El Nuevo Diario - page 8

Fuente: Archivo de la
Dirección de Geoedesia y
Catastro de San Juan
s
Viernes 22 de diciembre de 2017
8
E
l 2 de enero de 1736 el Teniente
de Caballería Bernardo Arias de
Molina, como Teniente de Co-
rregidor de San Juan de la
Frontera y encargado de la justicia en
ella, realizó una información ante el Es-
cribano Público Joseph Pedrozo. En la
misma declaraba que, ante el mandato
real de controlar el contrabando y por
las instrucciones del gobernador de
custodiar los caminos de entrada y sa-
lida de la Jurisdicción del corregimiento
de Cuyo con “guardias y registros”,
debía colocar un destacamento en El
Leoncito sobre el llamado “camino de
los Patos” que cruzaba la cordillera.
Para este destacamento debía designar
periódicamente entre los vecinos un
cabo y cuatro soldados y no se podía
exceptuar ninguna persona, salvo que
fuera clérigo.
lll
El 28 de diciembre del año anterior
Arias de Molina había designado como
cabo de guardia al vecino Simón de
Lara para que con cuatro soldados hi-
ciera el recambio del control puesto en
El Leoncito. Uno de los soldados aisla-
dos era Santiago Figueroa, de 25 años
y oriundo de Chile, quien se había resis-
tido alegando tener el privilegio de re-
cién avecindado. No obstante su
negativa el Teniente de Corregidor le
había reiterado la necesidad de su ser-
vicio y le había ofrecido facilitarle perso-
nalmente la cabalgadura. Ese día 2 de
enero, día establecido para la salida de
la guarnición, Figueroa se había resis-
tido nuevamente desobedeciendo al
cabo y “poniendo mano en la espada”.
Ante esta violenta actitud el Teniente de
Corregidor lo “apellidó en nombre del
rey y le echó garra con otras personas”,
es decir, lo conminó a deponer la actitud
y lo detuvo con la ayuda de algunos
presentes que acudieron a su llamado.
Con “grillos y cadenas en los pies y
manos” fue apresado en la cárcel pú-
blica.
lll
Por esta razón el Teniente de Goberna-
dor decidió hacer una información su-
maria con las testificaciones de las
personas que habían presenciado el
hecho a fin de decidir el castigo que
debía imponérsele a Figueroa. El primer
testigo citado fue el Sargento Mayor
Juan AIvarez de Miranda, de 31 años,
de quien y siguiendo el procedimiento
usual “recibió juramento que hizo por
Dios Nuestro Señor y una Señal de
Cruz de decir verdad de lo que supiere
y se le fuere preguntando y a la conclu-
sión dijo “Sí, juro” y “amén”. Alvarez de
Miranda afirmó que había visto que Fi-
gueroa había tomado la espada y no
quiso soltarla hasta que él mismo se la
quitó y que se había resistido a “darse
preso” hasta que el mismo declarante
“le echó garra y lo derribó en tierra”;
que había escuchado cuando el re-
belde se había negado a ir a la guar-
dia alegando que no le tocaba y que
cuando le insistieron en que debía ir
había respondido con una insolen-
cia. Por no saber firmar el testigo
rogó a Joseph de Casco de Mendoza
que lo hiciera en su nombre.
El segundo testigo fue el Sargento
Mayor Juan Alvarez de Costiñas, de 38
años. Después del juramento de rigor
declaró que había oído decir a Figue-
roa que él no debía ir a la guardia por
estar recién casado y no haberse pa-
sado “el año y día”
de este hecho y
resistirse ante la insistencia del Te-
niente de Corregidor, pero que no había
visto que tomara la espada sino que
había oído a otros que en realidad tenía
un cuchillo y que después le sacaron de
la “faltriquera una navajita de barba a la
vaina”, es decir, tenía en el bolsillo una
navaja de afeitar.
lll
El tercer testigo fue el Ayudante de
Guerra Francisco Méndez, de 34 años.
Méndez dijo que estaba presente
cuando Figueroa se resistió a la prisión
y fue necesario derribarlo. Que no sabía
si la resistencia había sido por no que-
rer ir a la guardia o a la prisión, que no
había reparado si Figueroa había to-
mado la espada por estar ocupado de-
sollando una res y que sólo se acercó
cuando sintió el pedido de auxilio del
Teniente de Corregidor, a quien sí en-
contró con la espada en la mano.
lll
Por último el Teniente de Corregidor se
trasladó al Cabildo y ante la presencia
del Escribano Público y del Ayudante de
Guerra hizo comparecer al detenido y le
tomó juramento. Ante el interrogatorio
que se le realizó teniendo en cuenta las
declaraciones de los testigos contestó
que su nombre era Santiago Figueroa,
natural de Aconcagua (Chile); que es-
taba preso por mandato del Teniente de
Corregidor pero que no conocía la
causa; que sí sabía que desobedecer
las órdenes de la justicia real era delito;
que no sabía a qué lugar debía ir para
la guardia para el control de los pasos
de la cordillera según se había publi-
cado el año anterior; que ante el aviso
del Teniente de Corregidor de que debía
ir a la guardia de El Leoncito le había
suplicado
“le dejase por ser un pobre
que empieza a mantener”, por su ca-
lidad de recién casado;
que no sabía
que no había excepción alguna para
cumplir las órdenes; que se había resis-
tido el día señalado para la partida pero
que no había tomado las armas: que sí
“echó mano a la espada”, por estar tur-
bado, cuando se le dijo que se diese
por preso.
Una vez completado el testimonio, Fi-
gueroa fue devuelto a la cárcel en cali-
dad de detenido hasta que se
concluyera la causa.
lll
No se sabe cómo concluyó la misma ni
tampoco si Figueroa tenía razón al opo-
nerse a ir a la guardia de control por ser
un vecino recientemente instalado y no
haber pasado un año desde su casa-
miento. En San Juan se había publi-
cado la orden del gobernador de no
exceptuarse persona alguna para este
servicio, pero es posible que el acusado
no la conociera por ser recién llegado y
apelara a una excepción común para la
época.
El soldado
rebelde
Una nota
de Teresa Michieli. Li-
cenciada en Historia
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