- 20/07/2025
Iván, El Terrible

El zar que moldeó Rusia y liquidó su dinastía al matar a su hijo con sus propias manos en un ataque de ira.
En la mirada del hijo, una lágrima declara su derrota; en la del padre, se enredan la angustia, la culpa, la el horror y la locura. Así recreó el pintor ruso Ilya Repin el momento en el que Iván el Terrible se dio cuenta de lo que acababa de hacer en su explosión de ira más brutal e irreversible: había herido de muerte a su propio hijo, condenando a su dinastía a la desaparición y sumiendo al imperio ruso en el caos.
El zar Iván IV Vasilyevich, arrodillado, sostiene contra su pecho a su hijo malherido. Con una mano lo sujeta por la cintura para evitar que se desplome sobre la alfombra. Con la otra, cubre la herida que tiene en la sien, intentando en vano frenar el reguero de sangre que resbala sobre el rostro de su heredero.

Iván el Terrible ha pasado a la historia como el gobernante más cruel de la historia de Rusia; de ahí su sobrenombre. Iván reinó con mano de hierro durante cuarenta y seis años, liquidando a adversarios, declarando guerras, saqueando tierras y aterrorizando a su propia gente.
Como líder, Iván anhelaba crear un país más grande, culto y poderoso; y lo consiguió: transformó su país de reino medieval a imperio, y sentó las bases de la Rusia que hoy conocemos. Pero con él también nació la idea de que solo un dirigente único e implacable podía garantizar un gobierno fuerte en un país tan vasto como Rusia; una idea que ha perdurado a lo largo de los siglos, y que sigue muy presente en la mentalidad rusa actual.
Los crímenes cometidos en nombre de Iván el Terrible se contaron por miles; pero pocos podían imaginar que la furia incontrolable del zar acabaría vertiendo la sangre de su sangre y sentenciando a muerte a su propio linaje.
Los enormes logros políticos del personaje fueron parejos a sus atrocidades. Sometió al pueblo y a los nobles boyardos con la horca y el látigo, y su furia no respetó a nadie. Esta actuación contradictoria es la que ha hecho de Iván una figura histórica discutida.
Pero vamos a la historia.
Iván Vasilyevich nació el 25 de agosto de 1530. Era el primogénito del Gran Príncipe de Moscú Basilio III y de su segunda esposa, la princesa lituana Elena Glinskaya. A pesar de su título, el Gran Príncipe de Moscú no reinaba solo sobre la ciudad de Moscú; su poder se extendía sobre un territorio más amplio, aunque muy inferior al de la Rusia actual.
Basilio pertenecía a la dinastía Rúrika, que descendía del príncipe varego Rúrik y que llevaba siete siglos gobernando los territorios del este de Europa. Cuando Iván tenía solo tres años, su padre falleció, y él heredó su título. La madre de Iván gobernó por él durante los cinco años siguientes, hasta que murió, supuestamente, envenenada. Así, Iván se encontró huérfano y rodeado de intrigantes que deseaban controlar su poder a la tierna edad de ocho años.
Durante su infancia y adolescencia, Iván fue testigo de las traiciones y luchas internas constantes de los clanes boyardos, los nobles eslavos que durante la Edad Media controlaban el territorio que hoy es Rusia. Esto, sumado a las sospechas de que los asesinos de su madre estaban entre estos nobles, alimentó la antipatía de Iván hacia los boyardos; una antipatía que lo acompañaría toda su vida, y que ellos pagarían muy cara.
A los dieciséis años, Iván fue coronado zar y Gran Príncipe de toda Rusia. El título de zar derivaba del latín “césar”, y equivalía al de emperador. Iván se había convertido en el primer monarca coronado como zar de la historia; su momento había llegado.
El nuevo zar deseaba establecer un estado cristiano basado en la justicia, así que pronto se puso manos a la obra y aplicó un amplio programa de reformas: reorganizó las administraciones central y local, y la iglesia; convocó el primer parlamento ruso de los estados feudales, la “Asamblea de la Tierra”; impulsó un nuevo código legal; y reorganizó el ejército, dando prioridad al mérito sobre el apellido.

Uno de los principales objetivos de las reformas de Iván era limitar el poder de los nobles a los que tanto detestaba, y crear una nueva élite de terratenientes que dependiese totalmente del estado, y, por tanto, debiese lealtad absoluta al zar. Iván creía firmemente en el derecho divino de los reyes a gobernar, y se veía a sí mismo como un líder elegido por Dios para imponer su ley en la tierra, un dirigente supremo de autoridad incuestionable.
A pesar de su indudable autoritarismo, los primeros años de gobierno de Iván trajeron muchas reformas positivas que contribuyeron a modernizar el país. Pero en los años siguientes, el zar recibiría una serie de golpes que cambiarían su rumbo para siempre.
En el mismo año en el que fue coronado, Iván se casó con Anastasia Romanovna, hija de un oficial de la corte. Se cree que Anastasia le dio seis hijos, de los cuales solo dos –Iván y Fiódor– sobrevivieron a la infancia. Las crónicas cuentan que el matrimonio fue relativamente feliz, ya que el carácter amable y sereno de Anastasia tenía un efecto calmante en el de su marido, que era más bien volátil e irascible.
Pero, en 1560, Anastasia cayó enferma y murió. Las causas de la muerte nunca se esclarecieron. Se cree que pudo deberse a una intoxicación accidental, ya que en aquella época algunos medicamentos contenían mercurio. Pero, para Iván, el motivo de la muerte de su esposa solo podía ser uno: había sido envenenada por los nobles boyardos, igual que su madre.
Aunque no tenía pruebas de esto fuese cierto, mandó torturar y ejecutar a varios de ellos como represalia. Al parecer, la muerte de Anastasia fue demoledora para la salud mental del zar. Por si fuera poco, los años siguientes no trajeron más que desgracias para Rusia: hubo sequía y hambrunas, y las guerras en las que el país estaba inmerso -contra Polonia y Lituania, y contra los tártaros- no iban bien.
De hecho, uno de los consejeros de Iván se pasó al bando lituano y lideró el ataque a una región rusa. Esta traición alimentó la paranoia del zar y su obsesión contra los nobles. Estaba tan disgustado que anunció su intención de abdicar. Pero los propios nobles le suplicaron que no lo hiciese, en parte porque temían que la población se levantase contra ellos. Iván se dejó convencer, pero no lo haría a cambio de nada.

Existe en la historia rusa un antes y un después de Iván. Cuando llegó al trono, Rusia se conocía solo como Moscovia, el territorio que rodeaba Moscú. A su muerte, el suyo era un país grande y fuerte.
El zar accedió a continuar en el trono de Rusia con una condición: tener poder absoluto para castigar a quien él considerase traidor, y crear una opríchnina, una especie de oasis territorial que se administraría por separado y que estaría bajo su control directo.
Las tierras donde se estableció esta nueva corte fueron confiscadas a los boyardos, y sus propietarios fueron desplazados o ejecutados. Para proteger la opríchnina, formó también una guardia personal de miles de hombres, los opríchniks. Pero Iván no tenía intención de dedicarse a la administración, así que dejó la gestión del imperio en manos de burócratas y hombres de confianza.
Aunque el término “opríchnina” se refiere al territorio donde el zar instaló su nueva corte, con el tiempo se ha convertido en sinónimo del reinado del terror que comenzó en esta época. Iván veía conspiraciones y traidores por todas partes, así que decidió tomar medidas drásticas que reforzasen su autoridad y sirviesen como aviso a navegantes.

El momento más extremo de esta etapa llegó en 1570, cuando el zar atacó la ciudad de Novgorod con sus tropas. Iván sospechaba que los nobles de la ciudad planeaban adherirse al Gran Ducado de Lituania, uno de los territorios enemigos de Rusia.
Como castigo, los habitantes de Novgorod recibieron un ataque brutal. La ciudad quedó completamente arrasada, y varios miles de personas murieron en el asalto de las maneras más horripilantes.
Una de las supuestas prácticas de los hombres del zar era cortar las cabezas de sus víctimas y tirárselas a sus familiares. La sed de sangre y la obsesión de Iván por cazar traidores parecía no tener límites, y poco importaba si la víctima era culpable o inocente; nadie estaba a salvo de su sadismo.
El fin de esta etapa, la más sangrienta del reinado de Iván el Terrible, llegó en 1572 -siete años después de la fundación de la opríchnina-. Los tártaros de Crimea atacaron Moscú, y los feroces opríchniks del zar fueron incapaces de defender la ciudad.
Entonces, este regimiento especial fue reintegrado en el ejército estatal, y los territorios confiscados a los boyardos volvieron a sus propietarios. Al desaparecer los opríchniks, el régimen de terror se fue diluyendo, pero dejó una huella sangrienta en el reinado de Iván y levantó muchas dudas sobre su estabilidad mental.
Iván, además, abrió Rusia al mundo occidental, estableció relaciones con Inglaterra y otras naciones del norte de Europa; acabó con la amenaza permanente de los tártaros; creó una Iglesia nacional; y puso los cimientos de una autocracia (zarismo) que gobernó sin interrupción el mayor país europeo durante casi cuatrocientos años, hasta su disolución en 1917 .
Durante los últimos quince años de su vida, Iván el Terrible pasó mucho tiempo recluido en sus palacios. Pero no estuvo inactivo del todo: en nueve años se casó con cinco mujeres distintas. Varias de ellas acabaron envenenadas o encarceladas. De todas maneras, la continuidad del linaje Rúrik parecía garantizada: su hijo mayor y heredero, Iván, se había casado con Elena Sheremeteva, hija de un noble boyardo, y estaba embarazada.
Pero, según algunas crónicas de la época, la relación entre padre e hijo era tensa. Elena era la tercera esposa del heredero; al parecer, el zar había enviado a las dos anteriores a un convento por no engendrar hijos varones enseguida. Esto no sentó muy bien al zarévich.
Por otro lado, la guerra de Livonia, que enfrentó a Rusia contra los países bálticos, llevaba veintitrés años vaciando las arcas del estado. Iván hijo deseaba tomar las riendas del ejército para redirigir la situación y liberar la ciudad rusa de Pskov, sitiada por tropas enemigas. Pero Iván padre no era el tipo de persona que aceptaba consejos de sus hijos.
El 15 de noviembre de 1581, Iván el Terrible se cruzó en una estancia de su palacio de Moscú con Elena, su nuera. Al parecer, Elena iba vestida con ropas demasiado ligeras para el gusto del zar, y esto lo enfureció. Iván la insultó por su supuesta falta de modestia, y empezó a golpearla ferozmente. Al oír los gritos de Elena, su marido corrió en su ayuda.
El zarévich se enfrentó a su padre, y se enzarzaron en una discusión airada. Según los testigos, el padre le echó en cara a su hijo que no apoyase incondicionalmente sus decisiones militares, y lo acusó de incitar a la rebelión de sus propias tropas.
La discusión pasó a las manos, y entonces, el zar agarró su cetro y golpeó a su hijo en la cabeza con él. El zarevich cayó al suelo, apenas consciente, y sangrando profusamente. Algunas fuentes afirman que el zar, horrorizado por su propia furia, exclamó: “¡He matado a mi hijo…! ¡He matado a mi hijo…!”.
Durante los días siguientes, Iván el Terrible se encomendó a todos los santos para que ayudasen a su hijo a sobrevivir. Pero fue inútil: cuatro días después, el 19 de noviembre, Iván Ivanovich, su único heredero viable, murió. Y eso no era todo: Elena perdió al bebé que esperaba a causa de los golpes de su suegro. Así fue como, tras años utilizando la violencia más extrema contra sus semejantes, Iván el Terrible vio su legendaria ira volverse contra él mismo y su familia.
El asesinato del heredero del imperio ruso a manos del zar encendió la mecha de la enorme crisis política que llegaría unos años más tarde. Iván el Terrible murió en 1584, tres años después del crimen, dejando un inmenso imperio que se expandía hasta los bosques de Siberia, pero que estaba casi en la ruina.
Tras su muerte lo sucedió su segundo hijo, Fiódor, un hombre poco ambicioso que nunca había sido considerado apto para tomar las riendas del país. Efectivamente, el nuevo zar no tenía el menor interés por la política, y prefirió nombrar a un regente que gobernase por él.
Fiódor no tuvo hijos, así que su muerte, en 1598, supuso la extinción de la dinastía Rúrika. Rusia entró entonces en el Período Tumultuoso, una de las épocas más oscuras y convulsas de su historia.
Las dos caras de Iván
La crueldad constituía solo una de las facetas de Iván. A los dieciséis años era un joven corpulento y musculoso, excelente jinete y aficionado a los libros; conocía a fondo la Biblia, podía escribir con soltura y estaba dotado de elocuencia natural. Estudió retórica bajo la influencia de su maestro, el arzobispo Macario.
Pese su insaciable crueldad, Iván el Terrible era un cristiano devoto que cumplía escrupulosamente con el ritual de la Iglesia ortodoxa y se preocupaba en gran medida por los asuntos religiosos, aunque no vacilaba en ejecutar y torturar clérigos que creía sospechosos de deslealtad o desobediencia.

Fue un personaje cruel y desequilibrado que, sin embargo, consolidó su estado, lo agrandó, lo unificó y forjó una potencia mundial. Gobernó como un déspota sin freno y sin ley, y selló la historia de una Rusia que, en muchos aspectos, resulta imposible de entender sin Iván.
Muchas leyes se modificaron, los castigos fueron reglamentados y se estableció un sistema de departamentos de gobierno o ministerios, como los relativos a asuntos exteriores, tierra, ejército, justicia y hacienda. Este último se dividió en varias cancillerías de impuestos, a las que se impuso una meticulosa contabilidad que aminoró la corrupción. Para reforzar el papel de los pequeños nobles en el ejército y la administración, se adjudicaron a muchos de ellos tierras cercanas a Moscú, donde debían estar disponibles para cualquier tarea administrativa, diplomática o militar que les fuese exigida por el zar.
Al mismo tiempo se estableció el primer ejército permanente de Rusia, un cuerpo de 3.000 streltsi, o mosqueteros, cuyos jefes pertenecían a la pequeña nobleza. La concesión de tierras a los nobles que prestaban servicio obligatorio al zar tuvo consecuencias muy negativas para el campesinado. Mucha de esa tierra estaba trabajada por campesinos libres, que pasaron a ser siervos.
En el nuevo código legal había, no obstante, algunas leyes que mejoraban la situación anterior. Se castigaba la corrupción judicial y se incluían medidas para reducir la esclavitud, al prohibir la venta de niños y establecer la emancipación de todo esclavo que huyera de la cautividad de los enemigos del zar.
Fuentes: Revista Historia y Vida. National Geographic. Wikipedia.








