- 25/05/2025
La asombrosa medicina de los tiempos antiguos

Un trabajo preparado por Juan Carlos Bataller con dibujos de Miguel Camporro para la Fundación Bataller
En 1800, la esperanza de vida al nacer en el mundo era considerablemente baja, generalmente alrededor de los 30 años, aunque en algunas regiones podía ser un poco superior. En las sociedades preindustriales, como las que predominaban en 1800, la mortalidad infantil era muy alta, lo que hacía que la esperanza de vida general fuera mucho menor que en la actualidad.
- Siglo XVIII: La esperanza de vida se situaba en torno a los 28 años, aunque algunos autores estiman que podría haber sido de 27 o 25 años.
- Siglo XIX: El promedio mundial del siglo XIX se ubicaba entre los 28 y 32 años
- Ahora bien. ¿por qué era tan baja la expectativa de vida? Por la sencilla razón que muchos niños morian al nacer o muy jóvenes lo que bajaba el promedio drásticamente aunque hubiera gente que superara los 60 y hasta los 70 años.
- Y una de las causas para que ello ocurriera son las pautas de higiene y las posibilidades de atención de los problemas de salud.
- Una prueba de ello es que en las las primeras décadas del siglo XX, en los países desarrollados, la esperanza de vida se elevó a 50 y hasta 65 años. Y que actualmente el promedio haya superado los 70 y se acerque a los 80.
- En estas notas algunos aspectos de la medicina en el San Juan antiguo.
La medicina aborigen
Los primitivos habitantes de San Juan creían que todos los padecimientos o enfermedades de un individuo venían del mundo exterior, de un objeto que real o aparentemente había penetrado en el organismo (parásitos, venenos, alimentos alterados, flechas, insectos). Bajo la concepción animista pensaban que una fuerza sobrenatural movía las causas de la enfermedad (los endemoniados, hechizados y embrujados).
Consideraban que los “médicos” o brujos indígenas tenían relación con el mundo sobrenatural, lo que producía en algunos de estos “médicos” autosugestiones de verdaderos psicópatas y alocados.
Poder sugestivo
Los beneficios reales de la medicina telúrgica consistían únicamente en el poder sugestivo de la cura y en las medidas prácticas a que iban ligadas. Para la medicina actual, aquella medicina aborigen sólo tiene valor en cuanto al conocimiento que tenían sobre las propiedades de algunas plantas, algo que incluso entusiasmaba a los españoles.
Una piedra mágica
Hubo un elemento utilizado por la medicina huarpe que entusiasmó a los españoles. A tal punto fue así que incluso la requirió para su persona el Rey Carlos V: la piedra beezar. Se trata de una piedra de un color oscuro y brillante, que contiene principalmente fosfatos. Se extrae de los órganos anexos del aparato digestivo del guanaco, la llama y la vicuña. En realidad, se trata de cálculos que se forman en estos animales a los que la gente concedía propiedades mágicas.
Muerto el animal y antes que el cuerpo se enfriara, se abría el estómago y se le extraía la piedra que el interesado se ponía en la boca donde, en contacto con la saliva, tomaba más color, brillo y dureza. Se decía que curaba los trastornos nerviosos, en especial la melancolía, un mal que sufría Carlos V.
Medicina en épocas de la colonia
Durante la colonia, el ejercicio de la medicina se hacía a través del protomedicato, una institución creada por Juan II de Castilla en el siglo XV y que existió hasta 1822, al crearse en España las Facultades de Medicina, Cirugía y Farmacia.
El protomedicato era un tribunal que examinaba y reconocía la suficiencia de quienes debían ejercer la medicina. Era, además, un cuerpo consultivo del gobierno y asesor de la justicia para las faltas y excesos de quienes ejercían legal o ilegalmente la medicina.
San Juan de Cuyo dependió en un principio del Protomedicato de Lima. Luego pasó a depender del de Chile, al crearse éste y, finalmente, del de Buenos Aires. No obstante, esa medicina “oficial” era minoritaria pues la gente, por lo general, optaba por curanderos, barberos, sangradores, hechiceros y herboristas.
Médicos y farmacéuticos
Durante toda la época colonial e incluso parte del Siglo XIX, la función de médico y farmacéutico se ejercían en un mismo local. El médico dictaba la receta al farmacéutico o preparaba él mismo las medicinas.
La época patria
La atención a la salud no fue muy distinta después de 1810. Los médicos competían con brujos y curanderos y los hospitales públicos carecían de camas y siempre faltaban medicamentos, según puede reconstruirse por documentos de la época.
Un dato llamativo es la preocupación que había entre las autoridades por la presencia de perros callejeros. La gran cantidad de denuncias hechas por personas mordidas motivó que se dispusiera la vigilancia y exterminio de los animales sin propietario y penas para los dueños de perros que dejaran a sus animales sueltos.
En las dos últimas décadas del siglo XIX moría más gente de la que nacía y la mortalidad infantil alcanzaba cifras alarmantes. Las enfermedades más comunes eran la fiebre tifoidea, el sarampión y la difteria. Las acequias, que pasaban por el medio de los terrenos con agua para regar pero también para beber, así como la falta de cloacas, completaban un estado sanitario preocupante.
El descubridor de la “miona”
Juan Guilles era un escocés, nacido en Edimburgo, que se radicó en Mendoza en 1820, pasando luego a San Juan, donde ejerció la medicina.
Acá compró un terreno a Amán Rawson en lo que hoy es el departamento 25 de Mayo.
Guilles hizo serios estudios sobre la flora y fauna sanjuaninas. Pero si un lugar se ganó en la historia médica local fue por un descubrimiento que incluso llegó a conocimiento de la Real Academia de Medicina de Londres.
Se trataba de una hierba cordillerana que curaba la “estranguria” o dificultad para orinar.
La planta, en su honor, fue llamada “guillesia” pero la gente la conocía por otro nombre: “la miona”.
Epidemia de cólera
En el verano de 1868 se desató una gran epidemia de cólera en San Juan. Pocos conocimientos científicos se tenían sobre cómo combatir el mal, pero el gobierno dispuso una enérgica campaña afectando a varios médicos. En la Capilla de Dolores (ubicada en la esquina de Caseros y Rivadavia) se estableció un lazareto.
En esos días se supo que un médico francés, el doctor A. de Grand Boulogne, recomendaba beber una infusión de menta piperina, tratamiento con el que habían doblegado el mal en Marsella. Las autoridades ordenaron traer carros de esa hierba de una propiedad de la familia Ruiz en Ullum.
El Hospital
En el acta de fundación de San Juan de la Frontera, figura en el plano de la ciudad, una manzana dedicada a la construcción de los hospitales, uno para los naturales y otro para los españoles.
En el Archivo Provincial, en cambio, sólo hay antecedentes del funcionamiento de un hospital a partir de 1662.
Alrededor de 1770 se fundó el Real Hospital San Juan de Díos. En aquella época los hospitales eran dirigidos por religiosos, la mayoría de ellos venidos desde Chile.
El Hospital de San Juan de Díos se mantenía con noveno y medio de los diezmos de la iglesia y un noveno de las entradas reales. En el año 1.797, llegaban a mil pesos anuales las partidas para el hospital.
La peste y la ignorancia, los enemigos
Los primeros médicos que ejercieron en San Juan vinieron de afuera. Luchaban contra dos duros enemigos. Uno eran las pestes y enfermedades congénitas que mataban a niños y grandes. Otro, la ignorancia, pues la gente confiaba más en los brujos o los remedios tradicionales (entiéndase yuyos o supercherías de nulo efecto) que en la ciencia médica.
Pero a su vez, los médicos que llegaban, en muchos casos, no eran más que prácticos de “título extraviado”. No obstante, ya bien entrado el siglo XIX se fue produciendo el arribo de hombres graduados en universidades extranjeras.
Los médicos venían de afuera
Los primeros registros
El primer registro del ejercicio de un médico en la ciudad es de 1696, aunque seguramente antes de ese año hubo otros profesionales. Se trataba del doctor Luis de la Cueva, identificado como el médico de la ciudad en una causa iniciada por agresiones, de la cual han quedado testimonios archivados. Años más tarde, ya entre 1770 y 1772 se han encontrado archivos que hablan de otros dos profesionales: Juan Bautista Chrisman, cirujano, y Juan de la Cruz Calvo, médico clínico.
Un médico realista
Gerónimo de Larra había nacido en España en 1770 y se doctoró -según se cree- en la Universidad de Salamanca con el título de médico-físico-cirujano.
Terminada su carrera se trasladó a Perú donde trabajó un año de médico y de allí a Chile.
Invitado a instalarse en San Juan, lo hizo en 1.797 y se casó con Ana de la Roza, hermana del doctor Ignacio de la Roza, en 1810.
Larra ejerció muchos años en San Juan y en Jáchal y ocupó importantes puestos en el Cabildo.
Pero Larra estaba contra la causa revolucionaria y cuando en 1815 le impusieron una contribución de 100 pesos para el mantenimiento del Ejército patriota, no pagó y desapareció. El gobierno ordenó su captura.
El único dato posterior a esa fecha es uno de 1825 que indica que Larra había vuelto a ejercer en la provincia y asistía a los soldados heridos.
Ya había dejado de ser opositor al gobierno patrio…
Amán Rawson
Amán Rawson era un médico estadounidense, de religión protestante, que se radicó en San Juan en 1818. Era de los llamados médicos homeópatas, que estaban de moda en esa época. Fue una de las personas más queridas y respetadas de San Juan. A pesar de su nacionalidad y además de ejercer la medicina, fue ministro del gobernador Nazario Benavides y diputado, entre otros cargos públicos.
Rawson poseía además una farmacia y era agricultor. Casado con María Jacinta Rojo, tuvo hijos que llegaron a ser famosos: Guillermo y Amán, también médicos, y Franklin Rawson, uno de los máximos pintores de la provincia. Uno de los dos principales hospitales públicos de San Juan lleva, precisamente, el nombre de Guillermo Rawson en honor a ese médico.
Los médicos extranjeros
Guillermo Alexander
Era farmacéutico y médico, nacido en el estado de Virginia, en Estados Unidos. Invitado por Amán Rawson, se radicó en la provincia explotando una farmacia con los hijos de aquel, Guillermo y Aman (h) Rawson, en los años en que aun no era incompatible ser médico y tener farmacia. Falleció el 15 de febrero de 1883.
Antonio Asley Cooper
Era un médico inglés que en 1870 llegó a San Juan como médico de una compañía que explotaba las minas de Gualilán. Pero se quedó definitivamente en Jáchal, donde murió.
A. Rapt
Originario de Francia, el doctor Rapt se radicó en San Juan y actuó como médico en el Ejército durante la guerra del Paraguay.
Carlos Eduardo Keller
Había nacido en Alemania y, radicado en San Juan, ejerció la medicina entre 1860 y 1885, a la vez que se desempeñaba como cónsul honorario de su país natal.
Francisco Munis
Era portugués y en 1888 fue autorizado para actuar como médico, lo que hizo hasta el 9 de diciembre de 1899, cuando falleció.
Miguel Haijar
Era médico autorizado, nacido en El Líbano y decía haberse graduado en la Universidad de París. A veces se le permitía actuar pero otras era perseguido por quienes decían que no tenía título. En 1912 fue nombrado médico oficial en Jáchal, donde ejerció algunos años.
Admirador de Federico Cantoni, en su casa se hicieron varias reuniones del Club Baluarte, especialmente en los años 20, cuando este grupo decidió la revolución que terminó con la vida del gobernador Amable Jones. Falleció en San Juan donde ejerció en sus últimos tiempos.
Francisco Emery
Nacido en Suiza y graduado de doctor en Ciencias en Paris, vino a San Juan en la segunda mitad del siglo XIX como profesor de la Escuela de Minas. Tras estar un tiempo acá, se trasladó a los Estados Unidos, donde obtuvo el título de Médico en la Universidad de Filadelfia. De regreso en San Juan tras revalidar su título en Córdoba, fue profesor del Colegio Nacional y la Escuela Normal, además de ejercer su profesión. Considerado un sabio por sus conocimientos, hizo estudios en la Universidad de Buenos Aires, practicó en la célebre Universidad de Lausana, en Suiza y hasta obtuvo otro título de médico en París. Un hermano, Alfred Emery, permaneció en la provincia ejerciendo como dentista.
Luis Bouthery
Era francés y actuó en San Juan a partir de 1890. Graduado en la Facultad de París como médico con notas distinguidas, era además licenciado en ciencias físicas y naturales y llegó a ser presidente del sindicato médico de Taurena. Además de su fama como médico, Bouthery era conocido también por sus colecciones de insectos, pasión que compartía con otro entomólogo, el coronel Luis Jorge Fontana.
Tres italianos
Entre los italianos que ejercieron como médicos puede mencionarse al doctor Lotti, Teodoro Reale (graduado en la Universidad de Nápoli, al que se autorizó en 1903) y a Antonio Cacace
D’ Angeles. Este último llegó a San Juan en 1877 y fue autorizado para trabajar como médico pero era muy combatido por sus colegas pues estaba metido en la política menuda.
De Egipto, Brasil, Perú y Alemania
Otros médicos extranjeros que actuaron en San Juan fueron el egipcio Hassa D’Astec, el brasileño Bonilla, que ostentaba la orden de la Rosa de Oro y se cree se instalaba durante tiempos relativamente largos para estudiar la flora americana, el peruano Adolfo Morales y el alemán Emilio Wolf que ejerció a fines del siglo XIX.
La epidemia de cólera brindó claros ejemplos de los extraños conceptos médicos de la época
“Síntomas precursores del cólera y medios ciertos de conocerlos y combatirlos”
Testigo de catorce epidemias de cólera, me propongo decir suscintamente todo lo que importa saber acerca de las señales precursoras de esta terrible enfermedad.
Sus causas íntimas y naturaleza son totalmente desconocidas, ignorándose asi mismo el modo de curarlas, si descuidando los primeros signos que la anuncia, se deja tiempo para desarrollarse todo el conjunto característico de sus horrorosos síntomas.
Empero si no es dado a la ciencia humana salvar a un colérico cuyas extremidades estén ya frías y amoratadas, viscosa la piel, la voz apagada e insensible el pulso, nada es más fácil que curar a un enfermo de esta clase si se practican a tiempo los remedios.
La vida, pues, depende de la oportunidad de estos hasta el punto de que en la primera hora del ataque, la curación es segura, pero en la cuarta hora la muerte es casi cierta.
La mayor parte de las veces, los médicos de los hospitales y casas de socorros tienen que curar coléricos de la cuarta hora, lo cuál explica el espantoso número de defunsiones.
El mejor servicio que se puede hacer a una población amenazada del cólera no es tanto de multiplicar los socorros como dar a conocer a cada individuo la manera de curarse por sí propio. Esto es precisamente lo que nos proponemos enseñar con esta breve instrucción.
Los casos fulminantes son muy poco frecuentes. De 20, los 19 empiezan con una diarrea.
En saber distinguir si esta es o no colérica estriba la línea de conducta que hay que seguir en tiempo de epidemia, época en que se ha de observar con atención el más insignificante flujo de vientre.
Cuando las evacuaciones son amarillas, verdes u oscuras, más o menos ligadas o consistentes, es una diarrea mucosa o biliosa, que no ofrece peligro. Es bastante para detenerla beber agua de arroz con goma o medio vaso de agua azucarada con algunas gotas de laudano.
Si por el contrario las deposiciones fueran acuosas, parecidas a café con leche muy claro, a cocimiento de arroz con cuajarones o sin ellos, a agua de fregar o bien a té revuelto con unas cuantas cosas de leche, en este caso sea cual fuere el estado general de la persona y aunque no experimente dolor ni debilidad, se halla bajo el enflujo de la epidemia. Esto es, tiene cólera”.
¿Qué se debe hacer?
Nada es más fácil que impedir el desarrollo de la enfermedad. Para conseguirlo se prepara inmediatamente una infusión de mentapiperina y se bebe cada cuatro horas media taza muy caliente y convenientemente azucarada, añadiéndole dos cucharadas de ron o de cognac viejo y 20 gotas de estracto de canela.
Enseguida, si el enfermo se siente con fuerza para ello, deberá pasearse a prisa procurándo con un ejercicio violento llamar el sudor.
Pero si estuviese débil y abatido, se acostará, administrándole una ayuda compuesta de medio vaso de agua fresca y una cucharadita de éter sulfúrico.
Se abrigará bien como para sudar y seguirá tomando cada cuarto de hora la citada infusión (mentapiperina con ron o cognac y canela) hasta que las deposiciones hayan desaparecido, resultado que en la mayoría se consigue en menos de tres horas.
Caso de que esta bebida produjese al enfermo principio de embriagues, no hay que alarmarse con ello, antes al contrario, indica que el paciente está fuera de peligro.
Si le sobrevinieran vómitos, se deja la infusión y se le da a beber cada cuarto de hora una copita de cognac viejo. Si el enfermo tuviera sed tomará buchadas de agua de Zols o bien pedacitos de hielo que dejará derretir en la boca.
Los vómitos exigen además la aplicación de anchos sinapismos en el estómago y el vientre, no quitándolos hasta que la piel empiece a rojear y el enfermo a sentir un vivo escorzor.
Con el uso de estos medicamentos por demás sencillos y que están al alcance de todo el mundo, se combaten los primeros síntomas de la enfermedad.
En cuanto a los fenómenos característicos del período álgido no es fácil exponer en pocas palabras un plan curativo, en razón de que los casos varían y pueden poco más o menos, obtener con seguridad felices resultados por medio de bebidas o infusiones aromáticas alcoholizadas, ayudadas de agua fresca con bastante éter sulfúrico, friciones con bayeta bien enjuta o bien con estracto de alcanfor, de espligo, etc., presiones y empleando el calor artificial. En una palabra valiéndose de cuanto puede reanimar la circulación y castigar el sistema nervioso.
Tan pronto como el enfermo entre en convalescencia, se procurará darle algún alimento, empezando por caldos muy descargados, continuando por sopa, pudiéndo dársele a las 24 horas alimentos más sustanciosos, cuidando empero de no sobrecargarle el estómago.
Mientras durase la epidemia en nada deberá alterarse el régimen de la vida a que está uno habituado con tal que no se oponga a una buena higiene.
Es evidente que han de evitarse más que nunca toda clase de excesos. Los hombres harán bien en tomar después de las comidas una copita de licor y las mujeres una infusión de menta por la noche, precedida de 8 gotas de éter en un terrón de azúcar.
Fuentes consultadas:
Carelli, Antonio: Historia de la medicina de la provincia de San Juan, edición del autor, San Juan, Argentina, 1944
Paredes de Scarso, Leonor: Dos Hospitales Históricos de la Ciudad de San Juan, edición de la autora, San Juan, Argentina, 2003
Videla Horacio: Historia de San Juan












