- 01/08/2026
Coincidencias

Para mí, las obras de arte, en todas sus formas, al igual que las mujeres, en todas sus formas, me gustan mucho. Aunque muchas veces no las entiendo, ni a las unas ni a las otras.
Entre lo que tienen en común es que, casi siempre, las que más gustan son las más lindas y, consecuentemente, las más caras. Las hay de muchas clases: insulsas, expresivas, románticas, tradicionales, clásicas, feas, lindas, con historias a cuestas, que han pasado por muchas manos y que las han toqueteado. Están las que no hay marco que les venga bien y otras que le gustan a todo el mundo. Algunas no salen nunca de donde pasan su vida y, en cambio, otras andan de arriba para abajo, luciéndose. Otras, realmente, no tienen mayor mérito, pero sirven para lucir a quien las exhibe.
No son fáciles de conformar ni de convivir con ellas; hay que cuidarlas, mimarlas y preservarlas, por más que pasen los años, porque cualquiera puede llevárselas, con o sin papeles.
Muchas nos son indiferentes, por más que se hagan notar. No nos atraen y listo, por más fama que carguen. Nos gustan las que nos gustan, aunque algunas sean verdaderas obras de arte, admiradas y codiciadas. En cambio, otras, más discretas, nos atraen precisamente por no ser tan llamativas. También influye quién las busque, porque a algún esquimal no le gustará lo mismo que a un africano. Es decir que mucho depende de quién las aprecie y, como se dice ahora, de quién las banque.
Decía mi abuelita que sobre gustos no hay nada escrito. Y agrego: por suerte.

