• 02/11/2025

El gran hotel de lujo que se convirtió en un monstruoso edificio de 4 mil okupas

El gran hotel de lujo que se convirtió en un monstruoso edificio de 4 mil okupas

El Gran Hotel de Beira fue una opulenta joya arquitectónica bajo la dominación portuguesa de Mozambique. Apenas abrió una década. Esta es la asombrosa historia de un edificio que superó hasta el paso del huracán Idai y describe el devenir de un país.

Beira es la segunda ciudad de Mozambique, después de la capital, Maputo, por número de habitantes (unos 500.000) y por una economía que, ya desde la época portuguesa, gira en torno al puerto del océano Índico, infraestructura vital también para los estados limítrofes.

En 1932, el plan urbano de Ponta Gêa fue diseñado por los hermanos arquitectos portugueses Rebelo de Andrade, y el plan incluía un hotel con piscina olímpica en un lugar con vistas al océano Índico, la desembocadura del río Buzi y el puerto marítimo de Beira. El arquitecto José Porto, del Gabinete de Urbanização Colonial, produjo el diseño conceptual original para el hotel; y en 1953, la Companhia de Moçambique encargó al arquitecto Francisco de Castro que desarrollara el diseño original y los detalles finales.

La fachada del hotel en 1956 y el hall de entrada

En ese momento, la Companhia de Moçambique tenía la concesión para explotar el área ahora conocida como las provincias de Manica y Sofala. Cuando la concesión terminó en 1942, la Companhia aún poseía negocios locales y continuaba dominando la economía local. Aunque Beira era una colonia portuguesa, había recibido una fuerte influencia cultural británica debido al uso de su puerto marítimo por parte de la vecina colonia británica de Rodesia del Sur.

Este pequeño ecosistema vive de una economía de circuito cerrado. Los puestos de comida salpican el pequeño paseo de la entrada, y hay una sastrería y dos cines.

El Grande Hotel se convirtió en un símbolo del éxito del Estado Novo en Beira, ya que estaba destinado a ofrecer alojamiento de lujo a personalidades, viajeros de negocios y turistas adinerados de Rodesia del Sur, la Unión Sudafricana y Portugal o sus colonias. 

Ya no queda nada de aquel resplandor. Abandonado desde hace medio siglo, en las ruinas del Grande Hotel malviven hoy 700 familias, casi 4.000 personas, que ocupan cada rincón del edificio.

En el cruce entre rúa De Paiva y avenida Muthemba, en el barrio de Ponta Gea, que termina entre la playa de Miramar y el estuario de los ríos Pungwe y Buzi, una silueta tan solemne como decrépita se ha enfrentado a seis décadas de revoluciones políticas y sociales. Este edificio entrelaza su historia con la del país: un hotel con una suerte siniestra, que le ha colgado el cartel de “completo” solo después de cerrar.

Hoy el Gran Hotel Beira es un asentamiento ilegal poblado por cerca de 4 mil personas, sin ventanas, baños, ni luz, tan agrietado y húmedo que parece que va a derrumbarse de repente. Y, sin embargo, nació como una joya del Art Déco.

Una mujer acarrea agua por una de las dos escaleras de la entrada principal. En este vestíbulo en otros tiempos lujoso, todo estaba listo para dar la bienvenida a inversores internacionales y ricos turistas blancos de los países vecinos, Rhodesia (ahora Zimbabue) y Sudáfrica.

El hotel tenía 29.000 metros cuadrados, unas dimensiones nunca vistas en el continente, y fue el tótem que celebró el Estado Novo portugués y el régimen de Salazar. La inauguración data de 1955. Con una altura de 25 metros repartidos en tres pisos, 116 habitaciones, una terraza con helipuerto, tiendas, peluquerías, restaurantes y bar, el hotel podía presumir incluso de tener la única piscina olímpica de las colonias portuguesas.

Una ilusión megalómana que se evaporó enseguida; llegaron pocos clientes y la única cliente VIP internacional fue la actriz de Hollywood Kim Novak, que fue a parar aquí mientras viajaba por el parque de Gorongosa.

Una imagen que dice lo que es hoy el Grand Hotel. La foto de arriba muestra lo que fue la piscina olímpica y cómo está en la actualidad.

El hotel costó el triple del presupuesto previsto, y no dio beneficios; los turistas preferían otras playas o, en el mismo Beira, hoteles menos deslumbrantes y más céntricos. De modo que, en 1963, la Companhia de Moçambique se vio obligada a cerrarlo. Siguieron en funcionamiento la piscina, donde entrenaba el equipo nacional de natación, y un centro de congresos utilizado por última vez en 1971 para la boda de la hija de Jorge Jardim, gobernador de Mozambique.

Una madre con su hijo, junto al abismo del primer piso donde en tiempos hubo una gran ventana con vistas al lujoso salón.

El 25 de junio de 1975, después de que la colonia obtuviera la independencia de Portugal, el Gran Hotel se convirtió en el cuartel general del partido filorruso en el poder, el Frelimo, que aprovechó la descomunal planta baja para reuniones y fiestas, y los sótanos para encarcelar a los opositores.

Dos años después, estalló la guerra civil; la provincia de Sofala se convirtió en el bastión del Remamo, movimiento rebelde apoyado por Rhodesia y Sudáfrica con función anticomunista, en una reproducción africana de la Guerra Fría. Y el Gran Hotel volvió al primer plano, aunque bajo una luz muy distinta respecto a los sueños de sus creadores: base militar del Frelimo y luego del Renamo, y por último, improvisado campo de refugiados.

El 25 de junio de 1975, después de que la colonia obtuviera la independencia de Portugal, el Gran Hotel se convirtió en el cuartel general del partido filorruso en el poder, el Frelimo, que aprovechó la descomunal planta baja para reuniones y fiestas, y los sótanos para encarcelar a los opositores.
Isabelle, en su noveno mes de embarazo, vive aquí con su marido y su hijo. Esta es la habitación del Gran Hotel donde nació y creció. Ya no quedan rastros de parqué ni de mármoles preciosos; fueron saqueados inmediatamente después del cierre del hotel.

‘Suites’ que se convirtieron en pisos

Desde 1981, gracias a los intereses del recién nacido Zimbabue, Beira se convirtió en una zona neutral para el tránsito seguro de mercancías. Cuando se negoció la paz, en octubre de 1992, los refugiados ya habían criado a sus familias en ese envoltorio ennegrecido y desprovisto de cualquier pasado.

Las 116 suites se convirtieron en más de 200 pisos improvisados y los okupas, a quienes los locales llaman watha muno (extranjeros) vendieron todo lo que se podía vender, desde los muebles hasta los marcos de puertas y ventanas, pasando por el parqué, los mármoles, los ascensores y las tuberías, e incluso los cables eléctricos y el enlucido, tejiendo año tras año la actual atmósfera de precariedad permanente.

Dos niños juegan en uno de los pasillos, anteriormente cubiertos con mármol.

El parquet, los muebles, los revestimientos dorados o incluso los cables eléctricos fueron arrancados hace tiempo y en el recinto, sin agua ni electricidad, se acumulan montañas de basura y excrementos. 

Hace años que los moradores piden que les instalen en otro lugar o por lo menos, que construyan letrinas y más fuentes, dado que los cuatro grifos de la planta baja no son suficientes. Pero el Ayuntamiento no responde, no tiene dinero, ningún proyecto. Espera que llegue una empresa privada que compre todo y resuelva el problema.

Mientras, siguen las tribulaciones del infame laberinto: alcoholismo, violencia doméstica, tráfico de drogas, y los niños que, jugando, caen a los fosos vacíos de los ascensores o de las cornisas sin parapetos. En la entrada, con el telón de fondo de la ropa tendida y los antiguos escombros, una joven vende tomates, mandioca y papaya. Otra coloca sacos de carbón, que los ocupantes compran para cocinar y calentarse. Este pequeño ecosistema vive de una economía de circuito cerrado. Los puestos de comida salpican el pequeño paseo de la entrada, y hay una sastrería y dos cines, todo bajo el control de siete jefes, guardianes de la autogestión.

El cine del Grande Hotel: una caseta con bancos de madera, el techo sostenido por un tronco, una televisión antigua y un reproductor de CD.

Una de ellas es Beatriz Rosa Paulo, dona Bea para todos, de 46 años de los que ha pasado 25 aquí, donde ha criado a seis hijos. Con zapatillas de goma dentro del barro fresco, dirige la tienda más grande, entre huevos, fruta y aceite, y una botella vacía de Gin Royal frente a un anciano marchito que dormita en una silla de plástico. Es dona Bea quien da el visto bueno a las visitas de los forasteros, y hoy dice que está furiosa con esos jóvenes que quieren abandonar a la familia y acaban montando camas de chapa y toldos de plástico en los pasillos, porque cada recoveco y cada grieta ya están ocupados: trasteros, cabinas de teléfono, celdas frigoríficas. “Estamos a reventar: nunca había visto este lugar tan lleno”, truena Bea casi cubriendo los chirridos que llegan de detrás de su tienda.

La recepción del hotel se inunda constantemente en la temporada de lluvias. En tiempos estaba amueblada con grandes candelabros de cristal, mármol y mosaicos.

El exhausto esqueleto colonial es un símbolo de las contradicciones de un país que, hasta 2015, fue un caso de Africa rising (el rápido crecimiento económico en el África subsahariana después de 2000) elogiado por el Fondo Monetario Internacional, gracias a las exportaciones de carbón y aluminio, hasta que acabó cediendo bajo la losa de la deuda externa y desvelando una de las más vertiginosas brechas del África subsahariana entre ricos y desheredados.

Pero la ilógica longevidad del Gran Hotel Beira también es el reflejo de la firmeza de un pueblo que parece poder soportarlo todo, igual que el viejo palacio ha resistido décadas de decadencia y grandes inundaciones. La primera, en 2000, provocó 800 víctimas en la provincia; la última el 14 de marzo de 2019 cuando el huracán Idai, una de las peores catástrofes climáticas de la historia de África, dejó sin tejado al 90% de los edificios de Beira, causando casi 600 muertes.

Un niño prepara sacos de carbón que sus padres venderán.

Los okupas se negaron a evacuarlo, por miedo a perder su hogar, y durante días sacaron el agua del hotel, logrando superar un foco de cólera. La piscina se ha desbordado, pero hace ya tiempo que no es más que un tanque de fétida agua verdosa en el que flotan desechos en descomposición. Tres niños pequeños se bañan encantados mientras en el porche contiguo, entre ratones y cucarachas, las mujeres llenan los bidones en los grifos y lavan juntos en las palanganas la ropa y a los niños. Un poco más allá, algunos cultivan huertos de mandioca y preparan secaderos para el pescado.

Las 116 suites se convirtieron en más de 200 pisos improvisados y los okupas, a quienes los locales llaman watha muno (extranjeros) vendieron todo lo que se podía vender, desde los muebles hasta los marcos de puertas y ventanas.
La actriz Kim Novak en la puerta de su habitación en el Grande Hotel de Beira en 1957

https://youtu.be/cvhsVjnTHJA?si=ZBD7IvRvY3mk-oZ2