• 22 diciembre, 2022

Fin de año

Fin de año

Por Juan Carlos Bataller

Faltan pocos días para que el año termine.

Un año que seguramente recordaremos por el campeonato mundial de futbol.

Pero en medio de festejos, desmanes, alegrías y temores, el fin de año nos encuentra más pobres como país y menos importantes en el concierto de las naciones que hace un siglo, cuando los sueños y la realidad iban de la mano.

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¿Qué nos diferencia de aquel país?

En primer lugar, las expectativas para el futuro.

Decíamos ser el granero del mundo y pensábamos que nuestro destino estaba junto a las naciones más ricas del planeta.

Pero además, estábamos en el pico de la inmigración.

>Entre 1.870 y 1.930 llegaron cuatro millones de inmigrantes, la mayoría españoles e italianos pero también de cada región del planeta, que traían una formidable cultura del trabajo y una verdadera pasión por construir en esta tierra su nuevo lugar en el mundo.

>El país crecía a un ritmo más acelerado que los Estados Unidos. Se pensaba que en 1.950, a ese ritmo de crecimiento, la Argentina superaría al país del norte.

>Se comparaba a la Argentina con Canadá y Australia, países que hoy pertenecen indiscutiblemente al mundo desarrollado.

>Se ponían en marcha majestuosas obras que darían a Buenos Aires su apariencia de gran capital con sus diagonales, su subterráneo, sus edificios.

Hace un siglo el mundo cambiaba y más allá de las obras, el progreso se palpaba, se olía, se sentía como un camino interminable para los argentinos. Lo más grave es que ya no se huele el progreso. Hay demasiada gente marginada laboralmente por falta de capacitación para aprovechar las nuevas tecnologías y demasiados hijos preparando la valija.

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Y en San Juan… ¿Qué pasaba por ese tiempo?

>No hay dudas que también nos alcanzaba ese progreso que parecía imparable.

Según el censo de 1.909 ya residían en San Juan 7.949 extranjeros, de los cuales 3.972 eran españoles  y 1.145 italianos. Pero también residían 291 árabes, 260 franceses, 51 alemanes, 31 rusos, 22 austriacos y muchos sudamericanos.

>En agosto de 1.910 se inauguraría la línea férrea que unió San Juan con Serrezuela, Córdoba, y gran parte del país y se comenzó con la construcción de los ramales industriales (a Marquesado, Santa Lucía, Caucete, Albardón) que darían a la provincia una formidable red ferroviaria.

>Por aquellos años y durante toda la década del 10 se inauguraron las llamadas “obras del centenario” que incluyeron el Parque de Mayo, la Escuela Normal, el Banco Nación, el Palacio de Justicia. Se comenzó a construir el Teatro Coliseo y se creó la Villa Krause y se fundó el Club Español, que llegaría a tener el edificio más suntuoso de San Juan.

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Pero más allá de las obras, el progreso se palpaba, se olía, se sentía como un camino interminable.

¿Cómo no sentirlo si en pocos años habían llegado la luz eléctrica, los automóviles, el teléfono, el cine?

Surgían los bancos de capitales locales, los diarios, la nueva burguesía industrial vitivinícola construía sus chalets.

La escuela era el ámbito que aseguraba la movilidad social y la definitiva integración del extranjero a la patria nueva, enseñando a sus hijos no sólo a leer y escribir sino en muchos casos el idioma, el himno, el sentir nacional. Y todo en un ámbito igualitario, con idénticos delantales o guardapolvos.

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Sí, eran otro país y otra provincia.

¿Quién iba a imaginar que décadas más tarde nos transformaríamos en un lugar de desencuentros, de inestabilidad institucional, de subversión, de desaparecidos, de guerras, de hiperinflaciones?

¿Quién iba a suponer que aquel sitio donde el inmigrante venía a trabajar duramente para “hacer la américa” y olvidar las guerras y el hambre, sería un terreno fértil para la demagogia y los enfrentamientos estériles?

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Y bien. Otro año está terminando, luego del horror de la pandemia.

Igual que hace un siglo, el progreso nos está cambiando la vida.

La tecnología revoluciona el mundo de las comunicaciones, la medicina nos alarga los tiempos vitales, el confort penetra en los hogares, se modifican las formas de producir.

Pero al mismo tiempo, grandes sectores de la población han perdido la cultura del trabajo, y la droga penetra prepotente en todas las capas sociales.

Lo más grave es que ya no se huele el progreso.

Hay demasiada gente marginada laboralmente por falta de capacitación para aprovechar las nuevas tecnologías.

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Seguimos siendo un país de migrantes.

La diferencia es que una golondrina se nos enredó en el alma y soñamos con otros cielos como alguna vez soñó el abuelo inmigrante al subir al barco que lo trajo a estas tierras.

Ya no soñamos con ser una potencia mundial. Nos conformamos apenas con ser un país previsible, sin diferencias económicas que abruman, con objetivos sencillos pero advertibles.

Es como si nos quedáramos sin brazos cuando falta tanto por hacer.

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Ya no soñamos con ser una potencia mundial. Nos conformamos apenas con ser un país previsible, sin diferencias económicas que abruman, con objetivos sencillos pero advertibles. Pero ¡qué quiere que le diga! Es como si nos quedáramos sin brazos cuando falta tanto por hacer.

No puede ser un destino único conseguir un puesto en el Estado o en la Justicia.

Es inaceptable que nos hayamos transformado en pordioseros que piden créditos al mundo mientras guardamos el dinero en monedas extrañas porque no confiamos en lo que nos depare el futuro.

¡Basta!

Ya no hay lugar para la demagogia, las falsas promesas ni las palabras huecas.

Módicamente pedimos un país cuyos debates no pasen por la existencia de vendedores ambulantes, por piqueteros que cortan calles para manejar planes sociales, por fortunas de dudoso origen, por juicios por corrupción que nunca terminan, por máquinas que imprimen billetes a una velocidad increíble, por decenas de tipos de cambio mientras nadie acepta nuestros billetes en el mundo.

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Todo fin de año es un momento de reflexión.

De nada valen los fuegos artificiales, los turrones y el pan dulce si no sabemos claramente hacia donde vamos, sino redefinimos cual será nuestro lugar en el mundo, por encima de pequeños éxitos temporales.

En definitiva, si no entendemos, todos, que nuestro destino personal está indisolublemente ligado a este lugar tan nuestro y querido que se llama Argentina.

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Por eso ¡viva el futbol!

Es lo mejor que nos dejó este 2022 que ya se va.

Pero no por el éxito obtenido sino por el ejemplo que nos dio.

Cuando hay objetivos, estrategias, elección de los mejores, grandes conductores y espíritu de sacrificio, los resultados son previsibles.

Felices fiestas para todos.