- 29/06/2025
El sultán que ahogó a 250 de sus concubinas
IBRAHIM I, UNO DE LOS GOBERNANTES MAS CRUELES DE LA HISTORIA
Mientras en Europa se generalizaba el barroco y poco a poco el absolutismo hacía mella en un sistema feudal que llegaba a su fin, el Imperio otomano continuaba con la hegemonía territorial de Oriente Próximo. Así, en el año 1640, el sultán Ibrahim I sucedió en el trono a su hermano Murad IV, convirtiéndose en uno de los peores gobernantes tanto en su faceta pública como en su vida privada.
Hasta entonces, los sultanes tendían a asesinar a sus hermanos para asegurar su regencia. No querían que nadie pudiera derrocarles. En ocasiones, los dirigentes otomanos preferían encerrar a sus familiares con el mismo propósito, pero sin tener que llegar a ejecutarlos.
Por ejemplo, Ahmed I metió a su hermano Mustafá en una sala de palacio a la que acabaron llamando «la jaula», donde recibió exhaustivos cuidados y un equipo se dedicaba día y noche a agasajarle, conforme con su discapacidad. Puede que suene bien, pero lo grave es que también se convirtió en tradición y los posteriores sultanes lo imitaron, encerrando a sus hermanos y aislándolos del mundo exterior.
Vivir sin contacto alguno con la sociedad les quebraba la cabeza: muchos eran mentalmente inestables y acababan enloqueciendo a los pocos años. Sus rarezas eran infinitas.
Ibrahim I fue uno de esos hermanos pequeños que, tras la muerte del sultán, le tocó liderar todo un imperio. Pese a no interesarle la política, se dedicó a ejecutar a numerosos visires y cargos públicos. Su agresividad le llevó a ser conocido como Ibrahim el Loco.
Su madre prefería que el sultán se dedicara a satisfacer sus filias sexuales mientras ella se hacía cargo del imperio.
La primogenitura es la ley de sucesión, según la cual el gobierno y el título se transmiten al hijo mayor. Y por injusto y peculiar que nos parezca hoy, era mucho mejor que la alternativa.
En el Imperio Otomano, no existía el derecho de primogenitura. Todos los hijos tenían el mismo derecho al trono. Esto significaba que, al morir el sultán en funciones, se desataba una frenética y maquiavélica lucha de poder entre hermanos. Reunían a su séquito, tejían sus redes y se asesinaban entre sí. Cuando uno era declarado sultán, invariablemente estrangulaban a sus hermanos restantes con un arco de seda (ya que estaba prohibido derramar sangre real). Se cree que el sultán Mehmet III ejecutó a 19 de sus hermanos preadolescentes.

La opinión pública se opuso a este comportamiento anticoránico, y Ahmed I, un soberano bondadoso y gentil, decidió que, en lugar de matar a sus hermanos, los encerraría en un rincón apartado del palacio, bajo vigilancia constante y sin interacción significativa con el mundo exterior. Este kafes o «jaula» fue donde el príncipe Ibrahim pasó 20 años de su vida.
No hace falta ser psicólogo clínico para imaginar el daño que dos décadas de aislamiento le causaban a una persona. Ibrahim no solo estaba aislado, sino que vivía con el temor constante por su vida. Todos sus hermanos habían sido estrangulados. Así, Ibrahim vivía pensando que cada llamada a la puerta y cada sirviente sonriente podían ser un verdugo.
Ibrahim quedó tan traumatizado que cuando el gran visir del palacio vino a decirle que ahora era sultán, no le creyó. Pensó que era una artimaña para matarlo. Solo cuando sacaron el cuerpo de su hermano Murad, ahora fallecido, bajo su ventana, se puso manos a la obra con alegría.
Ibrahim fue un gobernante terrible y una persona sádica y depravada. Según historiador Noel Barber: «Una vez en el trono, Ibrahim demostró ser el más detestable y libertino de todos los sultanes otomanos». Incluso dejando de lado sus perversiones personales y viéndolo con la objetividad de un historiador, Ibrahim fue un líder débil e ineficaz. Vació las arcas del palacio con sus caprichos; inició una guerra inútil con Venecia; y perdió extensas extensiones de territorio ante Irán en el este, los rusos en el norte y los Habsburgo en el oeste.
Los otomanos sitiaron una fortaleza costera veneciana en Creta durante años, lo cual resultó enormemente costoso y distrajo a sus ejércitos cuando ya estaban desbordados. Cuando el ejército regresó a casa para pasar el invierno, exhausto y pobre, Ibrahim no solo les exigió impuestos, sino que también insistió en que volvieran a la lucha. El general al mando de la flota se negó (ya que navegar en invierno era una sentencia de muerte) y fue ejecutado poco después.
Finalmente, el delirio de Ibrahim, traducido a la crisis que generó en un Imperio otomano a la deriva, hicieron que el sultán fuera depuesto y asesinado. El 18 de agosto de 1648, Ibrahim el Loco fue estrangulado. A partir de entonces, Mehmed IV, hijo de Ibrahim y una de sus concubinas, se encargaría de ser el nuevo sultán.
El harén de Ibrahim
Fueron sus predilecciones personales las que le valieron a Ibrahim el apodo de «el loco». Tenía a las vírgenes de su harén alineadas en los jardines del palacio para poder violarlas. Tenía orgías en habitaciones forradas de espejos donde sus concubinas eran «yeguas» y él era un «semental», y tenía sexo con tantas como podía antes de cansarse.
Adornó su barba con diamantes y empapó los muebles del palacio en un perfume de ámbar (que es conocido por marear a la gente).
Sus placeres, según los historiadores, eran exóticos. Exigía que las mujeres con las que yacía no fueran únicamente mujeres que vivieran dentro de sus fronteras. Ibrahim I se interesaba por rasgos exóticos, más occidentales. De esta manera, queda constancia de mujeres griegas que formaron parte de su harén.
Cuentan que una vez mandó buscar a la mujer más obesa del imperio para incorporarla a su harén.
A veces, la agresividad del sultán le empujaba a ejercer violencia ante las mujeres que le acompañaban. Un día, harto de las discusiones de sus mujeres, «ordenó a su guardia imperial que pusieran a todas sus mujeres en sacos con piedras y las echaran a la mar». Lo cuenta el escritor Hernán Lanvers en África: harenes de piedra. En total ahogó a 250 mujeres y se dice que aun cayendo al agua seguían quejándose y protestando.
Es difícil determinar qué evento fue «demasiado lejos», pero dos destacan. El primero fue el asesinato de todo el harén de 280 mujeres. El segundo fue cuando violó a la hija de una persona muy importante. Ibrahim había visto a la hermosa hija de su Gran Muftí (el principal erudito legal islámico) en los baños, y exigió casarse con ella.
Ella se negó (probablemente porque conocía su temperamento), e Ibrahim montó en cólera. Hizo que sus hombres la secuestraran. Ibrahim la violó durante días y luego la envió de vuelta a casa. A partir de ese momento, el Gran Muftí juró no descansar nunca hasta que Ibrahim fuera asesinado.
El fin del terror
Todos coincidieron en que Ibrahim debía irse. Las autoridades civiles, religiosas y militares del Imperio Otomano se unieron y conspiraron para derrocar al sultán. Los líderes de los jenízaros, la élite de infantería del ejército otomano, acudieron al Gran Muftí para pedirle su bendición y la del Islam para su destitución. Por supuesto, se la dio. Cuando los hombres fueron a buscar a Ibrahim, ningún guardia salió en su defensa. Lo llevaron de vuelta a la jaula. Esto no fue suficiente para el Gran Muftí, quien firmó una orden para ejecutar a Ibrahim con un cordón de seda. Y así, diez días después de perder el trono, Ibrahim fue estrangulado.
La historia de Ibrahim el Loco destaca por su impactante depravación. De hecho, algunos historiadores han argumentado que las historias son tan escabrosas y descabelladas que podríamos tener motivos para dudar de ellas. Como con cualquier dinastía, si se aspira a derrocar y reemplazar a un monarca, primero se busca establecer agravios. Se busca establecer un derecho legítimo al trono. Por lo tanto, no es improbable que algunos relatos hayan sido exagerados para difamar a Ibrahim a lo largo de la historia.
Lo que no hay dudas es que Ibrahim fue corrupto, vanidoso y violento: uno de los gobernantes más notorios y terribles de la historia.
La estructura política del imperio otomano
A partir de un pequeño estado en la Anatolia Occidental los gobernantes otomanos crearon un inmenso imperio de gran poderío, complejidad y sofisticación artística.
El dirigente del Imperio Otomano era el sultán, que disfrutaba de un poder absoluto.
En un principio, los gobernantes otomanos se habían denominado «gazis», o guerreros de la guerra santa, pero durante el mandato de Murat (1360-1389), el título fue sustituido por el de sultán, o monarca.
En los siglos posteriores se adoptó también el título de califa, o líder religioso.
Aunque el sultán ostentaba un control absoluto, para la administración del imperio contaba con la ayuda de un cuerpo burocrático de funcionarios dirigido por el consejo supremo, el Diván.
En el siglo XIV, el Diván estaba integrado únicamente por tres visires, cifra que para el siglo XVII se había aumentado a once visires.
Este grupo se hallaba bajo el control del gran visir, que departía directamente con el sultán.
La otra institución poderosa dentro del Gobierno otomano era el harén.
El harén estaba gobernado por la «sultana valida», la madre del sultán, quien solía tomar partido en los asuntos de Estado.
En grado de importancia, bajo ella se situaba la primera esposa del sultán o madre de su primogénito y, en un tercer nivel, las otras esposas oficiales.
En sentido estricto el harén es el recinto específicamente destinado a las mujeres situado dentro de palacios o grandes edificaciones.
Este lugar está vedado a los visitantes del otro sexo y solo puede ser frecuentado por eunucos o por el dueño y señor de la casa. Traspasar el umbral del harén acarrea la decapitación inmediata del intruso.
En la época del sultanato turco se elevaba a más de mil personas, en la que no sólo habitaban las mujeres del sultán, las princesas y los príncipes, las esclavas y los eunucos, sino que cumplía otras funciones sociales y económicas.
En el harén vivían también las concubinas, tanto del sultán como de sus oficiales más destacados, así como jóvenes usadas para concertar matrimonios políticos.
Si alguna de las mujeres era elegida por el Sultán como concubina se le daba una estancia privada para que la prepararan para su cita; si después de este primer encuentro el Sultán seguía interesado en ella, esta dama se convertía en odalisca.
Las odaliscas, por lo general, no eran presentadas ante el Sultán, pero a aquellas que eran de extraordinaria belleza y talento se las consideraba como concubinas en potencia, y se las adiestró en consecuencia.
Aprendieron a bailar, recitar poesía, tocar instrumentos musicales, y demás conocimientos dirigidos a deleitar al Sultán.
Sólo las odaliscas más dotadas fueron presentadas al Sultán y era posible para estas odaliscas pudieran escalar posiciones en la jerarquía de harén y disfrutar de la seguridad por su poder y posición.
El harén era dirigido por la madre del Sultán, que también elegía a las mujeres que lo integraban.
Los eunucos eran posesiones de guerra o esclavos masculinos, normalmente castrados en la pubertad.
Esta operación estaba a cargo de egipcios cristianos o judíos y como el Islam prohibía la práctica de castración, la misma se hacía en el camino hacia el mercado.
Existen tres variedades de eunucos, el completo, al cual de niño se le extrae en órgano completo de la generación (Dekeur, el pene), el escroto y los testículos, el eunuco incompleto al que se le priva solo de los testículos tras la pubertad y, finalmente, el eunuco al que se le atrofian los testículos por frotamiento.
El primer tipo es el adecuado para velar por la seguridad del harén, los otros dos son considerados “inseguros”, al haber conocido en el inicio de la pubertad el deseo sexual.
Los primeros tras la castración cambian física y mentalmente, no tienen barba, la laringe es de pequeñas dimensiones y la voz resulta infantil y aniñada; su carácter está próximo del sexo femenino.
Entre los árabes se dice que viven poco tiempo y mueren antes de los treinta y cinco años.
Al servicio del harén había dos niveles de eunucos: los negros y los blancos.
A los eunucos se lo consideraban ser “menos que hombres” e incapaces de «ser tentados» por las mujeres del harem.
Esto les permitía ser exclusivamente leales al Sultán.
Hombres castrados que por lo tanto no representaban ninguna amenaza a la santidad del harem.
Los eunucos negros eran esclavos africanos que servían a las mujeres y se hallaban bajo el control de un eunuco negro jefe, un miembro de la corte con gran poder. Los eunucos negros eran los custodios del harén femenino, protectores de las puertas interiores. Sombras diurnas y nocturnas de las esposas, cuanto más feos son más valor ostentan en el mercado. Controlaban desde la comida hasta las ropas de las esposas y concubinas.
Los eunucos blancos eran principalmente esclavos balcánicos y servían en la escuela de palacio donde estudiaban los niños escogidos que más tarde se convertirían en oficiales o jenízaros. El jefe de los eunucos blancos era el brazo derecho de los sultanes, mostrando a veces más poder dentro del gobierno que el gran visir del lugar. Ellos decidían quienes franqueaban las murallas y hasta donde podían hacerlo.
Los jenízaros eran la caballería de elite del sultán.
Acostumbraban a ser esclavos cristianos cuidadosamente seleccionados en las tierras conquistadas e instruidos en condiciones monásticas estrictas, aunque no estaban obligados a convertirse al islam.
El imperio otomano
El Imperio Otomano fue un estado islámico y un imperio gobernado por la dinastía otomana. Se extendió por tres continentes, controlando gran parte del sudeste de Europa, Asia Occidental y África del Norte desde finales del siglo XIII hasta principios del siglo XX.
- El imperio surgió de las tribus turcas en Anatolia (actual Turquía) a finales del siglo XIII.
- El fundador fue Osman I, quien declaró la independencia de los selyúcidas de Rum en 1299, marcando el inicio formal del imperio.
- La expansión otomana fue rápida, conquistando territorios del Imperio Bizantino y más allá.
- En su apogeo, el imperio abarcó territorios desde Viena hasta el Golfo Pérsico y desde Argelia hasta Yemen.









