- 19/10/2025
Debe ser por eso…


Escribe GUSTAVO RUCKSCHLOSS
Imaginemos entrar a nuestra casa después de un tiempo de no estar.
Lo primero que notamos es el olor a encerrado. No huele a nada en particular, pero al abrir las ventanas y ventilar bien, cambia: huele a día normal. También sentimos que la temperatura es distinta, más fría que afuera.
Debe ser por eso que lo quieto y lo sin vida se enfría.
Alguien decía que el ruido molesta, pero que el silencio mata. No hay zumbido de heladera, canto de canario, agua hirviendo, ni vida viviendo.
Abrimos la ventana y entra el ruido de afuera. Ponemos música, la tele o nos hablamos para oír algo, para mejorar el asunto.
Debe ser por eso que la vida bulle y la muerte calla.
Al mirar alrededor, vemos todo como lo dejamos. “Por suerte”, pensamos: nadie entró, nada se movió.
Pero el viento, al abrir la ventana, mueve las cortinas y corre el florero. Notamos entonces que estar es mover, sacar y poner, subir y bajar.
Será por eso que la vida es movimiento y lo contrario, quietud.
Antes que nada encendemos la luz, y recién entonces aparecen las cosas.
Cuando entra el día por la ventana, termina de darle color al cuadro, al reloj, al piso y al ánimo.
Debe ser por eso que decimos que alguien “rebosa vida” o que está “pálido como un difunto”.
La falta de aire, de luz y de sonido nos asusta.
Cuando la actividad entra por la ventana, reconocemos nuestro entorno, y no se teme a lo conocido.
Debe ser por eso que queremos la vida, por conocida; y tememos la muerte, por desconocida.
Si al frío del silencio se le apaga la luz y todo queda quieto, sentimos que estamos en un sepulcro.
Pero basta abrir una ventana para que todo se componga… y entre la vida.
Debe ser por eso que los cementerios no tienen ventanas.
