- 01/06/2025
ANNA PAVLOVA. Vida y muerte del cisne

Dicen los estudiosos del tema que el famoso «Cisne» era sólo una pequeña parte de la gran fantasía musical «Carnaval de los animales» de Camille Saint-Saens, concebida como una caricatura musical de personajes humanos.
Hasta que, en 1907, en una velada benéfica en el Teatro Mariinsky, la legendaria Anna Pavlova interpretó por primera vez una miniatura coreográfica puesta en escena para ella por Mikhail Fokine.
Cuentan que “la bailarina nadaba con zapatillas de punta, sacudiendo imaginarias gotas de agua de sus alas; al final, se hundió lentamente en el suelo y, como escribió un testigo ocular, aceptó «la muerte en una pose llena de una belleza tan indescriptiblemente lúgubre que el salón más descuidado y violento se congeló con un doloroso deleite”.
Muy pronto, este número de concierto comenzó a ser interpretado por otras maravillosas bailarinas, pero fue la imagen de Anna Pavlova, su mirada triste y su plasticidad, que estudió mientras miraba cisnes en vivo, la que se convirtió en la base de todas las representaciones posteriores de este hermoso número en el que el Cisne vive toda su vida en dos minutos y medio en los que puede luchar por la vida o plegar humildemente sus alas ante su inevitable muerte.
Nacida el 12 de febrero de 1881 en San Petesburgo, Anna Pavlova, es considerada una de las bailarinas más grandes de todos los tiempos. Su eterna y misteriosa sonrisa, su genialidad para la danza y su perseverancia hicieron de la gran bailarina una fuente de inspiración para todos aquellos que tuvieron la fortuna de actuar junto a ella. A la vez que los teatros de todo el mundo se venían abajo con los aplausos de los espectadores, a Anna Pavlova se le rendía homenaje en multitud de países erigiendo en su honor estatuas, dando su nombre a delicados perfumes y también a deliciosos pasteles.

Los años de formación de la joven Pavlova fueron difíciles. El ballet clásico no le resultaba fácil. Sus pies severamente arqueados, tobillos delgados y extremidades largas chocaban con el cuerpo pequeño y compacto preferido por la bailarina de la época.
Sus compañeros de estudios se burlaban de ella con apodos como La escoba y La petite sauvage. Sin inmutarse, se entrenó para mejorar su técnica. Practicaba y practicaba después de aprender un paso.
Ella dijo: «Nadie puede llegar solo por ser talentoso. Dios da talento, el trabajo transforma el talento en genio».
Su padre, Matvey Pavlovich Pavlov, servía en el Regimiento Preobrazhensky. Su madre, de origen campesino, trabajaba lavando la ropa en casa de un rico banquero ruso-judío llamado Lazar Polyakov. Algunas fuentes apuntan a que el padre de Anna murió cuando ella tenía dos años y que en realidad ella era hija ilegítima del propio Polyakov, aunque nunca la reconoció oficialmente.

Una vez, su madre la llevó al Teatro Imperial Maryinsky para ver una representación de la Bella durmiente dirigida por el coreógrafo Marius Petipa. La pequeña Anna quedó maravillada con el espectáculo, que marcaría un antes y un después en su vida.
Hizo su debut oficial en 1899, en el Teatro Mariinsky, en la obra Les Dryades prétendues (Las falsas dríades), de Pavel Gerdt. Su actuación fue tan espectacular que recibo elogios de toda la crítica especializada, sobre todo de Nikolai Bezobrazov. Los periódicos de la época la alabaron hasta el límite en sus crónicas: «Flexible, llena de vida y apasionada, grácil y delicada. Cuando Anna Pavlova baila cambia el estado de ánimo del teatro. Pavlova, una nube se cierne sobre la tierra, una llama parpadeante, una hoja de otoño, impulsada por una ráfaga de viento helado, su talento es superior a todo»
Durante su último año en la Escuela de Ballet Imperial, desempeñó muchos papeles con la compañía profesional. Se graduó en 1899 y fue elegida para ingresar al Ballet Imperial con un cargo superior al del cuerpo de ballet, como coryphée. Hizo su debut oficial en el Teatro Mariinski en Les Dryades prétendues de Pável Gerdt (Las falsas dríadas). Su actuación recibió elogios de la crítica, en particular del gran crítico e historiador Nikolái Bezobrázov.

Su amor con Victor Dandré
Su matrimonio se mantuvo en secreto durante muchos años. Cuando el contrato con el “Braff” llegó a su fin, Anna ha decidió organizar su grupo propio de teatro. La ex primera bailarina del Teatro Mariinsky se convirtió
en empresaria. En el mismo año, se compró una mansión de lujo, cerca de Londres, con un lago de cisnes blancos y plantas exóticas traídas de todo el mundo. Víctor se encargaba de todas las preocupaciones económicas y dirigía las negociaciones comerciales y personales.
Cuando tenía dieciséis años, bailó en La muerte del cisne de Mijail Fokine . Este pronto se convirtió en su papel estrella. Unos años más tarde, en 1909, acompañó a los Ballets Rusos en su gira por París. Después de la gira en París, decidió no quedarse con los Ballets Rusos y, en su lugar, optó por independizarse. Pavlova dejó el Ballet Imperial en 1913 y fundó su propia compañía de danza llamada Compañía Pavlova. Esto la llevó a realizar giras por todo el mundo, incluidos Egipto, India y Sudamérica.
En Buenos Aires actuó cuatro veces, en 1917, 1918, 1919 y en 1928.
Vestida de blanco, de pie y con expresión lánguida, hay un célebre retrato de la Pavlova que se ve solitaria en una pared al fondo de la sala corresponde a una visita de la bailarina rusa a nuestro país, en 1917.
En años sucesivos, Pavlova y su compañía bailaron la ópera Fausto en el Teatro Colón mientras simultáneamente efectuaban funciones con un programa de varias obras en el Coliseo; luego se presentaron en el Odeón y nuevamente en la sala mayor de la calle Libertad, donde por última vez salió a escena en 1924.
Las crónicas de la época registran en Buenos Aires ese 1917 de la venida de los memorables Ballets Rusos de Diaghilev y de la compañía de Anna Pavlova.
Lo cierto es que del germen que todos estos artistas dejaron en la Argentina nació el interés de las primeras generaciones por el ballet, cuyo testimonio más acabado es la influencia en la creación de un Ballet Estable para el Teatro Colón.

Un contrato en Londres
Para ver bailar a la bailarina de ballet rusa, la gente venía de todas partes de Europa. Su futuro parecía brillante y atractivo. Sin embargo, Anna Pavlova, de repente, dejó París y se trasladó a Londres. Había firmado un contrato con la famosa agencia teatral “Braff”, bajo el cual tuvo que bailar dos veces al día en tres países: Inglaterra, Escocia e Irlanda. La bailarina recibió como anticipo una suma impresionante para aquellos tiempos.
Estaba casada con su manager, Victor Dandré, y no tenía hijos. La pareja compró la Ivy House de Londres en 1912 y vivió allí el resto de su vida.
Pavlova amaba a los animales e incluso tenía un lago ornamental para sus cisnes (su favorito era Jack). Durante su vida, tuvo muchas mascotas, incluido un gato siamés, varios perros y muchos tipos de aves, incluidos los cisnes.
Mientras viajaba de París a La Haya, Pávlova se puso muy enferma y empeoró a su llegada a La Haya. Envió a París para que la atendiera su médico personal, Zalewski.
Le dijeron que tenía neumonía y necesitaba una operación. También le dijeron que nunca más podría volver a bailar si seguía adelante. Ella se negó a someterse a la cirugía y dijo: «Si no puedo bailar, prefiero estar muerta».
Murió de pleuresía, en el dormitorio contiguo al Salón Japonés del Hotel Des Indes en La Haya, el 23 de enero de 1931, veinte días antes de cumplir 50 años.
Sus últimas palabras fueron: «Prepara mi vestuario de cisne».
Al día siguiente estaba programada una función en donde bailaría La muerte del cisne, y de acuerdo con la antigua tradición del ballet, el espectáculo debe continuar. Según lo programado, y con un solo proyector se iluminó el escenario vacío donde debería estar la bailarina. Los servicios conmemorativos se llevaron a cabo en la Iglesia Ortodoxa Rusa de Londres.
Pavlova fue incinerada y sus cenizas colocadas en un columbario en el Crematorio de Golders Green, donde su urna estaba adornada con sus zapatillas de ballet, las que fueron robadas.


La Pavlova es un tipo de postre elaborado de merengue denominado así en honor de Anna Pavlova. Es un pastel crujiente por fuera y muy cremoso y ligero por dentro. Su origen es incierto ya que existen varias versiones sobre cuál fue el país que lo inventó. Hay dos países que se disputan ser ellos lo que lo inventaron. Estos países son Nueva Zelanda y Australia. La Pavlova consiste en una base de merengue sobre la cual se pone crema batida, chocolate y trozos de fruta no faltando los frutos rojos.





