marina Dodero, quien la alojaba en el Tortugas.

Esa noche no durmieron juntas como solían hacerlo porque Onassis se lo pedía. “Necesitaba compañía. Yo no estaba acostumbrada a dormir con mujeres, pero era como una hermana”, explicó en 2022. Esa noche también le pidió ir a rezar a la capilla. Cuando volvió junto al hermano de su amiga, –, la visitó brevemente a Dodero en el cuarto.
“Me tiró un beso al aire y dijo ‘buenas noches’ en griego. Fue la última vez que la vi”, explicó.

La mañana del 19 de noviembre, Christina Onassis no bajó a desayunar. Una de las empleadas domésticas de la residencia, preocupada, se dirigió a su habitación y tocó varias veces la puerta del baño. Al no recibir respuesta, forzaron la entrada y la encontraron desplomada en la bañera.
“Abrí la puerta y me sorprendí al ver que la cama estaba tendida, con ropa encima. Y se escuchaba ruido de agua en el baño. Entré y vi su cuerpo de espaldas, sentado y erguido, con la cabeza apenas caída”, describió Dodero.
Carminne Dodero, la hija mayor de Marina, corrió a pedirle ayuda al doctor Pueyrredón, un médico ginecólogo que vivía en el country, quien relató que la gobernanta vio su pastillero de oro con una cinta azul con dos pastillas verdes que debía tomar la noche anterior. Se trataba de medicamentos para dormir y para adelgazar.

El último refugio. En esta casa del Tortugas Country Club, Christina Onassis pasó sus últimas horas antes de ser hallada sin vida en el baño. Allí, una escena caótica. Toallas en el suelo, un peine y una caja de Empecid en la bacha.
Según los testigos, Christina no mostró signos de angustia la noche anterior. Sin embargo, su historia personal revelaba un pasado de tragedias, depresiones y una relación tormentosa con la soledad.
Como puntualizó tiempo después Dodero, su amiga sufría de ansiedad y padecía trastornos alimenticios. Tanto es así que solía internarse en alguna clínica de Italia para bajar de peso en tiempo récord. “Hacía lo que quería”, aseguró Marina. También tomaba pastillas para dormir a raíz de tanta cafeína que ingería: consumía 24 bebidas cola de las chiquitas por día, una por hora.
Tras su deceso en Tortugas, los investigadores requisaron la suite que ocupaba Onassis en el tercer piso del Hotel Alvear, y hallaron numerosos frascos, cajas y potes con medicamentos.
En su mayoría se trataba de analgésicos, diuréticos, antibióticos, relajantes musculares, un remedio para la dermatitis, otro para broncoespasmos, anfetaminas, anorexígenos (una sustancia supresora del apetito) y Valium 10mg.
El médico que revisó el cuerpo en la Clínica del Sol dejó constancia de que el único antecedente de importancia en la paciente era que se hallaba “en una estricta dieta hipocalórica y que recibió un derivado anfetamínico (flenfuramina) y un ansiolítico o hipnótico”. Por el resto, subrayó: “No se recaban antecedentes patológicos que permitan referir la causa de su muerte”.













