El Nuevo Diario - page 8

compañeros, me acuerdo de varios, de
sus nombres y apellidos.
—Siempre fue invalorable criarse en
un barrio.
—Es notable, es decir, el barrio define
también un montón de cosas. Obvia-
mente que viviendo en Buenos Aires no
se da eso. Se puede intentar pero a lo
mejor vas a tener el conocido de la cua-
dra. En cambio en el otro sos
del barrio.
—Ricardo Ochoa, comencemos ha-
blando de tus padres.
—Mis padres: Oscar Felipe Ochoa y mi
madre Sara Venerancia Riveros.
—¿Qué hacía tu padre?
—Papá era básicamente empleado de
comercio. En un principio trabajó en la
antigua Gath & Chavez, era jefe de ex-
pedición y terminó siendo inspector en la
Municipalidad de la Ciudad de San Juan.
Siempre fue un deportista, en este caso
ligado a Atlético de la Juventud donde mi
tío, Jorge Ochoa, y después mi primo, el
“Pinocho” Ochoa, se destacaban como
jugadores.
—“Pinocho” jugaba al fútbol, corría,
jugaba al básquet.
—Sí, era un gran deportista. Y bueno,
sospecho que por ahí viene el tema de
que a mí también me gusta mucho el de-
porte y nos encontrábamos con el
“Pichi”, así le decíamos a Pinocho, co-
rriendo, haciendo atletismo y alguna
vez jugando al básquet en Estu-
diantil.
—Y tu madre ¿se dedicaba a la
casa?
—Sí. Yo fui a la Escuela 9 de
Julio, en la Villa América y viví
todo el tiempo que estuve en San
Juan en el barrio Mallea, a media
cuadra del Concepción Patín
Club. Ergo fanático de los azules
pero siempre una incongruencia,
porque jugaba en Estudiantil.
Cuando jugaban Estudiantil y
Concepción hinchaba por los
azules pero después era hincha
de los verdes.
—Villa Mallea es un barrio muy
cercano a la ciudad, casi centro
hoy.
—La verdad que en estos momentos de
la vida hay un recuerdo permanente. Me
parece que en la vida de cada persona
sus primeros veinte o treinta años son
los que marcan y que además definen
un montón de cosas, y que tal vez son
los más alegres de su vida. La adoles-
cencia, la niñez. Me pasa algo curioso
porque de pronto tengo ahora mismo
fotos que he conseguido porque sé que
tengo un defecto, casi no registro mi
vida. Cuando yo me voy en el año 1980
a Buenos Aires mis padres se quedaron
solos porque mis dos hermanos se ha-
bían ido a vivir a Córdoba y mi madre si
tenía fotos. Ahí tengo fotos de cuando
estoy en primer grado. Ahí salen mis
—Yo era de Trinidad y ya en la es-
cuela primaria me venía caminando
desde ahí a la Escuela Del Carril y
digo, ¿por qué mis nietos no lo
hacen? Y es que cambiaron los tiem-
pos, hoy hay un riesgo que antes no
existía. Antes dejábamos la bicicleta
en la puerta de la casa y sabíamos
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CON TU VIDA
Escribe:
Juan Carlos Bataller
RICARDO OCHOA
que iba a estar ahí cuando saliéramos
a buscarla.
—Sí, esto ha cambiado. No obstante
eso en el caso mío era una cosa muy in-
sólita porque yo vivía en el barrio Mallea
y en este caso el Nene Fernández y el
Ernesto Guardia, mis amigos y compa-
ñeros del conjunto Los Puneños vivían
en la Villa América, ahí a dos cuadras.
La Avenida Rawson nos dividía, pero yo
estaba todo el tiempo allá, en la calle
Cuba, donde ellos vivían y en frente
vivía el Carlitos Coria y más
allá el “Pelusa” Cardozo.
Es decir, conocía a
toda la gente que
vivía en la Villa
El sanjuanino
que llegó al Colón
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