- 20/01/2026
Amores a término

La separación de Mauricio Macri y Juliana Awada repite un caso similar al divorcio de Daniel Scioli y Karina Rabolini. Dos parejas que fueron protagonistas del debate presidencial de 2015 y que desgastó el tiempo y los fracasos políticos.
En la política argentina, el poder no solo ordena alianzas partidarias y estrategias electorales, también moldea vínculos personales, afectos y sociedades íntimas que parecen indestructibles mientras dura la batalla y se deshilachan cuando el objetivo se alcanza —o se pierde—. Las historias de Mauricio Macri con Juliana Awada y de Daniel Scioli con Karina Rabolini funcionan como espejos de una misma lógica: relaciones atravesadas por el clima electoral, fortalecidas por la ambición compartida y debilitadas cuando el centro de gravedad deja de ser la lucha por el poder.
Durante los años de ascenso político de Mauricio Macri, Juliana Awada fue mucho más que una compañera sentimental. Empresaria, cuidadosa de las formas y portadora de una estética que dialogaba bien con la idea de modernidad que el macrismo buscaba proyectar, Awada se convirtió en una pieza clave del dispositivo simbólico. En campaña, su presencia aportaba cercanía, sensibilidad y una cuota de normalidad familiar que contrastaba con la rudeza del escenario político. Juntos construyeron una imagen de equipo: él, el dirigente en ascenso; ella, el sostén silencioso pero visible, capaz de humanizar al candidato.
Esa unión se mostró sólida durante los momentos más exigentes: campañas, derrotas parciales, la conquista de la Ciudad de Buenos Aires y, finalmente, la llegada a la Presidencia en 2015. Sin embargo, una vez alcanzada la cima del poder, la lógica que había unido empezó a perder fuerza. La gestión, el desgaste, las tensiones propias del ejercicio presidencial y la exposición constante fueron erosionando un vínculo que parecía indestructible. Cuando el ciclo político comenzó a cerrarse, también lo hizo la relación. El amor, como la estrategia, había tenido un plazo.
Algo similar ocurrió con Daniel Scioli y Karina Rabolini. Durante años, formaron una dupla inseparable en la escena pública. Rabolini no solo fue la esposa del entonces gobernador bonaerense: fue una aliada política, una figura activa, con agenda propia y presencia constante en actos, recorridas y eventos institucionales. En los momentos de mayor proyección de Scioli —la gobernación, la construcción de su candidatura presidencial, la campaña de 2015—, la pareja se mostró unida, coordinada y alineada detrás de un mismo objetivo.
Rabolini aportaba sensibilidad social, trabajo territorial y una imagen de compromiso que complementaba el perfil de Scioli. Juntos transmitían estabilidad, perseverancia y vocación de poder. Pero tras la derrota electoral y el progresivo corrimiento de Scioli del centro de la escena política, la relación comenzó a resquebrajarse. Sin la adrenalina de la campaña ni la promesa de un futuro inmediato en el poder, el vínculo perdió el sostén que lo había fortalecido durante años.
En ambos casos, las rupturas no pueden leerse únicamente en clave sentimental. Son, también, el reflejo de una política que absorbe, condiciona y redefine la vida privada. Cuando el poder convoca, ordena y promete, las relaciones se alinean detrás de ese horizonte. Cuando el poder se aleja, deja al descubierto las fisuras que antes quedaban disimuladas por la urgencia del objetivo común.
“Amores a término” no implica falsedad ni cálculo frío, sino la constatación de que, en la política de alto voltaje, incluso los vínculos más íntimos quedan atravesados por los tiempos electorales. Unidos en la lucha, separados al finalizarla, Macri–Awada y Scioli–Rabolini encarnan una misma verdad incómoda: en el corazón del poder, nada es completamente ajeno a su lógica, ni siquiera el amor.
¿Pactos de conveniencias o desgaste natural?
El interrogante sobre si en los vínculos de Mauricio Macri con Juliana Awada y de Daniel Scioli con Karina Rabolini existió algún tipo de acuerdo político–económico–sentimental o si, por el contrario, todo fue la evolución natural de un amor que nació, creció y luego se desgastó, no tiene una respuesta lineal. Justamente porque esas relaciones se desarrollaron en el corazón del poder, es probable que hayan combinado —en proporciones variables— ambos planos.
Pensar estas historias solo como pactos fríos sería simplificar en exceso. No hay indicios sólidos de contratos explícitos ni de acuerdos formales donde el amor funcionara como moneda de cambio. Pero tampoco parece realista creer que se trató de vínculos completamente ajenos al contexto político y económico que los rodeaba. En la política de alta intensidad, lo personal y lo estratégico rara vez circulan por carriles separados.
En ambos casos, los vínculos se consolidaron en momentos de expansión de poder. Macri y Awada se fortalecieron como pareja mientras él construía su liderazgo en la Ciudad de Buenos Aires y luego su proyección nacional. Scioli y Rabolini lo hicieron durante la gobernación bonaerense y el armado presidencial. Ese dato no es menor: el poder ordena rutinas, expectativas, proyectos de vida y hasta identidades públicas compartidas. La pareja se convierte, muchas veces sin verbalizarlo, en una sociedad funcional a un objetivo común.
Desde ese punto de vista, puede hablarse de un acuerdo implícito, no necesariamente cínico, sino tácito: acompañar, sostener, complementar. Awada aportó capital simbólico, estética, moderación y un perfil que dialogaba con la idea de “normalidad” y “modernidad” que Macri necesitaba transmitir. Rabolini, en tanto, sumó gestión social, presencia territorial y una sensibilidad que reforzaba el relato de cercanía y compromiso de Scioli. No era solo amor: era también un proyecto compartido, aunque no siempre explicitado como tal.
Sin embargo, reducir esas relaciones a una ingeniería de conveniencia sería ignorar la dimensión emocional real que existió. Todo indica que hubo afecto genuino, convivencia, planes, intimidad y una vida compartida que no se explica solo por la ambición. El problema no es que el amor fuera falso, sino que estuvo estructuralmente condicionado por un contexto extraordinario: campañas, exposición permanente, presión mediática y una lógica de éxito o fracaso que invade todos los espacios.
Cuando ese contexto desaparece o se transforma —una presidencia que termina, una derrota electoral, la salida del centro de la escena—, la pareja queda frente a una pregunta brutal: ¿qué nos une ahora? En muchos casos, el desgaste no proviene de una traición ni de un pacto incumplido, sino del vacío que deja el objetivo que organizaba todo lo demás. El amor que creció al calor de la batalla pierde intensidad cuando ya no hay batalla.
Por eso, más que hablar de acuerdos sentimentales premeditados, quizás sea más preciso pensar en amores atravesados por el poder. Amores reales, pero acelerados, intensificados y, al mismo tiempo, fragilizados por la política. Vínculos que se fortalecen cuando hay horizonte compartido y se debilitan cuando ese horizonte se disuelve.
En definitiva, no parece que haya habido una conspiración emocional ni un contrato oculto. Tampoco una historia romántica pura, inmune a los intereses y al contexto. Hubo, probablemente, algo más complejo y humano: relaciones que nacieron en un momento de plenitud, crecieron al ritmo del poder y se desgastaron cuando ese poder dejó de ser el eje ordenador. En la política, incluso el amor —como los proyectos— suele tener fecha de vencimiento, aunque nadie la vea al principio.

Un beso decisivo
«El beso más famoso que Juliana le dio a Mauricio, el que le valió el último empujón antes de las elecciones y lo ayudó a ganar el debate presidencial, el que se convirtió en la imagen más repetida de la propaganda del PRO y hasta en materia de análisis para los medios, ese beso, en realidad, no fue lo que pareció.
No nació como algo espontáneo.
Fue planificado, meditado, fríamente calculado. Y fue Juliana quien lo propuso.
El domingo 15 de noviembre de 2015, una semana antes del definitivo ballottage, Macri y su contrincante tenían que verse las caras en el primer debate entre los principales candidatos a la Presidencia que se organizaba desde el regreso de la democracia. Hubo uno anterior en esa misma campaña, pero sin Scioli. Esta vez era un hito histórico, y con la responsabilidad que requería el momento se estaba preparando el líder del PRO.
Durán Barba, su socio Santiago Nieto y el discreto Marcos Peña, luego jefe de Gabinete, estaban entrenando al candidato. Le hacían las preguntas que no debían sorprenderlo, fingían las provocaciones que podía lanzarle Daniel Scioli, ensayaban la postura corporal que había que mostrar en público, practicaban las inflexiones de la voz, el movimiento de las manos y la gestualidad de su rostro.
Macri estaba bien preparado para la pelea
Pero, ¿qué hacer con Juliana?
Porque ella, claro, también era parte del combo que había que mostrar. Ella lo volvía un ser querible, un esposo enamorado, un padre que se desvivía por los suyos, por la hechicera y la pequeña Antonia, la hechicerita, como ya las llamaba.
Juliana lo hacía ver como un buen tipo, y no como el temible monstruo que describía la propaganda kirchnerista: un millonario insensible que venía a hambrear a los argentinos.
Durán Barba la observaba a ella.
–¿Y tú qué quisieras hacer en el final del debate?
Awada no lo dudó:
–La verdad, a mí me gustaría darle un beso a mi marido. Es lo que siento.
Al gurú le brillaron los ojos.
–Pues haz eso –aprobó–. Me parece genial.
Cuando el debate se dio por terminado, la hechicera subió decidida al escenario montado en la Facultad de Derecho de la UBA, donde se habían enfrentado los dos candidatos en sus atriles, uno al lado del otro. Karina Rabolini, la mujer de Scioli, estaba a mitad de camino cuando Awada, apurando el paso, ya había llegado.
Macri la recibió con el brazo extendido y ella fue directo a darle el beso.
Y qué beso.
No como el del civil, que había sido algo torpe por los nervios del momento.
No, esta vez Juliana pareció partirle la boca a su marido por la vehemente pasión con que lo buscó. Las cámaras y los 53 puntos de rating se quedaron con ellos.
A su lado, Scioli observaba la escena sin entender, con expresión desencajada, mientras le daba la espalda a la demorada Rabolini.
El contraste fue patente.
El candidato K saludó primero a su adversario y a Juliana antes de percatarse de que su mujer también estaba sobre el escenario.
La barra del PRO deliraba.
La imagen, repetida a mansalva en los medios, se convirtió en el mejor resumen de lo que había dejado el debate. Un candidato optimista y enamorado contra otro que no podía disimular su impotencia.
Durán Barba lo rememoró con deleite:
–Fue un golpe de nocaut –me dijo–. Ese beso apasionado al lado de la frialdad de Scioli y Karina Rabolini… Además, la cara de Scioli al verlo, totalmente desencajado.
–La diferencia fue notable. No, en estas cosas no se puede improvisar.
Durán Barba sonreía satisfecho».
(Fragmento del libro «Juliana: Secretos, amores y poder de la dueña de Mauricio Macri», escrito por Franco Lindner)

La mujer del presidente
Chic y elegante. Sexy pero discreta. Juliana Awada, la mujer que enamoró al presidente Mauricio Macri, recibió siempre abundantes elogios por su apariencia y buen gusto. Hasta la prestigiosa revista Vogue la calificó a la altura de Michelle Obama y Jackie Kennedy. Una mujer moderna, sensual, que luce atuendos sobrios con detalles llamativos para acentuar su figura privilegiada. Nunca desacierta. No abusa de colores, ni de brillos, ni de escotes, ni de transparencias. Su estilo es clásico y femenino. Incluso cuando recibió al presidente francés, François Hollande, se permitió un súper tajo que dejaba sus piernas al descubierto. Envuelta en esa pollera con la que casi cualquier mortal hubiera parecido Úrsula, la bruja del mar, Juliana fue una impecable sirena que coronó su outfit con un clutch negro y stilettos a tono. Ella tiene esa virtud: jamás peca de vulgar.

La mujer del gobernador
Cuando el campeón mundial de motonáutica en ocho oportunidades y empresario se convirtió en político y gobernador de la provincia de Buenos Aires, a Karina Rabolini le tocó no solamente el papel de primera dama, sino que también asumió la presidencia de la Fundación del Banco Provincia. La exmodelo aprovechó esas experiencias para abordar programas de inclusión social y salud pediátrica.
Durante la campaña de Scioli para la presidencia en 2015, ella lo acompañaba en todos los eventos y actos públicos, aunque se notaba que había una distancia en la pareja. Rabolini siempre estaba junto con quien entonces era su vocero de prensa, Ignacio Castro Cranwell. Cuando el sueño presidencial de Daniel Scioli no se cumplió, terminó una historia de amor y empezó otra.
A principio de 2016, Daniel Scioli confirmó por primera vez que su relación con de muchos años de estar juntos de Karina Rabolini estaba en la cuerda floja; luego se siguieron los rumores de nuevos romances de ambos. En 2016 Daniel explicó sobre cómo concluyó su relación con Karina Rabolini. “El año pasado fue el más exigente de mi vida. Terminó la elección y yo tampoco tenía un matrimonio perfecto, pero a Karina la tengo en mi corazón, la pongo en otro plano, es mi familia. Después del ballotage (con Mauricio Macri), elegimos estar cada uno por su lado”, expresó.







