- 07/12/2025
GUSTAVO TRONCOZO: “En la sociedad falta conocimiento y compromiso con nuestra música”

Una entrevista de Raúl Caliva
La voz, la pluma y la poesía de Gustavo Troncozo es una fuente creadora inagotable de tonadas que alimentan los repertorios de cientos de intérpretes locales y regionales. Consustanciado con las raíces cuyanas, no detiene su misión como cantautor del tiempo presente. Ahora, se aventura en el desafío de transmitir el legado familiar musical en una obra escrita que verá la luz en 2026.
Eduardo Troncozo forma parte de una familia enriquecida por la canción cuyana, traída por su madre, Alicia Quiroga -nacida en Maipú, Mendoza en 1930- quien a los 16 años de edad contrajo matrimonio con Aristóbulo Ruperto Troncozo (alias “Torolo”). Don “Torolo” a su vez venía de La Rioja, criado en el puesto El Fraile. Al instalarse en San Juan, realizó el servicio militar en 1944.
De esta unión nacieron Gustavo y sus hermanos Alicia (Maruja), Silvia, Eduardo, Carlos y Claudia. También, estaba Cruz, el mayor de todos pero que fue fruto de una pareja anterior de Aristóbulo cuando estaba soltero. En el seno de este clan, la guitarra fue el legado en común que venía del Abuelo Hilario Troncozo y del bisabuelo por parte de la familia de de Clemente Quiroga, la madre de Alicia.
Los Troncozo, en especial, Eduardo, Gustavo y Martín (el hijo de Eduardo que actualmente está radicado en Italia), han sido protagonistas de una etapa fructífera en la Cuyanía de estos últimos 30 años con destacadas actuaciones en escenarios locales y nacionales.

Después de consagrarse en Cosquín, de realizar históricas giras por el país, Gustavo no se queda quieto. Mientras regresa de su viaje por Mendoza, debido a su otra labor en el rubro de la decoración de vidrieras comerciales y el marketing, se encuentra en plena edición de su primer libro biográfico titulado “La vida en una canción”, que incluye una selección de 85 composiciones de los tres músicos de más de 200 creaciones en total y lo planea publicar junto a un nuevo disco (el segundo solista que todavía no tiene definido un título) que incorporará varias de estas canciones ilustres. Ambas producciones estarán disponibles en 2026.

Mientras trabaja en esta obra que une a la familia a través de un lazo emocional y musical, Gustavo abrió las puertas de su casa y de su estudio de grabación, para una charla amena. El cantautor compartió aspectos significativos de su vida artística, su historia familiar ligada a la cuyanía y la condición de ser un luchador incansable por mantener en alto a la tonada como bandera.
– Trabajás en un libro que rescata la historia de tu familia y de sus canciones ¿por qué decidiste emprender esta tarea?
– Estaba teniendo poca demanda de actuaciones en festivales últimamente y como tampoco lo que generaba en el estudio de grabación y en las clases era suficiente, en una charla con mi sobrino Martín, surgió la necesidad de buscar otro rumbo. De hecho, volví a mi anterior trabajo de decoración de vidriera. La idea no es retirarme del canto en vivo, pero en esta encrucijada surgió la oportunidad de enfocarnos en la publicación de una obra escrita que cuente la historia de nuestra familia y de las canciones que hicimos en cada etapa.
– ¿Cómo ordenaste el trabajo?
-Es una búsqueda diferente porque queremos que estas canciones se conozcan, porque hablan de lo que nos pasa y las ordenamos cronológicamente en función de nuestras vivencias. Es la misma la misma obra la que te va contando la historia de nuestra vida. Eso es lo que nosotros descubrimos,
– ¿Por qué?
-Porque siempre hacemos canciones que tengan que ver con lo que nos pasa. Esperamos tenerlo listo para mediados de 2026 junto a un nuevo disco propio que también estoy grabando.

– ¿Recordás de qué manera la música influyó en tu familia y en vos?
– Hay una persona que plantó la semilla, es el Tío Pipo, Carlos Charlín, quien creó “La cueca del vino nuevo”. Fue el hermano de mi mamá. Si bien, mi abuelo y mi papá tocaban y cantaban solo en casa. En las juntadas del patio y de la cocina, nunca pusieron su canto en un escenario. Eran tonaderos de la vieja escuela, pero solo para amistades. Pipo, en cambio, era más intelectual, alguien que te invitaba a soñar que ser artista era posible. Me despertaba todas las mañanas con un libro en la mesa de luz. Me enseñaba la poesía de Federico García Lorca, la antología de Buenaventura Luna, me regaló el Martín Fierro y otros clásicos de la literatura firmados por él. El Tío Pipo fue el germinador en nosotros del amor por la música. Fue tan fuerte que la pasión me termina ganando la cabeza, el tiempo y el espacio. Él hizo lo que somos ahora.
– ¿Qué sentís al saber que muchas de tus canciones, están en los repertorios de otros artistas?
– La canción toma vida propia cuando otro la canta. Un día me llamaron de Tucumán, se contactaron conmigo, me pidieron la letra de una de mis tonadas que aún no había sido publicada. Pero resulta que andaba por los celulares, porque alguien me grabó y la pasó en WhatsApp y de repente, la canción se escucha hasta en Ushuaia. Es muy gratificante y no hace falta que me pidan permiso. Así hay muchos casos que mis canciones giran con Giselle Aldeco, Carlota De Belaustegui, Lisandro Bertín, Aylin Dávalos, El Trébol Mercedino, Algarroba.com, Diablito Martínez, Tito Medina, Axel Peralta, Los Videla, Labriegos, hasta Facundo Saravia y los coros universitarios.
– ¿En el ascenso de tu carrera, también pasaste por decepciones?
– Hubo dos. La primera cuando fui a los 12 años al Teatro Astros de Buenos Aires por un premio que me permitiría entrar al Conservatorio de Arte Nacional para aprender música y declamación. Nunca más me llamaron de la compañía que nos promocionó. Eso me afectó mucho.
– ¿Y la otra?
-La otra, fue la estafa que nos hizo el productor Alfredo Silva, cuando tuvimos que dejar de ser Los Troncozo para convertirnos en La Trova. Nos hizo cambiar de nombre, nos prometió un contrato suculento en dinero, nuevos instrumentos y estar en los mejores lugares. Firmamos, pero al poco tiempo fracasó todo y nunca supimos más de él. Fueron años muy duros porque no sabíamos qué hacer, ni cómo continuar. Fue como haber vendido el alma, una muy mala decisión.

– ¿Cómo ves la música cuyana?
– Descubrí con mucho dolor en estos años que, a la gente, al gran público sanjuanino, no le gusta la música cuyana. Esto me lo viene diciendo también un mendocino que lo sufre de igual manera. La comunidad folclórica ya es chiquita. Nosotros hacemos un festival como La Cuyanía todos los años y eso está buenísimo, pero no van más de 10 mil personas y son las mismas que ya conocemos. El público no se renueva y no se amplía, si pensás que en San Juan hay casi 900 mil habitantes. Hay recitales que llegan a pagar 50 mil pesos o más para ver a Jorge Rojas o Rally Barrionuevo, pero si le vendes al público la entrada a $10.000 para la peña, le parece muy cara.
– ¿Cómo crees que se podría cambiar eso?
– Creo que en la sociedad hay una gran falta de conocimiento y de compromiso con nuestra música y por ahí se necesita una mejor educación de nuestra cultura. También, una falta de reconocimiento económico y de divulgación. La mayoría de los chicos nuevos, ya no cantan las cosas de San Juan. Ahora hay un enamoramiento por nuevas figuras como Milo J, por ejemplo. No tengo nada en contra de eso, pero veo que hay una desconexión de los chicos con nuestra historia. Ser cantautor, es ser un espejo del paisaje, que refleja lo que se vive, en una noche sanjuanina, en un paisaje, en una calle. Pero ese espejo se está perdiendo de vista.

– De los oficios que tuviste ¿cuál fue el que más disfrutaste?
– Mi primer amor es con el que volví hace un mes, la decoración de vidrieras. Es un oficio casi desaparecido. Eduardo era un gran vidrierista y otros como él ya fallecieron o se jubilaron. Es un trabajo maravilloso porque tiene que ver con la creatividad y la imaginación. Ahora se lo considera como marketing visual o “visual merchandiser”, donde el comercio te contrata para armar una propuesta atractiva para incentivar la venta y sumar clientes. Lo otro fue ser taxista en Buenos Aires. Eso fue toda una gran experiencia. Andar por las calles porteñas, fue una gran fuente de ideas y me ayudó a construir lo que soy hoy.
– ¿Y cómo fue tu vida futbolística?
– Duró una semana (Risas). Era jugador amateur de barrio y un vecino que estaba en la comisión del Club Colón Junior, nos llamó a una prueba en la cuarta división. Tenía unos 18 años, fuimos a la prueba y me dijeron “vamos a seguir probando el jueves y viernes, pero te esperamos el lunes que te tomamos”. No lo podía creer. Todo cambió cuando el sábado me puse a jugar un partido amistoso. Recibí un pelotazo en la cabeza tan fuerte que me dio conmoción cerebral con principio de amnesia. A partir de ese accidente, mi mamá me decía “prepárate porque te tengo armado el partido de despedida” (se reía con nostalgia).
– ¿Fuiste un niño rebelde?
– Por aquellos días no me andaba portando “bien”. A mi mamá no le gustaba que esté tanto con la viola en la esquina por las noches y ella veía que empezaba por un camino que no le gustaba nada. Así que me envió con mis hermanos Eduardo y Carlos a Buenos Aires, así fue cómo que fui perfilando el rumbo musical. Pero hoy sigo jugando campeonatos con amigos y al tercer tiempo llega la guitarra, que es lo más importante.
– De todo este camino recorrido ¿qué fue lo bueno que te dio este arte de hacer canciones?
– Aunque me pongo algo quejoso de mi actualidad, en el balance son muchas más las cosas buenas que me han pasado que las malas. Todos soñamos con estar en los festivales nacionales y nos cuesta mucho sacrificio poder llegar. Dentro de todo eso, soy un bendecido por la familia (mi esposa, mi madre, mi tío, mis hermanos) que me tocó.
– ¿Hoy te apoya tu familia?
-En 2013 mi esposa me dijo: “Quiero que dejés de ser remisero y que te dediqués a lo tuyo, porque yo confío en tu canto, confío en tu arte”. Mi suegra me propuso poner el estudio de grabación en su casa. Mi hermano Carlos me hizo cambiar la criollita vieja que tenía y me prestó la tarjeta de crédito para pagarme una electroacústica en cuotas. Todas esas cosas me ayudaron a seguir de pie. De lo contrario sería todo imposible.



