• 04/05/2025

Chamuyo

Chamuyo

POR GUSTAVO RUCKSCHLOSS

Las personas se pueden dividir en dos grandes grupos: las que hablan y las que no.  Hay también un pequeño grupo intermedio, es decir, nosotros los normales.
El grupo de los que hablan poco es pequeño comparado con el otro.
Hablan menos según sea por un voto de silencio, que todavía pueda existir, o porque su forma de ser así lo dicta. 
Son medidos al máximo, casi amarretes de palabras. Los hay por timidez, por algún trauma sicológico o porque les cuesta entablar relaciones con los demás. Hay casos extremos que lindan con el autismo.

En el otro bando están los charlatanes compulsivos.  Son esos que cuando se les pregunta, por cumplir, cómo les va…te lo cuentan.   
Con lujo de detalles y, generalmente, acompañan con gestos y ademanes. No paran de hablar y cuando se les va acabando el tema, encuentran alguno y siguen, aunque terminen con cualquier otro ajeno al inicial.
Cuando uno intenta meter un bocadillo, ellos nos pasan por arriba sin parar. Hasta el instante de separarnos lo usan para decir la última palabra.

Eso de hablar también tiene sus variaciones en el volumen. 
Están quienes hablan muy despacio, murmuran y encima, a veces hablan entre dientes o mirando para otro lado. Entonces uno termina preguntándoles qué dijeron. En el otro extremo están las personas mayores que por efecto de la edad se van poniendo sordos y, a su vez gritan.   
Tengan o no audífonos para su sordera, ellos igual hablan muy fuerte. Habría, entonces, que hablar lo justo y necesario y al volumen correcto.     

Y ¿quién pone la medida?  Todos creemos que lo nuestro está bien, como en cualquier tema.  No se puede generalizar ni dictar leyes al respecto.   
Entonces, no se hable más del tema.